El Cronista
Al ver las imágenes del desastre que afecta a Japón tras el terremoto y tsunami, que se agrega a la incertidumbre sobre el impacto del accidente nuclear en la central de Fukushima, a más de uno debe haber llamado la atención la calma y control que exhiben los japoneses frente al cataclismo.
Muy distinta sería la reacción en Occidente y ni qué hablar de la Argentina, donde seguramente las escenas de pánico y saqueos serían moneda corriente.Pero también se mantiene en calma el gobierno ante otra hecatombe potencial como es el nivel de su deuda pública, la mayor del mundo en términos de producto, que genera incertidumbre sobre la capacidad del país para seguir pagando el servicio de esta deuda, cuando la reconstrucción va a requerir enormes recursos financieros.
¿De dónde saldrá el dinero para pagar las obras que harán falta? Es una pregunta que se hacen muchos analistas, atentos a que las principales agencias calificadoras bajaron recientemente la calificación de la deuda soberana japonesa y que la catástrofe generó daños por más de u$s 300.000 millones según el propio gobierno japonés, una suma casi cuatro veces superior a la de los daños del huracán Katrina en los Estados Unidos.
Según datos del FMI (publicados antes del terremoto), la deuda japonesa equivale hoy al 228% del PIB y alcanzará el 233% el año próximo. Pero estas estadísticas quedaron desactualizadas tras el cataclismo, por lo que deben ser tomadas como un piso de lo que representará la deuda japonesa en los próximos trimestres.
Y plantea la duda entre los inversores de renta fija respecto de hasta cuándo el gobierno japonés podrá seguir pagando este endeudamiento récord y creciente.
De acuerdo con fuentes del gobierno citadas por el diario Sankei, el gobierno del primer ministro Naoto Kan estaría evaluando emitir muy pronto nueva deuda por valor de u$s 120.000 millones para financiar el costo de la reconstrucción en marcha.
El gobierno pediría al Banco de Japón (BoJ) que garantice la emisión de esta nueva deuda, como forma de dar seguridad a los mercados financieros de que el respaldo es efectivo. Pero si bien es casi seguro que se emitan más bonos para pagar la reconstrucción, nadie sabe cuánto financiamiento más hará falta hasta que no se sepa el costo definitivo del accidente de Fukushima.
De todas formas, la máxima autoridad monetaria ya avisó que iba a duplicar los montos de bonos adquiridos hasta ahora dentro de su programa de compra de activos de renta fija, además de duplicar la emisión de dinero para mantener la liquidez suficiente en la economía y evitar que los mercados financieros se derrumben.
Además, el BoJ implementó líneas de crédito especiales para los bancos japoneses por un total de u$s 256.000 millones, monto cinco veces mayor que cuando se aplicó la misma política tras la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008.
La ventaja con la que cuenta el organismo japonés frente a sus colegas de otros países es la deflación que afecta al país desde hace casi dos décadas, por lo que un incremento tan fuerte de la masa monetaria no tendría efectos inflacionarios. Por el contrario, podría lograr sacar a Japón de una vez por todas del estancamiento económico en el que se encuentra, utilizando el gasto público como motor.
Pero sigue en pie la duda respecto de hasta cuándo los inversores van a estar dispuestos a seguir confiando en la capacidad de pago de Japón.
El monto total que tendría que tomar prestado Japón en 2011 para renovar vencimientos y financiar tanto la reconstrucción como el déficit fiscal actual alcanzaría la friolera de u$s 2,8 billones, incluyendo la deuda con vencimientos de corto plazo. Suficiente como para que cualquier inversor en Occidente sienta sudores fríos inmediatamente. Pero no para que un japonés pierda la calma, porque el gobierno cuenta con la inestimable ventaja de que la mayor parte de su deuda está en poder de las familias y empresas japonesas, privilegio del que no gozan ni EE.UU. ni ningún país de la Unión Europea. Y frente a la actual situación de urgencia tras el cataclismo, muchos analistas creen que los japoneses van a invertir aún más en renta fija para ayudar a su gobierno a salir adelante.
Hay un espíritu de solidaridad y un sentimiento de pertenencia entre los japoneses que hace que el gobierno sea optimista respecto de este apoyo que ahora necesita para financiar la reconstrucción. Pero que cuesta entender desde Occidente, acostumbrados a vivir en sociedades mucho más individualistas, donde se tiende a pensar que la tarea que le espera al gobierno japonés es casi una misión imposible.




