Mendoza Sábado, 15 de diciembre de 2012

A 50 años del libro de Rodolfo Braceli que quemaron en la Casa de Gobierno

Pautas eneras, el debut literario del poeta y periodista mendocino, fue censurado. Ahora sale una nueva edición, que presentará en el Espacio Le Parc.

Por Fernando G. Toledotoledo.fernando@diariouno.net.ar

A veces la poesía es capaz de encender fuegos tan poderosos que su alcance se nos pierde de vista. A veces su quemadura es de 4, 5 o 10 grados, y deja las fibras del cuerpo en plena incandescencia. Y a veces la poesía (otra, la misma) acaba en el fuego avergonzado de la intolerancia, en el fuego escandaloso de la censura.

Hace 50 años, un tal Rodolfo Eduardo Braceli, a la sazón poeta debutante y periodista declarado, se enfrentaba a esos poderes ígneos de la poesía. La suya propia, por cierto. Con la euforia propia de un joven de 21 años que ha acunado durante largas noches su versos, daba a la imprenta su primer libro, Pautas eneras. No iba a tener la suerte, sin embargo, de que esa edición respirase con la voz baja de sus lectores: el gobierno de facto de entonces secuestró gran parte de la edición y la quemó en el playón de Casa de Gobierno.

Poco después, sin embargo, y haciendo caso omiso a tales fogosas advertencias, Braceli publicaba una nueva edición. Pasado medio siglo, la editorial Capital Intelectual reedita ese libro, que resulta no sólo un documento de un poeta naciente, sino también una prueba de cuánto puede arder la poesía al tocar pieles sensibles.

El propio Braceli, quien decía por entonces que “para ser poeta / no se necesita ser poeta”, rememora la andadura de fuego de su libro y adelanta la presentación que hará en Mendoza, el próximo miércoles.

–Hace medio siglo tenías 21 años y un libro bajo el brazo. Un libro de un poeta recién nacido y que de pronto era condenado a las llamas de la censura. Tu primera edición de tu primer libro fue quemada por el gobierno que intervenía Mendoza. Había sido derrocado Arturo Frondizi. La dictadura tenía un civil neutro. ¿Qué recordás de todos esos hechos?–Mi Pautas eneras era un librito pequeño, abrochado, 300 ejemplares delgaditos editados por la Biblioteca San Martín. Yo alcancé a sacar un paquete con 70 ejemplares. A los tres días de salir de la imprenta oficial fue prohibido, secuestrado y quemado en el playón de la Casa de Gobierno. Se armó un despelote enorme.... La directora de la biblioteca, Manuela Mur, presentó la renuncia. Después de varias semanas se la rechazaron. Yo, como todo autor que saca su primer libro, creí que iban a soltar las palomas y a declarar feriado provincial. Tuve sentimientos encontrados, furia, congoja. En principio la solidaridad me vino más de afuera que de adentro (Chile y Buenos Aires), de escritores mayúsculos como Leopoldo Marechal.

–¿Qué recordás del momento de la escritura de esos poemas? ¿Imaginabas que de algún modo algunos de ellos podían despertar escozores, incendiarios o no?–No se me pasó por la cabeza que hubiera semejantes prohibidores y quemadores, esa clase de humanos que no es otra que la que hoy mismo extraña y clama por “mano dura” y justifica la tortura y la pena de muerte y la madre que los parió. Pero debo decir que nuestra soleada provincia tiene una larga tradición de censura con fuego. Por ejemplo, al poeta Víctor Hugo Cuneo le quemaron una y otra vez su quiosquito de libros viejos. Al hoy tan nombrado Julio Le Parc le pusieron fuego en una pequeña exposición que se hizo en las sala de Patiño Correa y Pampa Mercado. No es de extrañar la censura y el fuego en una provincia que es el emporio de las derechas. Yo no soy un héroe por haber sido quemado: cuando el fuego viene de estos tipos, es una condecoración.

–A pesar de todo, antes de terminar el año aquel de 1962, una segunda edición (impresa por el enorme Gildo D’Accurzio) ve la calle. ¿Previste que esa segunda edición podía seguir el mismo destino que la primera? Como autor: ¿no temías una hoguera para tu propia persona, sobre todo porque estaba precedido por un prólogo más encendido de furia y poesía que los ejemplares que quemaron?–No, no imaginé que podía haber otra censura. Escribí el prólogo furioso dedicado a los “keroseneros intelectuales” sin calcular consecuencias. Escribí de cuajo. Escribí como escribo hoy, virginalmente, con un entusiasmo acaso candoroso, inefable, que me enciende una y otra vez, y me hace pensar y sentir que estoy escribiendo por primera y por última vez. En cuanto a D’Accurzio: él nos editó a todos, desde a Di Benedetto a Tejada Gómez, pasando por Lorenzo y Ramponi, y Crimi y Tudela y Vega. Hizo por Mendoza más que die z gobernadores juntos.

–¿Le pagaste la edición?–Cuando imprimieron los 1.500 ejemplares de mi segunda edición de Pautas eneras, a fines de 1962, le pagué con un kilo y medio de pan de una panadería de la calle Buenos Aires, a la que me llevó para darme una preciosa lección. En esa panadería, en su interior, señalándome el horno, me mostró que hay fuegos y fuegos. Fuegos que queman libros y fuegos que le dan semblante al pan nuestro de cada día.

