Especial de Perfil Por Magdalena Ruiz Guiñazú
Nanette Konig tiene 82 años y en sus ojos absolutamente celestes se acumulan, a lo largo de su relato, algunas lágrimas que no llegará a derramar. Como si todo el horror del mundo hubiera quedado en esa retina que no quiere olvidar. La imaginamos muy hermosa, una niña observadora. Es hija de un banquero del Amsterdamsche Bank.
Nanette estudiaba en el Liceo Judío de Amsterdam, donde compartía con Ana Frank una cotidianeidad escolar y asistía a la fiesta de cumpleaños en la que regalaban a Ana su primer diario.
“Ana se hacía notar”, explica. “Era una chica muy vivaz, con una gran fuerza. Pero cuando la conocí, en octubre de 1941, me pareció igual a las otras alumnas del liceo… Ahora, eso sí, era alguien a quien le gustaba hablar y ser escuchada. Son recuerdos. Me gustaría que fueran más numerosos, pero no se olvide que ellos, la familia Frank, decidieron, en el mes de julio de 1942, esconderse en el refugio que lograron instalar en su propia casa.”
—Y en el colegio, ¿las otras chicas comentaban algo acerca de Ana?—No. Nada. Mire, era una clase sin discusiones sobre todo porque éramos muy conscientes de la situación terriblemente difícil en la que estábamos viviendo. Algunos sobrevivientes consideran que discutíamos. Yo sólo recuerdo algunos desacuerdos pero tiempo atrás. No intervine en ellos porque, le repito, la situación era tan difícil, hacía meses que vivíamos con un miedo y una angustia incesantes. No se lo puedo describir, pero ciertamente no era una circunstancia normal. Bajo ningún punto de vista… Piense que, de toda esa familia, el único que sobrevivió fue Otto, el padre. Tras la muerte de su madre y de su hermana Margot, también Ana sucumbió a la fiebre tifoidea.
—¿Y cómo retomó contacto con Otto Frank?—En 1945 yo estaba internada en un hospital y él escribió una carta (que aún conservo) preguntándome si podía ir a visitarme. Le dije que sí porque una chica que dormía en el mismo camastro nuestro había ido a Auschwitz-Birkenau junto a la señora Frank y sus dos hijas. Luego nos separaron. Era toda la información que podía brindarle a Otto… Recordemos que era tal la afluencia de prisioneros que, en un determinado momento, los nazis decidieron crear un campo de concentración anexo a Auschwitz. Y ese campo fue Birkenau.
—Eventualmente –sigue recordando Nanette y sus ojos celestes se inundan con esas lágrimas que no habrá de derramar–, ellas también fueron trasladadas a Bergen-Belsen. Por lo menos Ana. Ella les comentó a las otras detenidas que había estado con su madre en Auschwitz. Y luego le llegó la información de que su madre había podido sobrevivir a las condenas masivas. Esto alentó a las dos hermanas…
—¿Cuándo se enteró usted de que Margot y Ana habían muerto?—No recuerdo bien pero, como fuere, escuché en el campo de concentración que habían muerto. En aquel momento yo no estaba con ellas.
Los recuerdos van y vienen en la memoria de Nanette: “Yo, a Ana, la vi pocas veces en Bergen-Belsen. Después de la muerte de mi padre, yo pasé al distrito de las mujeres, el Número 7, y fue allí donde, a través de un alambrado de púas, vi a Ana. Ella estaba en el Distrito Número 8. Yo sabía que estaba allí y en febrero de 1945 quitaron ese alambrado. Entré entonces al Distrito Número 8 y la busqué. Y la encontré”.
—¿Entonces? –tratamos de ayudarla en sus recuerdos.—Entonces nos abrazamos. No recuerdo si lloramos o no. Era una situación terrible. Ella estaba en un estado lamentable. Temblaba permanentemente como si fuera una hoja. Tenía mucho frío y estaba envuelta en una frazada porque ya no podía tolerar su propia ropa llena de piojos. Parecía un esqueleto viviente…
—¿Usted sabía que Ana escribía un diario?—Sí, por supuesto, y cuando Otto vino a verme al sanatorio, me dijo que su madre (que vivía en Basilea) le había sugerido que publicara el diario de Ana... Él estaba de acuerdo, en principio, pero iba a quitarle ciertas partes en las que Ana hablaba de su madre, cuya muerte era muy reciente. “¿Qué opinas sobre esto?”, me preguntó. Y la verdad es que yo no opinaba nada. Apenas tenía 16 años... ¡A esa altura de la vida es difícil disentir con alguien mayor! Insistió con que su madre le había sugerido la publicación del diario y, efectivamente, fue lo que hizo en 1947.
