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El paso del tiempo atenúa y distorsiona. Reconstruir uno de los asesinatos más crueles ocurridos en San Martín es todo un desafío. Por suerte, queda gente memoriosa y algunos de los testigos.

Un cadáver en la caja fuerte

Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar

El atardecer del lunes 13 de setiembre de 1993 las escribanas Clara Giménez y Norma Luján hablaban animadamente por teléfono. “Dame un segundo, ya vengo”, dijo Clara, y apoyó el tubo sobre el escritorio. Norma se quedó esperando del otro lado de la línea. Le pareció escuchar una conversación, las voces de su colega y la de un hombre joven que le decía “mamita”. Pasó un rato, posiblemente más de 5 minutos, y decidió colgar. “Clara ya me volverá a llamar”, pensó. Pero nunca lo hizo. La escribana Giménez, quien había sido durante mucho tiempo la encargada del Registro Civil, no volvería a hablar nunca más ni con ella ni con nadie.

La tarde del martes 14, cargando su caja de herramientas, el cerrajero Pedro el Palo Ferrando entró a la escribanía Giménez del paseo Echesortu y Casas, en el centro de San Martín. Con el venían un par de policías. El teléfono todavía estaba descolgado y el ambiente del estudio estaba enrarecido. Una estufa a gas encendida había mantenido caliente el lugar y había consumido el oxigeno. La sexagenaria y solterona escribana ya llevaba 24 horas desaparecida. “Uno de los policías colgó el teléfono y apagó la estufa. Yo no dije nada, pero pensé: Ahí desaparecieron las primeras pistas”, cuenta el cerrajero, 19 años después.

Había una orden del juez de Instrucción Mauricio Mathon de buscar el protocolo de la escribanía. Allí podía haber algún dato de qué había hecho Clara el día anterior y dónde podía estar ella o su cadáver.

“Había una caja fuerte en la escribanía. Alta, como de 1,80. Estaba detrás de una puerta falsa. Me ordenaron abrirla”, recuerda el Palo Ferrero, habituado a participar en allanamientos.

Fueron 20 minutos de trabajo con un taladro. Cuando los pasadores se descorrieron la puerta de hierro se abrió sola, unos 10 centímetros. “Ahí me dí cuenta que algo había adentro porque estas puertas nunca se mueven solas aunque estén sin pasadores. Entonces, sin tocar nada, alumbré con una linterna hacia adentro de la caja. Le dije al policía que estaba atrás mío: ¡Acá está! Él me dijo: ¡No me jodas!”. En las últimas 24 horas se habían hecho decenas de rastrillajes en toda la zona y no podía ser que la escribana hubiera estado siempre tan cerca.

“Estaba ahí, sentadita en posición fetal. Con las piernas recogidas, la cabeza apoyada en las rodillas y los brazos hacia adelante”.

La memoria es extraña y los recuerdos colectivos son más extraños aún. Pese a que el caso fue resuelto, 19 años después muchos vecinos de la zona lo sazonan con condimentos muy distintos a los que realmente tuvo. Hablan de un amante joven y cruel experto en artes marciales que mató a la sexagenaria y solterona escribana por despecho y por codicia. Dicen que con golpes certeros de karate el cadáver fue quebrado en partes y metido dentro de la caja fuerte. No fue así. La pericia del médico forense Osvaldo Sprazzatto estableció que el cadáver presentaba “golpes de puño o puntapiés’’ que no produjeron fracturas y que la muerte había sido producida por “estrangulamiento con la cadena de fantasía que usaba la víctima y, posiblemente, una toalla, chal o bufanda”.

La investigación del caso estuvo estancada durante varios meses y durante ese tiempo los policías cargaron sus sospechas contra personas equivocadas, como fue el caso de Sabino Ortiz, sobrino de Clara Giménez.

Pero el 17 de enero de 1994, cuatro meses después del crimen, la policía detuvo a Omar Enrique Peña Betancurt, un residente chileno de 23 años. Era un descuidista, un ratero, al que se le adjudicaban varios delitos menores. Mientras se lo interrogaba por estos hurtos, Peña rompió en llanto y pidió hablar con el juez. “Cuando se sentó adelante mío se puso a llorar desconsoladamente y me dijo que su conciencia no lo dejaba vivir”, recuerda el doctor Armando Martínez, quien era en ese verano el juez de feria. “Al día siguiente salió en el diario: “Cayó el asesino de la escribana Giménez” con una foto mía en la que casi no se podía leer el epígrafe. A partir de ese día no dejo que me saquen fotos”, dice el magistrado.

Omar Peña contó que por ese tiempo sabía lavar los autos, y hacerle mandados a los comerciantes y profesionales que trabajaban en el paseo céntrico. Que aprovechaba algún descuido para hurtar algo. Que esa noche del lunes 13 de setiembre, como a las 20.30, entró al estudio de la escribana. Que Clara Giménez estaba hablando por teléfono y no lo vio. Que aprovechó para ir hasta la caja fuerte, que estaba abierta. Que agarró la poca plata que había. Que hizo ruido. Entonces la escribana dejó el teléfono y lo descubrió. Que él le pidió que se quedara callada y que lo dejara irse. Que cuando estaba llegando la puerta de salida Clara gritó. Que la mató.

El 11 de noviembre de 1995 Omar Enrique Peña Betancurt fue condenado a prisión perpetua. Hoy todavía cumple con su condena y dicen que estudia Derecho. El juez Armando Martínez es camarista. Alguno de los policías que detuvo a Peña tuvo después una dudosa participación en el caso Bolognezi y hoy se desconoce paradero.

Palo Ferrero sigue abriendo cerraduras, vendiendo candados, hace copias de llaves y guarda recortes de diarios.

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