Adelantándonos al Día del Canillita, recordamos a Roberto Eduardo Trienfenbach desde las voces de su familia y amigos. Y como homenaje a los que cotidianamente salen a la calle para entregar el diario.

 

Canillitas: una pasión familiar

Por UNO

Roberto Eduardo Trienfenbach dedicó su vida al oficio de canillita. Una labor heredada de su suegro, Héctor Ortiz (85), y que hoy continúan sus hijos Damián (31) y Gustavo (25). Murió hace un mes y recobramos su historia en homenaje al Día del Canillita, pero también como fiel reflejo y símbolo del trabajo que cotidianamente realizan miles de repartidores de diarios de todo el país.

“Roberto era uno de esos tipos enamorados con su trabajo y fiel cumplidor con la entrega a sus clientes. Por más que el mundo se viniera abajo, lloviera o saliera el sol, fuese domingo, feriado o se sintiera enfermo, mi viejo salía a repartir todos los días el diario. Hoy sus vecinos lo recuerdan con mucha nostalgia”, cuenta Damián, quien prolonga el legado de su padre pensando en sus hijos: Julieta (11) y Rodrigo (6).

Con los ojos húmedos y orgullo en el pecho, confiesa también que nadie ha tenido un padre como el suyo. “Roberto era una persona que estaba permanentemente pendiente de nosotros y que me enseñó el oficio con el que hoy puedo desarrollarme y desenvolverme en la vida. Mi viejo era único y, más que como padre, se comportó siempre como un verdadero amigo. Desde su partida dejó un vacío en mi vida y lo extraño mucho”, expresó.

Silvia Ortiz, la esposa del canillita, relata que lo de ellos fue un amor de verano. Lo conoció de muy chica en un una pileta y que ingresó a su vida por intermedio de la amistad que entabló luego con una de sus hermanas. A los pocos meses de comenzar el noviazgo, el padre de Silvia le propuso el trabajo y, desde entonces, durante más de 30 años se dedicó con esmero a explotar la oportunidad que le brindó el suegro.

“Mi esposo empezó a trabajar en el ’78, después del Mundial y en una época difícil. Era muy joven, apenas tenía 22 años, y estábamos muy enamorados”, detalla Silvia, y describe que al principio hacía el reparto con una vieja moto Pumita.

Como buen hombre de la calle, Roberto acumuló tantas anécdotas como días trabajados. Entre la larga lista de historias comentadas en la mesa familiar, su esposa evoca aquella ocasión en la que fue a parar, por un resbalón con la moto del reparto, a un zanjón. “Por suerte no le pasó nada y todo quedó en un susto. La calle estaba mojada, llovía mucho y perdió el control”, explicó.

Rodeo de la Cruz, Corralitos, Villa Nueva y La Primavera fueron las zonas que el repartidor supo explotar durante años y que su hijo Gustavo espera continuar cubriendo. Actualmente, como explicó, trabaja para sumarle al circuito conquistado por años y sudor de su padre un puesto de revistas propio. Un sueño que Roberto pensó durante noches de desvelo, sentado en el sillón de su casa, y que el hijo pronto hará realidad.

Para sus amigos, Roberto fue mucho más que un gran canillita. Lo describen con añoranza y tratando de no olvidar los buenos momentos compartidos. “Dejá de sufrir por Racing y hacete de Boca”, rememoró Marcos Lama, el conocido jugador de fútbol y vecino del canillita. “Lo recuerdo desde que me enseñaba a hacer payanitas apoyado en su auto, cuando nuestros patios eran sólo uno, separados del alambrado”, dijo.

Así, con retazos y fragmentos de memoria reconstruyeron momentos y recuerdos los seres que más lo quisieron: su familia y amigos.

Y, aunque es única e irrepetible, la historia de Roberto expresa como un espejo las historias de miles de canillitas que salen todos los días a la calle a pelearla para que el diario llegue hasta la puerta de su casa.