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Amable, sencillo y honesto. Era el chico tímido y desgarbado que dejó su marca.

 

Garufa, un personaje inolvidable

Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar

Tenía una sonrisa eterna y caminaba como si los pies le pesaran demasiado. Andaría por los 14 años y todavía iba a segundo grado de la primaria, en esa escuela rural metida en la zona sur de Maipú. Todos le decían Garufa, incluso las maestras. Su nombre verdadero quizá haya figurado en algún registro, pero ya nadie lo recordaba. Era 1973, posiblemente 1974.

Garufa era hijo único de un obrero rural que vivía en medio de una finca, en casa prestada. Caminaba a campo traviesa unos 7 kilómetros todos los días para llegar a la escuela. Parte de ese trayecto lo hacía acompañado de Héctor, otro alumno de 2 grado a quien sus compañeros apodaban La Leona, vaya a saber por qué motivo. Al contrario que Garufa, Héctor era un mocoso avispado y travieso, hijo de un camionero ladino.

Los dos alumnos iban y venían juntos de la escuela, no por afinidad sino por coincidencia de camino o, mejor dicho, de sendero, ya que para acortar distancias saltaban cercos y trepaban tranqueras para ahorrarse dar una vuelta de casi 5 kilómetros más.

Nadie sabía mucho de Garufa. Apenas que lo ayudaba al padre en las tareas rurales y que no retenía casi nada de lo que se le enseñaba en la escuela. Era flaco, alto y se movía con cierta torpeza. Siempre usaba una gorrita encajada casi hasta las orejas, que quedaban fuera de ella y dobladas como si fueran guardabarros. Era desgarbado. Silencioso. Nunca estaba metido en conflictos y en el aula pasaba desapercibido. Tal vez en la época actual le hubieran diagnosticado dificultades en el aprendizaje y algún retraso mental moderado. Pero para esos años 70 era solo un muchacho lento y tímido, nada más. Lo que todavía en los pueblos o en las ciudades pequeñas se califica como un muchacho “un poco falto”.

No era popular pero tampoco centro de gastadas. Sus compañeros lo aceptaban como era, sabiendo cuales eran sus virtudes y cuales sus carencias. Por su tosquedad en los movimientos nadie lo elegía en las pisaditas de los improvisados picados y Garufa tampoco esperaba que lo hicieran. Mientras el resto jugaba intensos partidos, en los que abundaba la sangre y las trompeaderas, él se entretenía caminando por los bordes de la cancha juntando chucherías: alguna piedra con colores raros, una rama, una lata vacía de duraznos que podía servir para ir a pescar al río alguna vez.

Por momento se le daba por gritar los goles, los de los dos equipos. Se sumaba a los festejos de los dos bandos por puro gusto.

En los recreos jugaba a la bolita y tenía notable habilidad en esto. Por eso la mayoría de los alumnos le esquivaba los desafíos. Sabían que había una gran posibilidad de perder irremediablemente. Además, en eso Garufa tenía muy claro que el perdedor debía pagar la partida con otra bolita de la bolsa. La falta de cumplimiento del compromiso era lo único que hacía que Garufa perdiera su sonrisa y su mansedumbre. Una vez, uno de los pibes se quiso hacer el vivo e intentó escapar sin pagar la deuda. Garufa lo corrió hasta alcanzarlo, lo tomó del cuello y lo tiró al suelo de un solo sacudón. Después le arrebató la bolsa con bolitas, tomó la que le pareció justa y dejó el resto al lado del cuerpo tendido del asustado chico. A los 20 segundos, Garufa ya sonreía de nuevo y había olvidado totalmente el incidente.

Las maestras debatían frecuentemente la suerte del particular alumno. No había programas para chicos con discapacidad y no permitirle ir a clases era condenarlo a ser toda su vida apenas un poco más que un animal de carga. “No es violento. Que se quede en segundo grado todo el tiempo que se pueda. Cuando cumpla los 18 y le toque el servicio militar, lo mandamos a la casa”, se resolvió finalmente.

El único episodio que puso en peligro que se rompiera la tranquila vida de Garufa fue un hecho sucedido un mediodía de mayo, después de la salida de clases. Para ese entonces, el muchachito tenía como 16 años. Una compañerita de 2 grado, de 7 años, llegó muy asustada a su casa ese día, diciendo que Garufa la había abrazado y la había querido besar. Se armó un gran escándalo que duró casi dos semanas. El muchacho no negó haberla querido abrazar, pero no podía explicar por qué lo había hecho. La niña estaba muy asustada y tampoco entendía, pero consideraba a Garufa un buen compañero y aceptaba que jamás la había maltratado antes. Finalmente la directora, una mujer sabia y al borde de la jubilación, decidió reunir a los padres de los dos alumnos y charlar con ellos. A los de Garufa les explicó en esencia que el chico tenía una edad mental de 6 años y un cuerpo de 17 y que debían tratar de enseñarle cómo calmar sus necesidades por sí mismo o con la ayuda de alguna meretriz. A los padres de la niña, la docente les dijo que Garufa había estado confundido y los convenció para que se conformaran con una disculpa del muchacho a la niña.

Como se había estipulado, Garufa fue a la escuela hasta los 18. Después fue exceptuado de hacer el servicio militar. A la directora de la escuela se le ocurrió que Garufa podía hacer algunos trabajitos de limpieza allí y ganarse unos pocos pesos. Así sucedió durante los dos años siguientes.

Una mañana, mientras el muchacho caminaba parsimoniosamente hacia la escuela, una camioneta lo atropelló a la salida de una curva. Garufa murió en el lugar, sin quejarse y sin dejar de sonreír.

Todos hemos conocido un Garufa. Todos hemos conocido y tenido trato con alguno de estos muchachos bonachones. Han sido parte de la historia de nuestros pueblos, de nuestras costumbres, de nuestros paisajes.

No los hemos olvidado. Salud por ellos. 

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