Se fue de Mendoza por amor, abrió un restaurante en Francia y sueña con fabricar su propio dulce de leche

Adrián Lamota tiene 25 años, es de Guaymallén, y vive en un pequeño pueblo francés donde encontró en la cocina una manera de acercarse a sus raíces

Editado por Cecilia Corradetti
corradetticecilia@gmail.com

La historia de Adrián Lamota empezó a escribirse mucho antes de que cruzara el océano para instalarse en Francia. Aunque hoy tiene un restaurante propio en un pequeño pueblo de la región de la Drôme, donde prepara platos argentinos que despiertan recuerdos entre los comensales, su camino comenzó en San José, Guaymallén, entre las comidas familiares, los mates compartidos y una curiosidad que desde chico lo llevó a imaginar otros mundos.

Aunque hoy tiene un restaurante propio en un pequeño pueblo de la región de la Drôme, donde prepara platos argentinos que despiertan recuerdos entre los comensales, el camino de Adrián comenzó en San José, Guaymallén

Tiene 25 años, se recibió de maestro mayor de obras en la escuela técnica San José y creció rodeado de su mamá, Vanina; su hermana, Pilar; Andrés, la pareja de su mamá; sus abuelas y sus tíos, personas que siguen siendo fundamentales en su vida. También jugó mucho a los videojuegos, se interesó por el periodismo y la política y, casi sin darse cuenta, fue construyendo una relación con la cocina que terminaría convirtiéndose en su forma de ganarse la vida.

“Desde chico me gustó cocinar para la familia. Es un poco raro, pero reflexionando en estos meses veo que siempre me gustó la cocina como una forma de juntar personas, y que hoy haya logrado eso acá es lo que más me gusta”, cuenta desde Chabeuil, el pueblo francés donde vive con su novia, Agathe, y donde ambos pusieron en marcha un proyecto que crece al ritmo de los platos que salen de su cocina.

Un restaurante argentino en Francia luego de una historia de amor

Pero para llegar hasta allí, Adrián tuvo que tomar decisiones, dejar atrás su casa y animarse a empezar de nuevo. En 2022, sus padres decidieron emigrar a España, como tantos argentinos que buscaron nuevas oportunidades lejos del país. Él, en cambio, optó por quedarse en Mendoza y vivir solo.

“Era chico y sentía que me iba a hacer crecer como persona, a encontrarme como adulto, a aprender a pagar las facturas y a asumir las responsabilidades que tiene todo el mundo”, recuerda. Aquella decisión fue una primera experiencia de independencia que, sin saberlo, lo prepararía para el desafío mucho más grande que vendría después.

En 2023 conoció a Agathe durante un asado con amigos. Ella es francesa y estaba recorriendo Latinoamérica como mochilera. La buena onda entre ambos fue inmediata y, como Adrián vivía solo, le ofreció quedarse en su casa. El vínculo creció rápidamente y hasta tuvo oportunidad de conocer a los padres de ella durante su estadía en Mendoza.

En su restaurante francés, prepara especialidades argentinas: pastel de papa, pastas, milanesas y budín de pan. Ahora va por el dulce de leche casero.

Después, Agathe regresó a Francia. La distancia apareció como una prueba inevitable, pero siguieron hablando todos los días por WhatsApp. En aquellas conversaciones, Adrián le contaba que a mediano o largo plazo imaginaba viajar a España para reencontrarse con su familia. Sin embargo, ella tenía otra propuesta.

“Como tiene ideas muy locas, me preguntó si no quería irme a vivir con ella a Francia”, relata entre risas. No era una decisión menor: significaba dejar su país, sus afectos y la vida que había empezado a construir para probar suerte en un lugar cuyo idioma todavía no dominaba.

Rumbo a Francia, a empezar de nuevo

Lo habló con sus abuelas, sus padres y sus seres queridos. Aunque había miedo, también encontró apoyo. En 2024 hizo las valijas y se instaló en Francia para comenzar una etapa completamente distinta.

El comienzo fue de adaptación. Como Agathe todavía estudiaba, los dos fueron acomodándose a las circunstancias. Primero vivieron con los padres de ella, después se mudaron a Toulouse y más tarde a Lyon. Adrián tuvo que enfrentarse a las dificultades del idioma y a los trámites necesarios para instalarse, una combinación que al principio le cerró muchas puertas laborales.

Chabeuil está cerca de Valence, en la región de Auvernia-Ródano-Alpes, y combina calles tradicionales, construcciones antiguas y un entorno tranquilo.

