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Una mujer que nunca delinquió y un día mató “con ventaja, a traición, sin riesgo y sobre seguro” para aplacar su sed de venganza, según la Justicia.

Chela, una vengadora

Por Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar

Dolor y odio, juntados prolijamente durante dos años. Paciencia para esperar a que se presente la oportunidad. Destreza en el manejo del cuchillo. Frialdad para degollar a su víctima. Esto es lo que hizo Chela. Ni más ni menos.

“¡Pírense…! ¡Vamos…! ¡Rajen!”, les ordenó la mujer a los que la miraban cuando, después de hacerle un corte largo y limpio en el cuello a Fabián, le daba tres puñaladas en el pecho sólo para desahogarse definitivamente. Después limpió la hoja en la camisa del cadáver, se subió a su desvencijado Fiat 133 bordó y se fue. Eran las cinco de la tarde del 7 de marzo de 2000. Un día soleado.

Chela está pagando su culpa. La única que tiene y la que nunca ha negado. Entonces no se aportarán aquí más datos que los necesarios para contar su historia.

Hasta esa tarde soleada, Chela era una muchacha más, nacida en un barrio humilde y laborioso. Un tanto retacona, usaba el pelo corto y adoraba jugar al fútbol. Lo hacía muy bien y se hizo conocida por eso, por dominar la pelota maravillosamente y mezclarse en los picados con los varones, jugando mejor que muchos. Tal vez haya sido esta costumbre de contagiarse del sudor masculino o quizá lo haya traído desde la cuna, lo cierto es que de adolescente comenzó a preferir a otras chicas cuando de amor y de sexo se trataba. Y como era una mujer, prefería la estabilidad, formó pareja con Adriana, una muchachita tímida y sensible, cuando cumplió los 25.

Se fueron a vivir a una casita lejos de la ciudad, como para escapar de los curiosos y los charlatanes.

Pero Chela se preocupó por mantener un contacto fluido con su familia de origen y la visitaba casi a diario. Especialmente le preocupaba no perder de vista a su hermano Rafael, quien tenía serios problemas con el alcohol y ya había perdido pareja y trabajo por culpa de él. Ella trataba de convencerlo de cambiar de compañías, que por ese tiempo eran frecuentadores de bares y ociosos de las esquinas y las plazas.

La Chela se ganaba la vida vendiendo ropa a domicilio. Compraba al por mayor en Buenos Aires y vendía casa por casa. No era una actividad simple, pero era lo que había y le alcanzaba para vivir. Incluso a veces le permitía darles unos pesos a Rafael o a su madre.

El 2 de mayo de 1998, la vida de Chela, quien ya tenía 30 años, iba a sufrir un rotundo cambio. Era una tarde fresca. Cerca de las seis de la tarde, un grupo de chicos huyeron espantados del baldío en el que jugaban. Entre unos pastizales habían encontrado un hombre muerto. Diez minutos después, el lugar estaba lleno de policías y el juez de Instrucción era guiado hacia donde estaba el cadáver, que tenía los pantalones y la ropa interior a la altura de las rodillas. Una soga estaba anudada burdamente a su cuello, tratando de simular un suicidio. En cambio, los golpes en el cráneo confirmaban un homicidio. Era Rafael, el hermano de Chela.

Quizá no se encontraron huellas o muy posiblemente haya ocurrido lo que sucede frecuentemente: su condición de ebrio consuetudinario no mereció el interés de los investigadores, el caso fue olvidado rápidamente por la Justicia y la prensa, y nunca se detuvo a nadie. Todos olvidaron a Rafael… menos Chela.

Ella se dedicó a juntar dolor y odio, con paciencia.

Casi dos años después del crimen de Rafael, la soleada tarde del 7 de marzo de 2000, Chela y su madre estaban en el cementerio. Habían contratado a un albañil para dar mayor dignidad a la tumba del hombre muerto. Esa dignidad que nunca había tenido.

Mientras Chela ayudaba a hacer la argamasa y cargaba ladrillos, algo se quebró en ella y decidió que era el momento.

Durante esos dos años de duelo, sin la necesidad de las pruebas que la Justicia exige, ella había sacado sus conclusiones e identificado a los supuestos asesinos de Rafael: los compañeros de borracheras de su hermano, a quienes también culpaba de haberlo empujado y encerrado en el vicio.

Entonces, mientras miraba la lápida en construcción, resolvió que había llegado la hora. Fue hasta su viejo autito, confirmó que el cuchillo de 25 centímetros de hoja que siempre llevaba debajo del asiento estuviera en su lugar y salió hacia el centro.

No era difícil saber dónde estaba “su” sospechoso. Los borrachos siempre se juntan en el mismo lugar, porque es más simple llegar e irse de allí.

Estacionó junto a la plaza. Eran las cinco de la tarde. El grupo era de cinco hombres. Dos ya dormían la mona. Los otros terminaban el contenido de un tetra brick.

El objetivo era uno de los desmayados por el alcohol. Chela bajó del 133 con el cuchillo en la mano. Fue hasta donde estaba Fabián, lo agarró de los pelos y le levantó la cabeza. Esperó a que el hombre abriera los ojos y la reconociera… y lo degolló. Un solo corte, largo y firme.

Después lo soltó y, mientras Fabián intentaba su última bocanada de aire, le dio tres puñaladas, bien profundas, sólo para desahogarse totalmente.

Miró a los hombres despiertos, que habían dejado de beber y la observaban espantados. “¡Pírense…! ¡Vamos…! ¡Rajen!”, les gritó. Los borrachos trataron de escapar a los tumbos, mientras Chela limpiaba el cuchillo en la camisa de su muerto y volvía al auto. Lo puso en marcha, se fue a su casa y esperó a que llegara la policía.

En agosto de ese año, Chela fue condenada a prisión perpetua. Los jueces consideraron que la mujer merecía esa pena porque el homicidio “fue cometido aprovechando la oportunidad y el estado de indefensión de la víctima, que estaba dormido y alcoholizado, con ventaja, a traición, sin riesgo y sobre seguro”, dijeron.

Hoy Chela todavía cumple su condena. Su vida de presa, salvo algunos incidentes que no la han tenido como responsable sino como víctima, ha sido tranquila.

Afuera, en la calle, la mayoría de los que supuestamente componían el grupo que mató a su hermano Rafael ya han fallecido. La bebida y las peleas entre ellos completaron la venganza. Los sobrevivientes viven en el espanto. Su madre terminó de construir la tumba. Adriana visita a su pareja cada tanto. El auto se transformó en chatarra. El cuchillo nunca apareció.

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