Y, a lo largo de nuestra labor periodística, también nosotros recordamos una entrevista inolvidable, en Amsterdam, con Miep Gies, la secretaria de Otto Frank. Una mujer admirable que, durante todo el ocultamiento de los Frank, logró acercarles verduras y alimentos frescos para que no carecieran de una dieta mínimamente saludable.
Fue justamente Miep Gies quien, una vez que la Gestapo allanó el refugio y detuvo a los Frank, encontró el diario de Ana, por el suelo, confundido con la ropa que los nazis habían descartado luego de vaciar los roperos.
—No conocí a Miep –recuerda Nanette–. He sabido que murió el año pasado, ¡a la edad de 102 años!
Y mientras nos detenemos ante tantas emociones, en el Centro Ana Frank de Buenos Aires también nos conmovemos frente a la reconstrucción notable que se ha hecho, en el primer piso de una casa de Belgrano, de aquel refugio en el que se hacinaron dos familias, desde julio de 1942 hasta el 4 de agosto de 1944.
“Es la única reconstrucción que se ha hecho en el mundo”, explica el director Héctor Shalom, mientras abre la puerta del refugio escondida en una biblioteca. Nos conmueve la semejanza que se ha logrado con respecto al verdadero escondite de Amsterdam.
Y, lógicamente, nos parece increíble estar frente a una testigo y víctima del Holocausto:
—Debe haber sido muy impresionante para usted leer íntegramente el diario... –nuevamente, los ojos de Nanette hablan por ella.—Lo leí de un tirón –recuerda–. Lo que nunca me imaginé es que ese diario iba a alcanzar la enorme popularidad que ha tenido. Lo han traducido a más de sesenta idiomas, se han vendido millones de ejemplares y en todo el mundo calles y escuelas llevan el nombre de Ana Frank. Nosotros vivimos esa historia. Ana alcanzó a contarme lo ocurrido en Auschwitz. Era difícil saber lo que ocurría en otros campos. No tenían comunicación entre sí. Cuando llegaron las tropas soviéticas, los nazis quisieron vaciar Auschwitz y trasladaron a los prisioneros a otros campos. Yo recuerdo esos convoyes de mujeres... Bergen-Belsen estaba superpoblado. Ya no se podía admitir más gente. Se hizo un campo nuevo al que no podíamos acceder pero yo recuerdo que allí había gente de Hungría. Luego, en noviembre 1944, separaron las barracas, tomaron una parte del campamento Nº 1 y la gente fue hacinada en los camastros de madera mientras la comida escaseaba cada vez más.
—¿En qué momento detuvieron a su familia?Nanette recuerda en voz alta: “Nos detuvieron una terrible e inolvidable mañana de septiembre de 1943. A todos. En aquel momento nos trasladaron a Westerbork, el campo de trabajo de Holanda al que llevaban a todos los judíos holandeses para luego trasladarlos a los campos de exterminio. Permanecimos allí hasta febrero de 1944 y luego nos llevaron a Bergen-Belsen, donde luego vería a Ana Frank. En ese campo murió mi padre, a los 47 años. Mi padre murió de hambre y de tristeza”. Nanette hace una larga pausa y luego dice: “Mi padre se recriminaba por no haber podido evitarnos tanto sufrimiento”.
—¿Y su madre?—La deportaron de Belsen junto a mi hermano pero en trenes separados. Esto fue en diciembre 1944. Mi madre fue deportada a las minas de sal de Magdeburg. Allí trabajó en una fábrica de partes de aviones a 700 metros bajo tierra. Murió en un tren que, creo, llegó a Suecia. Mi madre tenía 44 años y no alcanzó a ver el final de la guerra.
