Lo importante es tener sangre fría. El resto es cuestión de contar con un buen y sencillo plan. Lo único que puede hacerlo fallar es que alguien se ponga nervioso.

 

“Asesinemos a mi marido”

Por UNO

Los tacos altos dirigiéndose hacia la puerta de salida de la sala de debates se escucharon después de que el juez terminara de anunciar las condenas. Los tres camaristas que miraban de frente al público intentaron levantar la vista simulando un gesto causal. El resto de los hombres y hasta las mujeres, de espaldas a la puerta, tuvieron que resistir el impulso de girar para mirar.

Arriba de esos tacos se iba de la sala una joven de 19 años con jean ajustado, novia del muchacho condenado a diez años de prisión, hija de la mujer condenada a prisión perpetua e hija del militar asesinado a balazos.

El viejo juez, quien presidía el tribunal por última vez antes de su jubilación, había argumentado el primer voto del fallo instantes antes y había dicho claramente sobre la mujer condenada, la nueva viuda: “María de Rosario (en ese momento tenía 44 años) fue una artista. Quiso hacernos creer que estaba afectada. Pero no es una gran actriz. Nunca pudo llorar. Sólo realizó unos escasos ruidos que no llegaron ni siquiera a ser lastimeros. Mantuvo una asombrosa tranquilidad y no se le cayó ni una lágrima”.

Veamos la escena de crimen a la hora en que se produjo. La noche del 14 de julio de 2004, María de Rosario (44) le propuso a su marido, Miguel Ángel (52, suboficial al borde del retiro del Ejército), salir a caminar y de paso pasar por un local de quiniela a jugar una boletita. Miguel Ángel sólo pasaba algunos días al mes en su casa, ya que trabajaba a más de 300 kilómetros de su hogar y regresaba a él juntando algunos francos. Ésa era una noche del miércoles.

Era un barrio de una zona rural. La pareja tomó un sendero entre unos arbustos y se perdió de vista en el primer recodo. Pasaron 30 segundos. Primero se sintió un estampido. Unos segundos después, otros dos. Luego, quizá otro medio minuto más tarde, María de Rosario salió corriendo y pidiendo auxilio a los gritos.

A los primeros vecinos con los que se encontró les contó esta versión, que repetiría con muy pocas variaciones en los siguientes nueve meses de investigación: aseguró que tres personas habían intentado asaltarlos. Dijo que su marido se había trenzado en pelea con los ladrones y que ella había logrado escapar.

Cuando una patrulla llegó al lugar, encontró al militar agonizando. Había recibido tres disparos. Le faltaban su reloj y 25 pesos. Murió poco después.

La Policía desconfió de la versión que dio la mujer. El primer indicio extraño fue que, tras una supuesta pelea, el militar ni siquiera tenía la ropa desgarrada. El forense confirmó que no tenía golpes ni lastimaduras, salvo las tres balas de una pistola Bersa calibre 22.

Al día siguiente, un rastrillaje permitió hallar una mochila con balas y un documento a nombre de Maximiliano C. (19), novio de una de las hijas de la reciente viuda y del muerto.

El muchacho fue detenido y confesó el crimen. Dijo que lo hizo por pedido de su suegra. Explicó que él hizo el primer disparo y que ella “lo remató en el piso”.

El fiscal dijo en la acusación que, a su criterio, María de Rosario decidió matar a su esposo para cobrar su seguro de vida y otros beneficios, que en total sumaban unos $32.000.

Además dijo que estaba seguro de que la mujer convenció al novio de su hija de concretar el crimen y para disuadirlo le dijo que sólo así podría estar tranquilo con su novia, ya que el militar resistía sistemáticamente esa relación y la parejita no podía verse cuando el jefe de familia estaba en casa.

Pero el fiscal dijo que la frialdad para planear y ejecutar el crimen estaba en la mujer y no en el muchacho, que se sintió abrumado después de efectuar el primer disparo contra su suegro y no logró encontrar su mochila, la cual había escondido entre los arbustos y permitió luego rearmar la historia y desenmascarar a los asesinos.

Incluso María de Rosario debió rematar ella misma a su marido y quitarle el reloj y la billetera que tenía encima, para simular un robo, ya que su inexperto cómplice se asustó tanto que decidió escapar sin cumplir con esos detalles.

El veterano juez que se encargó de dirigir el debate fue duro con la viuda.

“Desde que supo que su marido estaba a un paso de retirarse del Ejército y que, por lo tanto, caerían sus seguros de vida y el hombre egresaría a convivir con ella todos los días, María de Rosario comenzó a buscar a alguien que hiciera el trabajo para sacarse a su marido de en medio”.

Entonces la viuda le encomendó al novio de su hija que encontrara un sicario, pero como el muchacho no lo encontró tuvo que hacer él mismo el trabajo de asesino, “presionado por su suegra, quien le decía que si no cumplía lo separaría definitivamente de su novia”.

El diálogo que se reconstruyó en el juicio fue así: “Lo vas a hacer vos. Tenés que hacerlo esta noche (14 de julio de 2004)”, le dijo la viuda al novio de su hija. “Lo más seguro es tirarle a la cabeza. No tiene que sobrevivir”, le indicó.

El veterano magistrado dijo en sus argumentos que “el muchacho disparó y luego confesó, porque sabe de lo que es capaz de hacer su suegra, quien lo amenazaba con matar a su novia o alejarla de la casa”. Y agregó: “María de Rosario ejerció sobre el joven una coacción moral inaguantable”.

El juez le adjudicó al muchacho la autoría del primer disparo, que hirió a la víctima en el cuello y la hizo caer al suelo boca a bajo, pero no le causó la muerte. Mientras el joven huía asustado, María de Rosario tomaba la misma arma, remataba a su marido de otros dos disparos y le quitaba el reloj y el dinero para fingir un robo.

Para el juez, la mujer “perseguía objetivos variados y pérfidos ya que era jugadora compulsiva y también tenía un amante”Además, el magistrado remarcó la frialdad con que actuó la mujer en todo momento. Por ejemplo, al instante en que le sugirió a su marido ir a jugar a la quiniela para emboscarlo y matarlo, el magistrado dijo: “Ése fue como el beso en el Monte de los Olivos”.

El juicio concluyó con una condena a diez años de prisión para el muchacho y a prisión perpetua para la viuda. Sin embargo, la Justicia la benefició recientemente con prisión domiciliaria, ya que entendió que la condenada padece ahora problemas psiquiátricos.

Sin embargo, quienes asistieron a la sala en donde se celebró el juicio recuerdan el último acto: la novia del condenado, hija de la asesina, saliendo elegantemente de la sala, con sus tacos retumbando frente al tribunal.