Durante varios meses trabajó como paseador y cuidador de mascotas. Aunque no era el futuro que había imaginado, aquella experiencia le permitió desenvolverse mejor, hablar cada vez más francés y conocer personas que lo ayudaron a encontrar su lugar. Fue una etapa de aprendizaje, de paciencia y de pequeñas conquistas cotidianas, de esas que no siempre se ven desde afuera, pero que resultan decisivas cuando se empieza de cero en otro país.

A comienzos de 2026, la pareja se instaló en Chabeuil, cerca de la familia de Agathe. Allí apareció una oportunidad que cambiaría por completo el rumbo de su historia.

Un restaurante propio y el sueño cumplido

La idea de abrir un restaurante surgió a partir de una propuesta de Agathe. Adrián ya había pensado en estudiar gastronomía en Italia o Francia, aunque todavía no tenía decidido qué camino seguir. El padre y el hermano de su novia también apoyaron el proyecto y ayudaron a que aquella idea empezara a tomar forma.

“Fue una locura. Recuerdo que le contaba a mi familia y nadie lo creía, jaja. Nunca estudié gastronomía como tal, y animarse a abrir un restaurante parece mucho trabajo, que lo es, pero en ese momento no dimensionaba todo lo que lleva”, admite.

"Mi familia es mi pilar. Son todos jóvenes. Mi mamá tiene 40 y mi abuela 56", aclara Adrián, entre risas.

Hoy está al frente de una cocina en la que busca combinar dos tradiciones que le gustan especialmente: la gastronomía argentina y las pastas. La mezcla no es casual. Las pastas forman parte de los gustos compartidos con Agathe, mientras que los platos argentinos representan una parte de su historia y de su identidad.

Como dato de color, Adrián asegura que terminó de conquistar a su novia con unos fideos caseros acompañados de salsa de champiñones. Aquella comida fue una pequeña muestra de lo que podía hacer con sus manos y de la manera en que entendía la cocina: no solo como una sucesión de recetas, sino como una oportunidad para compartir algo propio.

Canelones, milanesas, pastel de papa y budín de pan

En el restaurante preparan canelones, milanesas a la napolitana, pastel de papa y budín de pan, entre otros platos que se van incorporando a la carta. La respuesta de los vecinos fue positiva desde el comienzo. Los clientes regresan, el lugar ya despertó el interés de medios locales y la pareja empieza a comprobar que su apuesta puede convertirse en un proyecto duradero.

“Veo la cocina como innovación y cultura”, explica Adrián, que se encuentra en constante aprendizaje y busca perfeccionarse pese a no haber cursado una carrera gastronómica. El trabajo diario le exige muchas horas y una dedicación que va bastante más allá de cocinar: también hay que ocuparse de la organización, el funcionamiento del negocio y todos los detalles que hacen que un restaurante pueda sostenerse.

Chabeuil es un pueblo pequeño, encantador y medieval de Francia. Allí, Adrián hizo una fuerte apuesta: llevar comida y especialidades argentinas a la mesa.

Aun así, la satisfacción aparece en los momentos más sencillos, especialmente cuando alguien prueba un plato y reconoce en él un recuerdo de su propia historia.

Hace poco, una mujer chilena fue al restaurante y pidió pastel de papa. Después de probarlo, pidió hablar con Adrián para agradecerle. El sabor le había recordado al que preparaba su papá.

“Mis momentos preferidos son cuando vienen personas latinas y me dicen que mi comida les recuerda la comida real de Argentina, la que hace su familia”, cuenta. Son esos encuentros los que le confirman que, aun a miles de kilómetros de Mendoza, puede construir un espacio donde la gente se sienta cerca de su casa.

Un rincón francés que le recuerda a Mendoza

Chabeuil es un pueblo de la región de la Drôme que, para Adrián, tiene algo familiar. Aunque se encuentra en el sudeste de Francia, lejos de su tierra, reconoce similitudes que lo hacen sentir cómodo: los viñedos, la gente que se saluda por la calle y un ritmo de vida más tranquilo que el de las grandes ciudades.

“Es muy parecido a Mendoza. Hay viñedos, la gente se saluda en la calle y me gusta mucho el ritmo del pueblo. Las montañas están para el otro lado, pero tenerlas cada día conmigo es un gran placer”, describe.

La comunidad lo recibió con buena energía y, poco a poco, el restaurante se convirtió en un punto de encuentro. Junto con Agathe, organizan conciertos de música latina y, especialmente, argentina. Así fueron conociendo a personas de distintos países y también a compatriotas que viven en la región.

Chabeuil, en el departamento de Drôme, en el sureste de Francia, puede describirse como un pueblo de origen medieval, con un casco histórico que conserva el encanto de las localidades antiguas francesas.

“Ya conozco gente de muchas partes de Argentina, y escucharla cantar o tenerla acá me da esos pequeños momentos de volver a casa”, dice.

