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Recorrer cada uno de los rincones de la morgue puede revelar tanto como esos cadáveres analizados con ojo clínico. Un retrato de los que conviven con la muerte.

Un día con la parca

Rosana Villegasrvillegas@diariouno.net.ar

Antes de atravesar esa pesada puerta, cualquiera puede presumir que del otro lado se encuentra el invierno mortal, ese helado ambiente de cámara frigorífica que atenta con matar todo lo que no haya llegado ya sin vida. El mismo que colabora con mantener la frialdad de quienes hayan perdido –por sí mismos o a causa de un ataque violento– aquel calor que los hacía sentir vivos.

El prejuicio es que, apenas se atraviese ese umbral, a uno lo invadirá el característico olor a formol que se percibe, por ejemplo, en la morgue de una facultad de medicina. Esa que algunos visitamos sólo por curiosidad en la época de estudiantes. Sin embargo, ese mito es el que primero se derriba. El primer golpe que se acusa al cruzar la puerta de la Morgue Judicial es un fuerte olor, invasivo, que parece filtrarse por cada poro del cuerpo, por cada célula, por cada hilo de la ropa. Algo muy parecido a la putrefacción.

“Es un olor único, no se puede definir. ¿Cómo se puede describir el olor a muerto? Para algunos será una mezcla entre olor a flores y a velas, como en los sepelios, pero eso es muy personal. Es lo que cada uno identifica como el olor de la muerte. Yo podría decir que es una mezcla de olores que a esta altura uno naturaliza”, intenta desmenuzar el ayudante de médico que es el encargado de recibir los cuerpos para luego desvestirlos y acondicionarlos. Deben quedar listos para realizarle la autopsia que, sin saberlo, han ido a buscar.

Hasta ese momento sólo hay presunciones de las causas que pudieron provocarle la muerte. De esa minuciosa pericia se podrá establecer fehacientemente qué fue lo que lo mató y quizás esa respuesta incrimine a alguien o libere a otros.

El camino de las morguerasEl auto ingresa al parque General San Martín, gira por la calle Lencinas y antes de llegar a la Dirección Provincial de Vialidad arriba al lúgubre edificio. Ése es el camino que hacen a diario las morgueras. Por el lugar donde entran los cadáveres, el fotógrafo y yo –estando vivos aún– nos decidimos a realizar el mismo trayecto. El edificio tiene el diseño de aquellas antiguas construcciones de techos altos y levantadas con ladrillos pequeños, de esos que ya no se fabrican. Esos que quizás involuntariamente colaboran con el contexto ominoso.

Como en todo organismo público, lo primero es registrar ese cuerpo que llega completamente desnudo y frío. Por tanto, es necesario identificarlo con su nombre y el número de documento que en vida certificó su identidad, y aventurar una posible causa de muerte. El resto lo hará la autopsia, esa última intervención que sufrirá el cadáver antes de ser ceniza o polvo.

La autopsiaCuando ingresa ese cadáver, que junto a su desnudez trae consigo un expediente emitido por la oficina fiscal en donde se registró su deceso, se convierte en un número de legajo protocolar. Si murió en completa soledad y nadie se presentó a reclamarlo, y no se ha podido identificar, se detallan sus características físicas y las lesiones que se hayan constatado. A eso se le suma una fotografía del estado en que arriba a la morgue y una muestra dactiloscópica que debió realizarle previamente un perito de Policía Científica. A ese legajo se le coloca un precinto plástico –inviolable– que sirve para asegurar que esa información no podrá ser modificada por ninguno de los profesionales que de ahora en más tendrán contacto con ese cadáver.

“El año pasado llegamos a hacer más de 1.000 autopsias, lo que da un promedio de casi tres de esas intervenciones a diario. Aunque hubo días terribles en que nos llegaron muchos cadáveres todos juntos, como en el caso de la tragedia del cuádruple crimen de Las Heras, cuando ingresaron los cuatro cuerpos en pocas horas. A eso se le debe sumar que durante el año pasado se realizaron más de 14.000 peritajes, porque nuestros profesionales son quienes también se encargan de las pericias psiquiátricas de algunos detenidos y de las revisaciones en el caso de violaciones, por el ejemplo”. Quien recuerda esto es Gerardo Mazziotti, jefe del Cuerpo Médico Forense, quien tiene a cargo el funcionamiento de la Morgue Judicial.