—Pero su hermano...—No. Mi hermano tampoco se salvó. Lo asesinaron el mismo día en que lo subían a ese tren. Tenía 17 años y lo mataron sólo por ser judío –Nanette se hunde en un largo silencio–. Mire, cuando ocurren cosas tan terribles a veces la memoria se nubla... Después que deportaron a mi madre y a mi hermano yo fui a dar a uno de los campos de mujeres. No había niños en esos campos porque los niños menores de quince años eran asesinados. Y no puedo olvidar, y quisiera poder olvidarlo, que algún tiempo después de la muerte de mi padre y de que me hubieran separado del resto de mi familia, me encontré cara a cara con Josef Kramer, el comandante del campo, más conocido como “la bestia de Belsen”. Sobreviví milagrosamente porque se sabía que repetía a sus secuaces que mientras más judíos muertos fueran llevados ante él, más crecía su alegría.
Fíjese usted hasta qué punto se puede convivir con el horror: Bergen-Belsen no era considerado un campo de exterminio porque en aquel infierno la gente no era exterminada inmediatamente sino que moría de hambre, tifus, frío, agotamiento, golpizas, torturas. En nuestro caso, como estábamos en la lista palestina, viajamos en un tren común. Nuestras cabezas no fueron rapadas y no nos tatuaron un número en el brazo. Sufríamos terribles crisis de desmoralización, nos trasladaban de una barraca a la otra y esto causó estragos entre la población de gente mayor, que no podía soportarlo.
—Perdón, pero ¿qué significaba la lista palestina?—Himmler mantenía un stock de judíos en esa lista para poder ser eventualmente canjeados como prisioneros de guerra. En el campamento Nº 1 de Bergen-Belsen, en el que estábamos internados, tuvimos la posibilidad de usar nuestra propia ropa con la estrella judía, por lo que pude llevar también conmigo la “billetera amarilla” que contenía algunas fotos familiares y direcciones con las que la familia podría contactarse después de la guerra. La vida en el campo era una lucha minuto a minuto por sobrevivir. La comida consistía sobre todo en nabos, algo de pan y, a veces, nada. Mi padre cambiaba algunas raciones por cigarrillos y esto es algo que aún hoy no puedo entender. Mi madre sufría una terrible diarrea por las horrendas condiciones sanitarias, algo así como un pozo ciego a cielo abierto. Pero igual ella debía presentarse cuando tomaban lista. Incluso cuando tenía fiebre muy alta. Estábamos cubiertas de piojos por todos lados y eso de por sí ya era como para desmoralizarse completamente. Recuerdo muy bien el horror que sintió mi pobre madre cuando descubrió que tenía piojos. ¡Tan luego ella, que siempre había sido una persona impecable! Sin embargo, era una batalla perdida. Constantemente yo trataba de aplastar esos piojos.
—¿Ustedes pudieron advertir que se aproximaba el final de la guerra?—Cuando comenzamos a escuchar disparos cercanos al campo, comprendimos que esto estaba ocurriendo. Además, escuadrones de aviones aliados de bombardeo pasaban encima nuestro día y noche con un terrible estruendo. Sin embargo, nunca fuimos bombardeados.
Nanette se sumerge en sus recuerdos y, con una serenidad increíble, nos dice, luego: “¿Sabe? Yo recuerdo esos días finales de la guerra como una especie de limbo, algo así como no existir y, al mismo tiempo, estar con vida. Un día nos despertamos y los guardias ya no estaban. Durante dos semanas no sabíamos adónde ir. Por otra parte, tampoco sabíamos exactamente en qué lugar estábamos. Y esto tampoco tenía demasiada importancia puesto que no podíamos tenernos en pie”.
—¿Y cómo se enteró de que Ana había muerto de tifus?—No lo recuerdo bien. Otra gente, en el campo, me dijo que estaban en el sector de los enfermos. Allí había una enfermera holandesa que estaba presente cuando Ana murió. Yo no la conocí pero alguien habló con ella. No recuerdo. Mire, murió tanta gente. Por la respiración usted se daba cuenta de que estaban agonizando y uno se preguntaba: “¿Hasta cuándo voy a aguantar esto?”; “¿cuándo me va a tocar a mí?”. La gente se moría todo el tiempo. Cuando llegaron los ingleses, se encontraron con pilas de cadáveres, esqueletos. Los crematorios no daban abasto y los guardias resolvieron dejarlos ahí.
