Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar
Los hechos son ciertos y ocurrieron en una misma jornada, hace ya varios años. Los nombres han sido modificados. Un día en la vida de un cronista de Policiales, con muertos que mutan de lugar.
Una página con tinta roja

Puso la pava para unos mates, como todas las mañanas. Prendió la radio y buscó el teléfono para hacer el primer llamado del día a la policía.
Necesitaba un panorama de lo que había ocurrido hasta esa hora: las 8. Una hora ingrata después de haberse acostado a las 2.
Tenía una página en blanco, como todos los días. A las 22.30 debía estar llena de tinta. Y de la forma más correcta, prolija, profunda y completa posible.
La idea era que el diario estuviera en la calle temprano, para que se fuera a la casa debajo del brazo de los trabajadores más rezagados y se transformara en lectura en los cafetines de los prematuros noctámbulos.
Salvo que surgiera algún tema muy importante, ya tenía pensado meter cinco notas. Dividir la página en tres tercios. Los dos superiores casi idénticos, con el tema más fuerte en la cabeza. El último tercio, el inferior, dividido en tres. Dos notas de dos columnas y la última, chiquita, de una sola. Como para meter allí la cuestión menos grave.
Arrancó bien. Ya tenía un muerto. Javier le pasaba el dato del otro lado de la línea. Transforma las R en G y a veces costaba entenderle. La primera novedad del día: En la refinería de Repsol, a primera hora de la mañana, Ismael Bernardo Sacapietra, de 45 años, había muerto.
El tipo había querido ajustar una válvula de vapor y se le había ido la mano. La válvula voló y le arrancó la cabeza. Además una nube de aire caliente le produjo quemaduras terribles. Murió en el acto.
Ya tenía la posible cabeza de la página. El hecho era sangriento, extraño y, además, había ocurrido en una empresa importante. Seguro vendría una investigación penal y un juicio civil de mucha plata.
Anotó todo y cortó. Acompañó los mates con un par de bizcochos de grasa que habían quedado del sábado a la tarde.
En eso escuchó que el conductor del programa de radio le daba entrada a un móvil. Ya el tono de voz de la periodista que estaba en exteriores, tenso y acelerado, lo puso en alerta.
El despacho era desde el cruce de las rutas 7 y 40, en el kilómetro 1017. Había un chico con guardapolvo tirado en la banquina. De fondo se escuchaban gritos y sirenas. Al pibe lo había atropellado un auto y el conductor había escapado.
La periodista dio algunos datos. Era Juan Manuel García, de 7 años. Estaba muerto. Iba para la escuela. Estaba esperando el colectivo, junto con otros compañeritos, y un Peugeot 504 le pasó por encima. Murió en el acto. Los chicos que estaban con él decían que el auto era azul o negro.
Ya tenía dos notas. Sólo debía confirmar todo y ampliar la información.
Por la edad y las características del caso iba a mandar la noticia del pibe a cabeza y dejar la de Sacapietra, el tipo de Repsol, como segunda nota. Seguro que no habría problemas en tener las fotos.
Se dio un baño, se vistió, metió la libreta con sus apuntes en la mochilita y salió para el diario.
La mañana estaba linda. Debía de hacer como unos 18 grados. La gente caminaba ágil pero sin acelere.
Cuando llegó a la redacción ojeó los diarios, abrió el correo electrónico y las páginas de internet.
Después hizo varios llamados y repitió la comunicación con Javier. Tenía otro dato. Dos autos habían chocado de frente en la Panamericana. Había una mujer muerta, dos nenes de 2 y 4 años muy graves y tres adultos que también pedían pista. El choque había sido al mediodía, entre un Fiat Europa y una Fiorino. En el auto viajaba un matrimonio con sus dos hijos. En la camioneta iban dos hombres.
Su mente volvió a imaginar la página. Tenía que cambiarla. La nota del pibe muerto seguía siendo lo más fuerte. Dejó eso como cabeza. En el segundo tercio tenía que ir el accidente de la familia. A pie de página, en vez de hacer tres notas, mejor hacía dos: una de tres columnas, en donde mandaba a Sacapietra, el tipo de la refinería. En la chiquita, de una columna, podía poner alguna zoncera.
Pidió que le diagramaran la página y salió a buscar esas historias. Tardó como 3 horas en volver. Se puso a escribir. Ya tenía las fotos. Eran buenas. En todas se veían los cuerpos. En la del chiquito del guardapolvo, a unos 5 metros de él, se veía a tres mujeres en cuclillas, llorando a moco tendido. Era un fotón. En las fotos de Sacapietra y la mujer muerta del choque los cuerpos estaban tapados con unos diarios.
Venía bien. A las 20 tenía casi todo ordenado. Sólo falta la nota chiquita. No se preocupó porque ahí podía poner un juicio, medio pavo, que tenía guardado del día anterior.
A las 20.15 saltó algo más. Parecía importante. Había un asalto, con una posible toma de rehenes.
Era en la calle Chiclana, de Villa del Parque. Dos chorros habían entrado a asaltar una carnicería. La policía los vio cuando salían. Uno escapó corriendo y otro se metió en una casa. Los uniformados rodearon la casa y el loco estaba adentro, atrincherado. Decía que tenía a una nena de 12 años de rehén.
Fue hasta ahí. Había milicos como para hacer dulce. El quilombo duró como unos 50 minutos y necesitó otros 40 para confirmar los datos.
El chorro que se había metido en la casa se había suicidado (eso dijo la policía) con un balazo en la sien. Al otro lo agarraron a las pocas cuadras.
Bueno. A cambiar todo. Esa era la noticia del día. Tiene varios condimentos jugosos. Un asalto. Una fuga. Una rehén de 12 años, una muerte. También había buenas fotos.
Mientras volvía a la redacción decidió mandar la nota del ladrón suicidado arriba, en el tercio superior. Como segunda nota puso al pibe de 7 años. En la nota más grande, del pie de página, tenía que ir la esposa muerta, con sus hijos y los tipos heridos. En la nota chiquita, de una columna, mandaba al Sacapietra ese, el de la refinería. ¡Pobre Sacapietra! Terminaba chiquito, casi cayéndose de la página.
Listo. A las 22.15 entregó todo. La página estaba filmada a las 22.30 y se fue al taller. Salió de la redacción a las 23, rumbo a su casa.
Se tomó el colectivo como a las 23.30. Estaba un poco cansado, aunque no había sido un día demasiado complicado.
Consiguió un asiento. Apenas se acomodó se sintió malhumorado, bajoneado.
“Mañana, a primera hora, tengo que ir a hablar con la maestra de la nena por la organización de un acto de no me acuerdo qué cosa”, pensó. “Que los hijos de uno tengan 7 años a veces es un problema. A las maestras siempre se les ocurre disfrazarlos de indios, de San Martín o de mariposas”.
Pensó en que al día siguiente le esperaba otra página en blanco. Siempre le pasaba lo mismo: “Me pregunto si tendré con qué llenarla”, pensaba.
“Bueno, en el peor de los casos siempre aparece algo que te ayuda a salvar el día. Como hoy, con este tipo de la refinería, el tal Saca..., ¿cómo era que se llamaba?”.