A mediados de los ‘80 caminaba por la plaza de Maipú con mi amigo Ariel. “Mi tío estuvo el domingo en La Bombonera” me contó con mezcla de admiración y orgullo. Y le pregunté si tenía un tío en Buenos Aires. “¡No, mi tío es el Lucio, el periodista! Trabaja en el diario” me explicó.
En ese tiempo, si habías nacido en el interior, ver un Boca-River en Buenos Aires era para ricos o para grosos. El Lucio no era rico.
Con el tiempo me di cuenta de que todos conocían al Lucio. Menos yo. “El de pelo largo bien negro” me decía uno. “El que usa jardinera y remera, que anda siempre por Maipú” referenciaba otro. “El que se sube al micro como con 10 diarios debajo del brazo” precisó un familiar que poco me ayudó con su dato.
No eran tiempos de Google ni redes sociales como para buscar información sobre una persona. Sin embargo, empecé a ver su firma en las notas de diario Diario UNO primero, luego en Olé, con foto y todo, (Lucio fue corresponsal mucho tiempo de esta publicación porteña). Antes había estado en el diario Mendoza, me contaron.
Una tarde en el micro, camino a la facultad, donde estudié la carrera de Comunicación Social y cuando, literalmente, soñaba con trabajar en un medio de comunicación, subió un tipo. Tenía el pelo largo, jeans anchos y remera. Se le dificultó un poco pagar el boleto. Los diarios que llevaba bajo el brazo -eran como 10- le complicaron la faena. Luego se sentó a mi lado.
Le pregunté si era Lucio (obviamente ya lo sabía) y me presenté. “Sí, ya sé quién sos vos, sos el de la disquería, el hijo de la Licha”, dijo. El Lucio (a esta altura me pregunto si “el” es un artículo o el primer nombre del señor Lucio Alcides Ortiz) no sólo tiene la ficha de cada maipucino en su cabeza, sino también la de un importante porcentaje de los habitantes de Mendoza.
Con algo de temor le pedí que me contara cómo era laburar en un diario. De un tipo que parece el guitarrista de una banda de heavy metal esperaba una respuesta dura, enroscada, tal vez resentida. “Es lindo” dijo con sencillez y mirando de reojo el techo, seguramente pensando qué imagen produce en el otro las palabras que eligió para comunicarse. Luego me habló de los procesos del diario, de lo que es escribir una nota, mandarla por fax a Buenos Aires, de rotativas, viajes y canchas.
El Lucio ha estado en todas las canchas. Desde la de Gutiérrez, aunque todo Maipú sabe que está identificado con El Botellero, hasta el Maracaná, en la final del mundo que Argentina perdió con Alemania en 2014. En las de tierra, donde las líneas están marcadas por surcos y la gente hace de tela perimetral, hasta los estadios de los mundiales de Rusia 2018, Sudáfrica 2010 y Argentina 78, siempre acreditado como periodista FIFA. Y en las de parquet, baldosa, polvo de ladrillo, cemento o sintético para ver vóley, tenis, handball, futsal, basquet de cualquier equipo y categoría.
El Lucio no sólo escribe notas que se leen desde la volanta hasta el punto final. Este talento lo conocen -y disfrutan- muchos. Tiene además una curiosa forma de contar historias oralmente: las acompaña con movimientos de su cuerpo, las revive, las actúa. Si está contando cómo se definió un partido de basquet, levanta el brazo y hace el movimiento de muñeca que hizo el jugador, para que se entienda bien. Si habla de boxeo, esquiva dos piñas y mete un uppercut. Si cuenta una anécdota, se ríen todos. Se entusiasma y te entusiasma. Te da una clase de comunicación de las que jamás van a darte en una facultad.
El Lucio tiene algunas mañas, de esas que les hace arrugar la cara a los editores. Por ejemplo suele terminar sus escritos con la frase “Y yo estuve ahí”, un pecado mortal para una nota informativa, pero con un dato irrefutable: él estuvo ahí.
El Lucio también tiene críticos. Yo creo que son envidiosos que no se bancan que el tipo sepa con exactitud qué cantidad de personas fue a ver un partido con sólo mirar tres segundos la pantalla de un televisor y el plano de una sola tribuna. Es que tiene un método infalible, al menos para él, y se lo presta a los periodistas de sociedad para que sepan cuánta gente marchó en una manifestación. Si no lo quieren aprovechar, allá ellos.
El Lucio comenzó a retirarse. Va a seguir trabajando para algunos sitios web deportivos y escribiendo notas freelance para organizaciones. No es un tipo que se va a quedar quieto de un momento para el otro. Pero este viernes trabajó por última vez en Diario UNO.
Se va un histórico, un distinto, un indiscutible, un tipo amigable, humilde y criterioso. Se despidió como los grandes: querido por todos.
Y yo estuve ahí.
La emotiva despedida para Lucio en "Desde la Redacción":