La cocina, entonces, se transformó en algo más que un emprendimiento. Es también una forma de mantener vivo el vínculo con sus raíces y de acercar a otros argentinos y latinoamericanos a sabores que conocen desde la infancia. En un país nuevo, donde todavía continúa aprendiendo y adaptándose, esos encuentros tienen un valor especial.

En su vida cotidiana comparte la casa con Agathe y Luna, su gatita. El restaurante funciona en la planta baja del edificio, mientras que arriba se distribuyen dos pisos destinados a vivienda. En otro piso vive un tío suyo, que trabajó con ellos hasta este mes. La cercanía de la familia de su novia también forma parte de la red afectiva que lo acompañó desde que llegó.

Adrián dedica buena parte de su tiempo al negocio, pero también busca conocer la región, salir a pasear y compartir momentos con sus seres queridos. Este año, además, pudo tomarse sus primeras vacaciones de verdad: recorrió Italia en una combi y quedó fascinado con Milán, Como, Turín y Lecce. Le sorprendió encontrar tantas similitudes culturales con los argentinos.

París y Lyon también dejaron su marca. La velocidad con la que se mueve la gente en las grandes ciudades fue uno de los primeros contrastes que experimentó al llegar. En cambio, en el pueblo encontró una forma de vida que valora especialmente: disfrutar de las cosas simples y compartir tiempo con otros.

El sueño de fabricar su propio dulce de leche

Aunque encontró una nueva casa en Francia, Mendoza sigue presente en sus recuerdos. Todavía no pudo regresar y extraña, sobre todo, las escenas cotidianas: tomar mates en la plaza Independencia, caminar por la peatonal, visitar a su gente querida de la Galería Tonsa, donde trabajó durante mucho tiempo, y compartir el café de su abuela.

También extraña salir a comer en su provincia. Entre sus lugares preferidos está Fuente y Fonda, un restaurante que toma como referencia por su manera de recibir a los clientes y generar un ambiente acogedor. Esa calidez es parte de lo que quiere construir en su propio negocio.

Pero Adrián no se conforma con el restaurante. Ahora tiene un nuevo proyecto en mente: desarrollar su propia marca de dulce de leche. Ya está buscando las primeras máquinas y averiguando cómo avanzar con una idea que lo entusiasma tanto como aquella primera decisión de abrir la cocina al público.

El camino todavía tiene desafíos. Quiere estudiar francés con mayor profundidad, especialmente para mejorar su comunicación escrita, y seguir aprendiendo sobre gastronomía. También sabe que hacer crecer un negocio requiere constancia, tiempo y capacidad para adaptarse. Sin embargo, a los 25 años, parece haber encontrado una dirección que combina sus gustos, sus afectos y sus ganas de emprender.

Un mensaje para quienes desean emprender

Antes de despedirse, Adrián deja un mensaje para los jóvenes de Mendoza. Sabe que muchos atraviesan dificultades para cumplir sus sueños y que empezar un proyecto propio puede parecer demasiado complicado. Por eso, quiere compartir algo de lo que aprendió durante estos años de independencia, emigración y trabajo.

“Sé que hace muchos años que la cosa viene un poco complicada y que a veces es difícil poder cumplir los sueños y nos desalentamos, pero ya va a mejorar todo. No hay que bajar los brazos ni dejar de trabajar y esforzarse, aunque para nosotros todo cueste el doble”, expresa.

“Sé que hace muchos años que la cosa viene un poco complicada y que a veces es difícil poder cumplir los sueños y nos desalentamos, pero ya va a mejorar todo. No hay que bajar los brazos ni dejar de trabajar y esforzarse, aunque para nosotros todo cueste el doble”, expresa Adrián.

También ofrece su ayuda a quienes tengan dudas sobre cómo emprender y asegura que intentará orientarlos de la mejor manera posible.

Adrián se fue de Mendoza por amor, llegó a Francia sin haber estudiado gastronomía y terminó encontrando en una cocina la posibilidad de construir su futuro. Hoy, mientras prepara platos que devuelven a otros el sabor de sus hogares, trabaja para que su restaurante siga creciendo y sueña con llevar su dulce de leche a nuevos destinos.

Y cierra con una frase que resume su entusiasmo, su humor y esa confianza tan argentina que lo acompaña incluso al otro lado del océano: “Los argentinos no conquistamos el mundo porque no queremos”.

En pocas palabras

  • Adrián Lamota: joven mendocino que abrió un restaurante de comida argentina en Francia.
  • Historia de vida: se mudó por amor y encontró en la cocina una forma de conectar con sus raíces.
  • Sueño futuro: planea lanzar su propia marca de dulce de leche y expandir su negocio.
Resumen generado por Thinkindot AI

MÁS LEÍDAS