Esa pericia, en la que intervienen ayudantes, médicos y profesionales de distintos laboratorios –se realizan análisis de dosaje de alcohol y anatomopatológicos, entre otros– se convierte casi en una sentencia.

Sus conclusiones terminan siendo algo así como un veredicto en el que se justifican científicamente las causas de muerte del cuerpo que se recibió. Y esas pericias pueden encarcelar a algún detenido o quizás sirvan para liberar a un sospechoso. A partir de esas conclusiones se puede establecer si tuvo o no participación en lo que pudo ser un homicidio.

En los 30 años que acumula cumpliendo distintas funciones en el Forense –comenzó siendo estudiante, se recibió de médico, se especializó, fue supervisor y hoy es el jefe del cuerpo– a Mazziotti le sobran anécdotas. “Nos han llegado cadáveres que presumiblemente habían muerto por una causa y acá se devela otra cosa muy distinta. Hubo un caso en que llegó un joven que supuestamente había fallecido en un accidente de tránsito y en la autopsia apareció que tenía un disparo en la nuca, por lo que se confirmó que había fallecido antes de chocar. Eso disparó otra línea de investigación muy diferente a la que se venía desarrollando. La tarea del forense tiene ese costado social, que a su vez supone una importante colaboración con la Justicia”, se anima a destacar el profesional, sin dar nombres que puedan identificar a la víctima y muchos menos a quienes implicó esa pericia.

Del otro lado de la puerta principal está la sala en la que los profesionales se inmunizan con uniformes y guantes descartables, que los protegerán de posibles contagios a los que se exponen al tomar contacto con el muerto.

De allí se abre un pasillo con una puerta de vidrio que da justo a la sala de tránsito de los cadáveres, en donde las morgueras han depositado dos cuerpos que parecen ansiosos por contarles a esos médicos cómo fue su paso de la vida a la muerte. Desde ese lugar se puede ver medio cuerpo del cadáver de un hombre desnudo cuya blancura –que roza con la transparencia– confirma desde ya su mortandad. A su lado se ven los pies delgadísimos de otro hombre, más anciano, que también espera su turno.

En ese momento, el odiado morbo –criticado tantas veces y que se actualiza en los centenares de curiosos que a diario se acercan a un auto siniestrado sólo para ver el estado en que quedó el conductor muerto– parece invadir el cuerpo y gana la batalla. Ese impulso absolutamente humano lleva a acercarse al vidrio de la morgue para mirar los rostros de los dos muertos. No porque se vaya a reconocer a ninguno de ellos, sino para confirmar la creatividad de las máscaras que la parca usa y crea continuamente a su antojo.

El más joven de ellos sólo pudo sobrevivir 15 días en la sala de un hospital público a un accidente de tránsito, pero las lesiones que recibió terminaron por servirle de boleto hacia la morgue. Su semblante es como el de quien descansa; se le notan algunas lesiones, pero parece que dejó de sufrir y que eso le sienta mejor que el estado anterior.

El anciano, en cambio, tiene el gesto adusto, con distintas marcas de dolor. Como si el ceño fruncido hablara del último sufrimiento, de la impotencia de no poder calmarlo, de la lucha que le presentó a esa enfermedad que finalmente lo venció. Él llegó en una ambulancia cuyo conductor contó al ingreso que había muerto sin recibir asistencia médica. Aparentemente falleció estando solo, quizás pidiendo ayuda, pero la soledad le jugó una mala pasada y no hubo nadie que oyera sus súplicas. De a poco su grito se acalló.

Esta ardua tarea de examinar un cuerpo para poder explicar qué fue lo que le provocó la muerte se ha ido perfeccionando. Y lo ha hecho casi a la par del avance de algunas armas o de otros elementos mortales.

