Ariel RobertCoordinador general de contenidos editoriales de UNO Medios
Jerry Siegel, el creador de Superman, no conoció la trayectoria de Mariano Moreno ni los acontecimientos nacidos en la Revolución de Mayo. Pero podemos intuir que la ciencia ficción de los comics y la historia, de manera caprichosa, casual, azarosa o forzada, pueden encontrarse y confundirse. Superman, sin sus atuendos, era un tímido cronista; Mariano Moreno, un apasionado emancipador y un sólido intelectual. Ambos son periodistas. Los dos, movidos por un interés común. Mariano Moreno y también el personaje de traje azul querían modificar la realidad y hacer más “vivible” el territorio. Obviamente, de maneras muy, pero muy distintas. Uno, un prócer verdadero cuyo fuego no pudo apagar toda el agua del océano ni todo el viento disparado por la pléyade de enemigos; el otro, un héroe imaginario, ícono de la heroicidad del modelo capitalista, pero extraterrestre, inasible e inexistente en términos de piel.
En Argentina podríamos decir que cumplimos 202 años de periodismo independiente. ¿Es verdad? ¿La Gazeta de Buenos Aires inicia nuestro periodismo vernáculo? ¿Era independiente? ¿Independiente de quién, de quiénes? Empezó la discusión. Y hay centenares de matices, pero sólo tres posiciones definitivas: a favor, sin decisión, en contra.
Hoy los enfrentamientos más vehementes alrededor de este oficio (para algunos, profesión) obedecen a las preguntas: ¿cuál es el rol del periodista? ¿Debe tomar posición, partido? ¿Es legítimo defender con énfasis al oficialismo y destacar los desaciertos de quienes se oponen? ¿Hay un interés abstruso de los periodistas que trabajan para medios de capital privado? ¿Es perverso reclamar justicia social, ecuanimidad y ganar mucho dinero pronunciándose de esa manera? ¿Existe el periodismo impoluto y objetivo? ¿Es posible ser objetivos, aunque seamos sujetos de ideologías, pasiones...?
Como se ve –es tautológico– el aporte más importante que suele hacer el periodismo no es dar tantas respuestas, sino convidar preguntas. Preguntas que incentiven respuestas que le sean de utilidad al lector, al oyente, al televidente. Preguntas que exijan respuestas certeras. Preguntas que obliguen al interlocutor a desnudarse. Preguntas que incomoden. Preguntas que ayuden a fomentar ideas. Preguntas que completen datos y así podamos cerrar historias que nos duelen. Preguntas que queden danzando en la mente del otro, capaces de promover una reflexión infinita. Preguntas incisivas que lastimen la corrupción. Preguntas proyectivas que nos ayuden para avisorar un futuro distinto. Pero con preguntar no alcanza.
Y cuando preguntamos sin querer conocer la respuesta, es confundir los roles, es considerar más trascendente la interpretación individual que la consecuencia general. Si acaso sólo “queremos preguntar”, es porque no consideramos la respuesta. Cuando esto ocurre, hay que cambiar de oficio. Cambiaron las tecnologías, los soportes y se multiplicaron por miles los medios. También cambió la manera de informarse. Se transformó la avidez del público. Cada día hay más lectores (no es un error, es una estadística) y menos exigencia (no es un dato científico, es sólo una observación). Hay más urgencia y menos profundidad. Por lo cual, no hay ningún cambio de paradigma: sobreviven y crecen los medios que saben interpretar a la comunidad en que se desarrollan. Consiguen suculentos contratos, en medios dominados por el Estado, por capitales privados y/o por ellos mismos, aquellos periodistas creíbles, confiables y entretenidos.
Tal vez el papel de fisgón, de curioso empedernido, de voyeur no se condice con la vanidad que suele acompañarnos. Seguramente no es para eso que se estudia arduamente y se trabaja con tanto empeño. Pero si el periodista no cuenta con la indispensable vocación de fisgón, de curioso obsesivo y de indiscreto voyeur, y a la vez, no compra espejos fidedignos, estará cada vez más lejos de Mariano Moreno y aquellos que ya se sienten Superman pronto se darán cuenta de que tienen el traje prestado.