–A 50 años de Pautas eneras, ¿cómo ves al poeta que escribía por aquel entonces con el que contempla hoy ese libro? Un lector que te ha seguido tu escritura puede decir que ya tu “caligrafía lírica” ya está declarada allí...-Así es.. En mis Pautas eneras están las semillas de mis libros siguientes: El último padre, La conversación de los cuerpos, Cuerpos abraSados… De mi primer libro rescato su austeridad: no caí en la tentación de fabricar metáforas “poeticudas”.

–¿Cuáles eran tus lecturas o autores referenciales de por entonces?–Mucho Whitman, mucho César Vallejo, algo de Girondo, más Pablo de Rokha que Neruda...

–Pautas eneras busca extraer la poesía de las cuestiones cotidianas, de la celebración del mundo. Hay un poema emblemático: “qué bello / es mear de noche...”. ¿Fue esa una búsqueda estética o se impuso a tu pluma?–En todo caso, si fue una búsqueda, fue una búsqueda no buscada, inconsciente. Para mí no vale aquello que se aproxima a la fabricación de temas, de imágenes o de lenguaje, como dije, poeticudo.

–Hay otro poema muy especial: Ventajas de la mala memoria. Suena... a una canción de Favio. ¿Usó tus versos para escribir la canción Quiero aprender de memoria?–Bueno, me resulta difícil responder considerando que Favio hoy anda respirando de otra manera. Pero esto lo escribí y lo dije hace una punta de años. Sí, él uso como tema central de una canción mi poema, escrito comenzando la decada del ’60. Diez años después Leonardo salió con su Quiero aprender de memoria. Simplemente se olvidó de ponerme como coautor de la letra. Cosas que pasan. Pero esta desprolijidad no pudo enemistarnos.

–El joven Rodolfo Eduardo Braceli se mostraba ya bastante irreligioso por aquel entonces. ¿Dios está desde entonces en el a-diós para vos?–Mi padre, un hombre que nunca fue a la escuela, un hombre que se paga lecciones clases particulares con un maestro, era una especie de socialista curioso: por ejemplo, les pagaba doble aguinaldo a sus empleados, cuando no existía la obligación del aguinaldo. Era un socialista tan raro que respetaba los caminos que hacía un director de Vialidad que se llama Francisco Gabrielli. Un socialista que nos mandó unos años a colegios de curas, a Don Bosco. Mi irreligiosidad corresponde a mi religiosidad. Los curas me quisieron enseñar que el único Dios verdadero era el católico, apostólico y romano. Yo al oír eso me di cuenta de que la religión institucionalizada era una reverenda güevada. Es inconcebible que el Dios de mi religión sea el verdadero. A partir de eso me volví alguien que oscila entre ser agnóstico, digamos, los días pares, y ser ateo los días impares. No creo en nada porque creo en todo.

–Luisa Kuliok y Darío Grandinetti le pondrán su voz a algunos poemas de Pautas eneras en Mendoza. ¿Qué siente un poeta al otorgarle esos versos?–He tenido enorme fortuna con los actores que hicieron mis obras teatrales o prestaron su respiración para distintas presentaciones: María Rosa Gallo, Rodolfo Bebán, Juan Leyrado, Hugo Arana, Alicia Bruzzo, Guerrero Martinheiz, Cristina Banegas (reciente premio Emmy), Patricio Contreras, Jorge Marrale, Beto Brandoni, Virginia Lagos, Ulises Dumont y varios más. Miguel Ángel Sola estrenó Federico García viene a nacer y hace unos meses hizo de Gabo para mis Ciento un años de soledad. La gran Inda Ledesma dirigió y protagonizó dos de mis obras de teatro. Ahora le darán respiración a mis textos Luisa Kuliok y Darío Grandinetti. A Darío lo elegí una semana antes del premio Emmy... menos mal. Siempre lo aprecié como un finísimo actor muy pariente de la poesía. A Luisa la he visto en ese género menospreciado que es el teleteatro y haciendo Shakespeare. Es un raro caso de actriz notable en lo popular y en los clásicos.

–¿Cómo será el espectáculo?–Tiene poco y nada de “presentación de libro”. Aquí no habrá ningún presentador obligado a elogiarme a rajacincha durante 15 o 20 minutos. Esto vendría a ser un “leve movimiento de la palabra quieta”. Tiene elementos teatrales, luces, voces, sonidos, música incidental, canciones propias. El miércoles veremos cómo sale a flote este organismo de poesía en escena.

 

Destino de fuegoRodolfo Braceli publicó una edición de 300 ejemplares de Pautas eneras el 13 de junio de 1962 (foto 1), por la editorial de la Biblioteca General San Martín (impreso por la imprenta oficial). El gobierno interventor confiscó 150 ejemplares y los quemó en el playón de Casa de Gobierno. Gildo D’Accurzio publicó una nueva edición (foto 2), esta vez de 1.500 libros, que fue promocionada como “el libro que dio el gran zapatazo” (foto 3). Ahora, 50 años después, aparece una nueva tirada en Capital Intelectual (4).

Pautas- El miércoles, a las 20.30, en la Sala Roja del Le Parc, se presentará la nueva edición de Pautas eneras.

- Además de Braceli participan los actores Luisa Kuliok y Darío Grandinetti.

- La entrada al espectáculo es gratuita. Los pases deben retirarse en la boletería del Le Parc. 

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