En consecuencia, hoy los tiempos en que se realiza una autopsia se han acortado notablemente desde la incorporación de tecnología de avanzada. Esto hace que esta compleja pericia suponga un trabajo que va de las tres a las seis horas para poder concluirla, dependiendo de la complejidad que suponga.

Orgulloso de tener bajo su ala uno de los forenses más destacados de la región, que además incluirá en los próximos meses el ansiado laboratorio de ADN, Gerardo Mazziotti no escatima elogios al resaltar el avance tecnológico que se ha ido incorporando.

“Antes no contábamos con un equipo de rayos X –rememora–. Por ejemplo, si llegaba una persona baleada, debíamos buscar el proyectil a ojo, tratando de establecer el trayecto de la bala. Ahora tenemos un equipo de radiología y otro de radioscopia, por lo que prácticamente escaneamos el cuerpo y en el momento detectamos si hay algún cuerpo extraño en el interior. Puede ser un proyectil o algún otro elemento que pudo provocar, por ejemplo, un ahogo que le ocasionó la muerte”.

Convivir con la parca Hugo San Martino es un médico de 45 años y de gran porte físico, cuya altura supera largamente el metro ochenta. Parece tener la fortaleza para soportar cualquier embestida y es lo que se dice un hombre experimentado; de hecho, contabiliza ya 18 años realizando autopsias en esta morgue.

Ha visto todo tipo de cadáveres y lesiones. Sin embargo, cuando se le pregunta cómo hace para sobreponerse a los embates que supone su profesión, se sincera y expresa esto: “Ayer nos tocó hacerle la autopsia a un bebé, y cuando lo tenés en esa cama de metal y estás a punto de empezar con el procedimiento te preguntás cómo puede ser que tengás que estar haciendo eso con un bebito. El sentimiento es algo parecido a la angustia, por eso lo primero es poner una distancia, que sirva de escudo y pueda protegerte del golpe que eso significa, porque de otra manera no podrías dedicarte a esto”.

La verdadera acción dentro de la morgue se concentra en la sala del medio. Allí se realizan concretamente las necropsias. Es media mañana de un miércoles y por esas camillas ya pasaron dos cuerpos y otros dos aguardan su turno. El día anterior, en una de esas camas de acero inoxidable estuvo el cadáver de Mikaela Tatti, la nena que falleció el pasado 9 tras agonizar tres días luego de recibir un balazo en el barrio La Gloria.

El ayudante médico se preocupa por dejar impecables esas camillas. De hecho, aún se notan en ellas restos de las burbujas que dejó a su paso el detergente con el que las lavó. Igualmente, en el ambiente no aparece el más mínimo rastro del olor de ese desengrasante; prima, sin dudas, ese que se parece a la putrefacción.

En la última sala se encuentran las 12 cámaras de refrigeración, de las cuales tres están ocupadas por los cadáveres que aún resta identificar o que nadie se ha presentado a reclamar. En la puerta de una de esas cámaras se lee que allí se guardan los restos de un bebé que fue abortado y habría sido encontrado en la calle.

Esos cuerpos aguardarán en las cámaras unos 15 días. Si en ese lapso ningún deudo los reclamó, y previo publicar los edictos que informan de su muerte, el encargado de inhumaciones y exhumaciones los sepultará en el Cementerio de Ciudad con autorización al Poder Judicial.

El tétrico paseo termina y al llegar a mi casa siento que no puedo continuar el día con ese olor a putrefacción que me impregna el olfato y la ropa. Un baño me quita el olor; las imágenes continuarán conmigo. 

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La morgue está abierta los 365 días del año, las 24 horas del día, y el personal tiene guardias rotativas porque a toda hora llegan muertos. Foto: Horacio Altamirano / Diario UNO
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En las 12 cámaras de la Morgue judicial se conservan aquellos cadáveres que nadie se presentó a reclamar. Luego de 15 días, si no hay pedidos, se los sepulta como “NN”.
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La autopsia, se podría decir, es la última palabra del muerto. Esa que es irrefutable y que, pese a que algunos se empeñan en ocultar, termina saliendo a la luz como una revelación.

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