Claudia René Díaz tenía 15 años cuando desapareció. Su historia es la de un homicidio a manos de un hombre. Torturas hechas por la Policía. Otros detenidos y un desenlace que podría haber salido de una película.
Todo comenzó la noche de un 16 de octubre. Ese día, Nelsón Madaf, de diecisiete años, acompañó hasta la cercanía de su casa a Claudia Rene Díaz (que contaba con 15 años de edad).
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Se conocían hace poco tiempo pero entre ellos parecía que podía haber una relación con futuro. Al otro día, Claudia lo visitó en su trabajo y nadie más supo de ella. Era 1989 y San Luis, la provincia dónde ocurrió todo, se mostró conmocionada.
Pasaron los años y nada se sabía de Claudia. En 1992, la monja Martha Pelloni, igual que hizo con la muerte de María Soledad Morales en Catamarca, encabezó marchas de silencio pero no hacían efecto.
Nelly Fernández, madre de la desaparecida, al ver el avance nulo de la investigación, se inscribió en cursos de técnicas de investigación policial, derecho penal y toxicomanía. La misma salía disfrazada y con una grabadora oculta, para recabar información sobre su hija.
En enero de 1993, la Policía finalmente detuvo a Madaf. No habían pruebas, no había cuerpo, pero se necesitaba un culpable y el joven tenía todos los números. Además, dos años antes ya había estado en la mira y bajo golpes policiales.
Finalmente Madaf confesó el crimen pero su historia fue arrancada a base de torturas que incluyó: quemaduras con cigarrillos, entierros, colgarlo de un árbol, sacarle dientes con pedazos de vidrio, fracturas de dedos, le arrancaron una uña y le clavaban agujas en el pecho. La Policía se ensañó con él y él confesó para que acabara la barbarie, pero no era culpable.
En su confesión, Madaf incluyó a dos mujeres: Marina Garay y Laura Godoy. En el crimen, Claudia estaba embarazada y ambas habían ayudado con el aborto. En el caso de Laura, ella había sido compañera de colegio de la chica desaparecida. Peor había otra hipótesis que la Policía no investigaba.
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Claudia no había tenido problemas con Nelson cuando desapareció. El día que estuvieron juntos, antes de desaparecer, ella se mostró feliz con el joven. Pero cuando llegó a su casa, acompañada por el chico, observó un auto. Era el de su padre. Ella sabía que él no aprobaba que saliera con chicos a su edad. Además había cometido otro "delito". El hombre había impuesto como regla que nadie debía llegar después de él a la casa y Claudia lo estaba haciendo.
En 1997, ocho años después de la desaparición, la madre de Claudia recibió un llamado en el trabajo. Nadie se identificó pero la información que llegó desde el otro la dejó helada: "Te voy a dar una información sobre tu hija. Está en Caucete. La tiene un hombre de apellido González".
La madre desesperada viajó hasta el lugar y golpeó casa por casa hasta que de una la atendió una mujer: era su hija.
Habían pasado ocho años desde que había desaparecido. Claudia ya tenía cuatro hijos a esa altura y era obligada a prostituirse por ese hombre al que ella consideró un amigo y que la transformó en amante y trabajadora sexual en su historia, la que después contaría.
Cuando le preguntaron el por qué había huido, ella respondió que fue porque el padre la maltrataba. Nelson no tenía nada que ver.
Él, junto a las dos mujeres, fueron sobreseídos en 1998 pero sus vidas quedaron arruinadas. Las torturas, en el caso de Madaf, lo dejaron discapacitado. Ningún policía fue investigado por ello, el juez del caso renunció acusado de coimear delincuentes y Claudia y Madaf nunca más se volvieron a ver, aunque él años después dijo que no le guardaba resentimiento desde un ranchito, en medio de la nada, dónde vivía con lo poco que tenía.



