Pablo Betancourt y Luciano Badino son dos de los mendocinos que escalaron el pico más alto del mundo en mayo. Ambos narraron su experiencia y sus sensaciones durante la travesía.

Subieron el Everest para entregar un mensaje de solidaridad al mundo

Por UNO

Por Cecilia Amadeo

Con la piel todavía ajada por la crudeza del clima y algunos kilos de menos, pero con las alforjas rebosantes de paisajes y vivencias, Pablo Betancourt (36) y Luciano Badino (35), dos de los mendocinos que hicieron cumbre el 25 de mayo en el Everest, el pico más alto del mundo, no pueden definir en una sola palabra su experiencia.

Si bien cada uno de ellos tocó el techo del mundo por motivos diferentes, la solidaridad fue el aglutinante de la expedición.

Trabajo versus reto deportivo

Betancourt viajó a la otra punta del mapa de la mano del actor Facundo Arana. El ignoto y el famoso, entrañables amigos entre sí, más el también mendocino Fernando Grajales (ausente de esta nota por tener otros compromisos) grabarían para Telefé un documental, el primero poniendo su carisma al frente de una campaña solidaria para difundir la donación voluntaria de sangre y el segundo aportando sus conocimientos como camarógrafo.

“Fue una expedición muy planificada y cuidada. Contratamos a una empresa que hace logística y nos brindó guías que nos llevaron a la cumbre”, explica Betancourt.

Se trata de los hermanos Willie y Damián Benegas, también habitués del Aconcagua, con lo cual la expedición era casi 100% argentina (los acompañaba una inglesa y algunos sherpas, pobladores de la zona montañosa de Nepal que viven de la montaña).

Los Benegas bromeaban muchas veces con Badino y su “hermano de cumbre” Tomás Ceppi con alguna vez conquistar todos juntos el Lhotse, un cerro cercano al Everest conocido por ser la cuarta montaña más alta del mundo.

Badino y Ceppi, guías de montaña en el techo de América, fantaseaban con “hacer un 8 mil”, es decir conquistar la cumbre de algún cerro que superara los 8 mil metros de altitud. Sin embargo, el dinero –una expedición al Himalaya cuesta por lo menos unos U$S 15.000– era el único freno. Hasta ahora.

“Nuestro viaje fue más vertiginoso. Hasta 10 días antes de salir no sabíamos si viajábamos. Nuestro planteo era deportivo: encarar el Lhotse sin oxígeno porque, por nuestras condiciones y nuestro entrenamiento, eso era posible. Fuimos juntando los ahorros y nos ayudó mucho la misión de Tomás”, dice Badino.

Es que su compañero fue operado hace dos años de cáncer de tiroides y estaba dispuesto a llevar a la cumbre del cerro una bandera de Actira, la asociación de pacientes de cáncer de tiroides de la República Argentina, como agradecimiento por el acompañamiento recibido. Esto les permitió conseguir “aliados y amigos” que aportaron su granito de arena para que la expedición pudiera concretarse.

“El cerro no regala nada”

Así, las dos expediciones tuvieron un punto de contacto: difundir un mensaje.

Ya de vuelta en Mendoza, la entrevista con UNO pasa por los soportes, la familia, la distancia, la soledad de la montaña. “El cerro no te regala nada”, dicen los dos, pero en el fondo saben que ganaron.

“Vuelvo enriquecido desde todo punto de vista. Hice amigos para toda la vida, fortalecí mi relación con Facundo, conocí esos cerros siendo amante de la montaña, crecí a nivel profesional. La experiencia es inspiradora”, dice Betancourt.

Y Badino agrega: “Es como ir a La Meca: es posible. Uno sabe de las hazañas de los ‘70 y los ‘80 y 30 años después es lo mismo. Estás vos con tus pulmones. Sólo hay que ser prolijos. Y vi que la solidaridad también se da en estas acciones”.