Un cadáver, una riña entre compañeros y un sospechoso hicieron creer al juez que el caso estaba resuelto. Pero el muerto no estaba tan muerto. Otra entrega de Crónicas Insólitas de Mendoza. Por Enrique Pfaab.

No estaba muerto...

Por UNO

Por Enrique Pfaab

Hay pocos hechos irrefutables. La muerte es uno de ellos. Sin embargo, en estos tiempos que corren conviene dudar de todo. Si no, pregúntele usted a un experimentado juez de la zona Este que se las vio negras por confiarse demasiado.

Pasó hace un manojo de años. El caso parecía ser un homicidio simple de resolver. Había un muerto, un sospechoso y un motivo para el desenlace fatal, corroborado por varios testigos que habían visto y oído unas horas antes cómo los dos caballeros habían discutido por dinero.

La investigación había comenzado cuando la policía constató que, tal como lo había contado un denunciante telefónico, el cadáver de un hombre estaba semioculto entre las hileras de una finca con varias puñaladas en el pecho.

Los uniformados interrogaron al encargado del lugar y con su relato dejaron asentado que el difunto parecía ser un cosechador de origen norteño, integrante de una cuadrilla que había pasado por esa finca hacía unos días.

Unos diez hombres habían cosechado y habían partido hacia algún siguiente cultivo. Dijo el encargado que los obreros habían acampado allí mismo durante los días que trabajaron y que la noche en que el dueño del lugar les pagó habían armado una modesta fiesta. Qué él y su familia habían visto la pelea entre dos cosechadores, un muchacho joven y uno de unos 40 años, quienes se habían trenzado por algún faltante de dinero en sus morrales. Que se habían insultado, se habían empujado, pero que la cosa no había pasado a mayores por intervención del resto. Que el cadáver era el del cuarentón, según la ropa que tenía puesta. Recordaba que se llamaba Saldaña, aunque no sabía si su nombre de pila era Oscar o Ramón.

Los de la Científica revisaron el cuerpo y el lugar, y después cargaron el cadáver y lo llevaron a la morgue. En tanto, los policías del destacamento anotaron en un cuadernito la descripción del joven que había discutido con el muerto y partieron.

Al primer lugar al que se dirigieron fue a un almacén cercano que era utilizado normalmente por los cosechadores para hacer las compras esenciales.

Allí, sentado a la sombra de un carolino y junto a sus bagayos, había un joven moreno que parecía responder perfectamente a la descripción del sospechoso. “Escúcheme, ¿usted conoce a un tal Saldaña?”, le preguntó uno de los milicos.

“Sí, señor. Trabajamos juntos en una finca de acá cerquita. Se debe de haber ido con el resto del grupo a cosechar a otro lado. Yo me abrí porque discutí con él porque se me quedó con una plata”.

Sin más trámite, los policías cargaron al muchacho en el patrullero, lo llevaron hasta el destacamento y lo metieron en el único y estrecho calabozo.

A la mañana siguiente, el juez de turno hizo que llevaran al joven y lo indagó. El imputado dijo que después de discutir con su compañero de cosecha se había ido a dormir y que a la mañana siguiente, bien temprano, se había separado del grupo “para no tener más problemas”. Que no sabía nada de un muerto y menos todavía de que él hubiera matado a alguien.

El chico quedó preso y a los dos días lo mandaron a la penitenciaría. De acuerdo con las pericias, el cuchillo tramontina que el acusado tenía entre sus pertenencias podía ser perfectamente el arma homicida.

Pasaron los días. A la semana, algún familiar del detenido le mandó desde Bolivia algo de dinero. Con eso, el chico decidió contratar un abogado de San Martín.

Durante la semana siguiente, el letrado habló con el juez, con los policías y revisó varias veces el expediente. Para el sistema penal, los pobres, a diferencia de los pudientes, deben comprobar su inocencia. Por eso, el abogado se quedó rápidamente sin herramientas defensivas. Más por vocación que por conveniencia, el profesional decidió que lo único que podía beneficiar a su modesto cliente era encontrar a algunos de sus compañeros de trabajo que pudieran testificar a su favor.

Durante las tres semanas siguientes, el abogado recorrió fincas y más fincas, entrevistando a cientos de cosechadores. Nadie había trabajado con Saldaña y con el muchacho detenido.

Ya estaba por darse por vencido cuando una tarde, allá por Nueva California, el abogado pegó por centésima vez el grito: “¿Alguno de ustedes conoce a Oscar Saldaña?”, entre parrales e hileras.

Todos lo miraron y de allá lejos, como de 50 metros, comenzó a acercarse un hombre cansado, sucio de mosto y de poco más de 40 años.

A la mañana siguiente, el abogado y el cosechador se presentaron en el despacho del juez. “Su Señoría, ¿sabe quién es el señor que me acompaña?”, dijo el letrado. “¡Oscar Saldaña!”, le anunció, triunfante.

El magistrado no quiso creer que un muerto pudiera gozar de tan buena salud y los días siguientes hizo comparecer en su juzgado a toda la cuadrilla en la que trabajaba el saludable difunto, al encargado de la finca en donde había sido hallado el cadáver y “a todo aquel que pueda confirmar la identidad de este señor”.

El muchacho salió de la penitenciaría una semana después. Regresó a su tierra natal y juró no volver nunca. Saldaña completó la vendimia y también partió. El cadáver fue enterrado un mes más tarde en un cementerio de la zona y en la cruz de madera se labró: “NN”. En tanto, al juez le quedó sobre su escritorio una causa de homicidio sin sospechoso y sin móvil y una inolvidable experiencia.