Mendoza
La hija de Armando Lucero, el hombre acusado por reiterados abusos, contó a Diario UNO lo que sintió tras la muerte de su progenitor.

El Chacal "me robó la vida"

Por UNO

Armando José Lucero murió respirando un hilo de aire, sofocado por la asfixia de sus propiospulmones ya inútiles, que ni un respirador podían suplir. El Monstruo de Mendoza, el Chacal, el

Violador de la Cuarta, el hombre que tuvo siete hijos-nietos a fuerza de violaciones contra su

propia hija, el abominable que vivía entre nosotros con un sereno aspecto de persona normal,

falleció ayer a las 14.30 en terapia intensiva del Hospital Central, tras 22 días de agonía y 11

meses y medio en la cárcel por los abusos sexuales reiterados que cometió. Tenía 68 años.

Con su deceso la condena judicial quedará pendiente, pero no la social, sentenciada y fuera

de toda duda el día que las pruebas de ADN confirmaron su atroz conducta.

Sin embargo, Cecilia, su hija, su víctima principal desde los 8 y hasta los 35 años, la madre

de sus hijos, se dio por satisfecha con su partida de este mundo.

Ayer expresó a

Diario UNO: "Me siento aliviada porque siempre me dijo que si iba preso se

escaparía para buscarme y matarme".

Pero el vínculo también pesó: "Tengo sensaciones encontradas. Fue mi padre y también el

hombre que me robó la vida".

Hace exactamente un año a Armando Lucero se le terminó su camino de impunidad. Su hija lo

denunció ante la fiscalía tras 24 años de abusos sexuales y maltratos y fue detenido de inmediato.

Su caso estremeció a Mendoza, atravesó las fronteras y se desparramó por todo el mundo. La

verdad revelaría más verdades. Días después de su detención, otra de sus hijas de su primer

matrimonio confesó a este medio que había sido violada por Lucero. Y luego otra más.

Pasó su último año de vida preso, solo y olvidado, con una conducta ejemplar, con asistencia

espiritual solicitada por él y dedicado a hacer artesanías en mimbre para matar los interminables

días en la cárcel.

Su insuficiencia respiratoria –un pulmón no le funcionaba por una vieja puñalada de la

juventud– y su condición de fumador arruinaron el pulmón que le quedaba. Se agravó con taquicardia

y presión alta que lentamente sellaron su suerte.

Murió asistido por el Estado, el mismo que no pudo salvar a sus víctimas.

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