—¡Dios mío!La voz de Nanette se vuelve serena:
—Sí, fue horrible. Cuando llegaron los ingleses y se enfrentaron con la situación en la que nos encontrábamos, estaban tan horrorizados que no sabían demasiado qué hacer. Ellos estaban peleando una guerra y no sabían cómo desempeñarse en una situación de este tipo. Eramos una multitud de gente con tifus, liendres, muertos de hambre... Eramos gente hambrienta. Los ingleses, entonces, buscaron la forma de ayudarnos. Nos dieron demasiados líquidos. Fue como ahogarse, mucha gente murió así. Del mismo modo, cuando nos dieron demasiada comida, hubo muchos muertos entre la multitud hambrienta que llevaba días y días sin probar bocado. Le repito que realmente los ingleses no sabían qué hacer con nosotros. Pensaron en aplicar un orden militar en el campo. Es decir, organizando a los prisioneros, pero nadie quería alejarse de su grupo. Esto no funcionó. Lo mismo que un lavadero humano en el que se bañaba y se desinfectaba a la gente, etcétera.—¿Y adónde la llevaron los ingleses?—No recuerdo bien. Debo haber sido una de las primeras en dejar el campo, ni siquiera puedo decir cómo. Usted sabe que la memoria es selectiva, borra ciertas cosas. Me acuerdo, sí, que nos llevaron a un colegio y allí trabajé en la cocina. Incluso, recuerdo haberme quemado una pierna con sopa hirviendo. Luego, también tuve tifus. Pesaba 32 kilos. Entré en coma y de todo esto no recuerdo nada.
—Quizás olvidar sea la única forma de sobrevivir.—No sé cuánto tiempo duró esto, no recuerdo cuántos días transcurrieron. ¿Sabe usted? El tifus produce un estado de coma. Además, no había ni medicamentos ni nada. Lo único que podían hacer era desplazar a los muertos, enterrarlos y dejar a los que estaban con vida o que tenían chances de sobrevivir. Le reitero que no había ni siquiera medicamentos. Y la cosa era así, la cosa era así –repite en tono enérgico como alguien que desea ser comprendido–: No estábamos en una lista de prioridades, por lo tanto tampoco hubiéramos recibido medicación. Como le decía, tuve tifus y, luego, tuberculosis. Pero, antes de esto, cuando llegaron los ingleses, había un mayor (de apellido Bunee) al cual me acerqué porque yo sabía inglés. Le pedí que escribiera a mi familia a través de su correo. El no sabía si yo le estaba mintiendo o no, pero lo hizo. Le sorprendió mucho que yo hablara un buen inglés y me registró en los ejércitos aliados como refugiada. Luego me buscó en una de las barracas y me encontró acostada en el suelo. Llamó entonces a la única enfermera inglesa que había allí y le dijo: “Mire, aquí tiene a una ciudadana británica”. Lo cual, claro, no era cierto pero sirvió para que me levantaran del suelo y me llevaran a un hospital en el que permanecí durante mucho tiempo. Luego alguien del cuerpo médico del ejército inglés comenzó a preguntar por esta ciudadana británica que había sobrevivido en Bergen-Belsen, curaron mi pierna, me dieron jugo de uvas y me enviaron a otro hospital, en Holanda, en uno de sus aviones, porque pensaron que no resistiría el viaje en tren. Yo supongo que todo esto era obra de aquel buen mayor Bunee. Tuve suerte.
—Fue una especie de milagro…—Sí, porque él le escribió a mi familia y ellos contestaron. Reinaba una confusión espantosa y como yo no conocía a nadie pienso que él fue un factor providencial. Me llevaron pues en el avión de la RAF hasta Holanda. Tiempo después, cuando fui a Inglaterra a vivir con mi familia, invitamos al mayor Bunee a nuestra casa. Vino, se detuvo en la verja del jardín, me miró y dijo: “Estoy muy contento de que haya podido reencontrarse con su familia. No quiero que me agradezcan nada”. También él era judío y, tal como ocurrió con el reverendo que rezó junto a las fosas comunes, jamás pudieron reponerse ni soportar lo que habían visto allí.
—¿Qué significa estar vivo, Nanette? Me imagino que es para usted algo diferente de lo que puede ser para nosotros.—Bueno, fueron 6 millones de personas, la mayoría polacos. Es importante recordar que en Polonia murió el 91% de la colectividad pero de todos los países ocupados Holanda fue el peor. Tiene que haber una razón por la cual tantos murieron y otros hemos sobrevivido.
Y mientras ella lo dice, la tarde cae tristemente como la lluvia de cenizas con la que el cielo argentino parece querer acompañar a Nanette.32



