María Elena Izuel
Especial para UNO San Rafael
Don Santiago Mandrilli y su esposa Ana Menozzi llegaron a nuestro país a fines del siglo XIX, habían decidido probar suerte en Argentina para mejorar su situación económica. Eran originarios de Alesandría, en el norte de Italia.
Al descender del barco consiguieron que les alquilaran un terreno en la zona de La Pampa, cuyo dueño era don Marcelo Torcuato de Alvear, poseedor de muchas tierras, y que luego fue presidente de los argentinos. Con esfuerzo trabajaron la tierra, haciendo chacras y criando ganado.
Después de un tiempo viajaron a San Rafael y adquirieron tierras en Rama Caída, plantaron viñedos y cuando comenzaron a producir, en 1912, hizo construir una pequeña bodeguita, ubicada en la calle Ejército de Los Andes, al sur del actual barrio Fray Inalicán.
Quienes construyeron la bodega fueron Balacco y Chiapini, los mismos que tuvieron a su cargo la construcción de la bodega Labiano. Era una bodega chica, tenía sólo un cuerpo donde había varias cubas y también algunas piletas subterráneas y otras aéreas.
El matrimonio tuvo seis hijos, dos niñas: Leonilda y Emilia y cuatro varones: Juan Bautista, Ítalo Argentino, José y Rufino. Las hijas se casaron también con bodegueros: Leonilda con José Zingaretti y Emilia con Atilio Sardi.
Durante el año 1915 don Santiago decidió abrir un almacén de Ramos Generales, al lado de la bodega.
Entre sus clientes estaban los trabajadores del más importante terrateniente de la zona, quien le había pedido que les fiara a sus obreros y si estos no pagaban, él se hacía responsable.
En su bodega hacía un vino especial, que era cortado entre dos vinos distintos. Algunos ingleses que vivían en la zona habían comprado fincas y otros eran empleados de la A.F.D. A ellos les gustaba la mezcla que había hecho y cuando venían a comprarle le pedían “cóctel”.
Cuando llegó una de las crisis tuvo que ver cómo le derramaban las bordelesas de vino en la acequia ¡Cuánto dolor para el productor, que con tanto sacrificio hacía sus vinos!
Entonces decidió no trabajar más en su bodega y al crearse la Cooperativa La Rafaelense, que estaba cerca de su bodega, sobre la ruta 143, se asoció a ella, como todos los pequeños bodegueros de la zona.
Pasado un tiempo la bodega fue adquirida por don Roberto Carloni.
Familia Carloni
Al norte del mar Adriático, en Italia, existe un pueblito llamado Ancona, lugar del cual provenían muchos de los italianos que vinieron en la segunda migración. En ese pueblito nació don César Carloni, quien se vino a la Argentina aproximadamente en 1920.
Al llegar se dirigió a San Rafael, donde comenzó trabajando como obrero en diversos viñedos, hasta que ahorró lo suficiente y pudo comprar un terreno y construir una pequeña bodega, ubicada al sur de la actual Labiano.
Don César contrajo matrimonio con una joven, también de origen italiano, llamada Carola Ballarini y tuvieron cuatro hijos, tres varones: Luis, Roberto y Jacinto y una niña Arduina.
La bodega estaba situada sobre la calle Cubillos, en la intersección con el Canal de los Inquilinos, que viene desde el Cerro Bola , dobla en la calle Cubillos, terminando en la actual finca Rubio y luego dobla al Este por Rama Caída y sigue a Los Claveles por el Río Seco.
En realidad era un zanjón, por donde en tiempos de creciente circulaba agua y cuando estaba seco transitaban vehículos o caballos. En una de las frecuentes crecientes de verano, que arrasaron la zona, allá por 1958, el agua cubrió el zanjón y llegó hasta las paredes de la bodega, se humedecieron de tal modo que se derrumbó y don César perdió todo.
Hoy en esa zona se levantan cabañas para turistas. Según me comentaron, a las piletas les hicieron puertas y las transformaron en habitaciones.
Años después uno de los hijos, Roberto Carloni, compró una bodega que estaba abandonada (había sido de don Santiago Mandrilli) y estaba ubicada en la calle Ejército de Los Andes, al sur del Barrio Fray Inalicán. La antigua bodega había sufrido con el paso del tiempo, por lo que tuvo que hacer algunos arreglos: cambió el techo de barro por ruberoil, quedaban seis piletas de cemento, que las siguió utilizando y se construyeron otras de plástico.
En estos momentos se usa un sistema muy novedoso, que es inflar un globo de plástico dentro de la pileta hasta que recubra todos los revoques, se pega a las paredes y no se sale, de ese modo se impermeabilizan las paredes y se protege al vino.
Registró la marca Reseña y vendió el vino en damajuanas. En camiones lo enviaba a Córdoba, donde tenía los principales compradores.
Poseía dos fincas, una en la calle Cubillos de 30 hectáreas y otra de 70 en El Cerrito, en gran parte con plantaciones de viñedos, aunque en estos momentos el sucesor, don Héctor Carloni, que es quien manejó la bodega en los últimos años, se dedica sólo a los frutales.
La bodega fue eliminada del registro de industrias en 1996, por lo que hace más de 20 años que dejó de trabajar. Actualmente se usa como depósito de ciruelas, sin embargo se mantiene en buenas condiciones.


