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Al palmirense Cristian Soloa, de 24 años, no lo mareó la fama de ganar Operación Triunfo ni lo derrotó el aparente olvido. Fe y talento son la base de una carrera "a pico y pala".

La vida después de un reality

Por Enrique Pfaab

“Sí, hubo momentos de arroz amarillo y fideos blancos, de contar las moneditas”, dice el artista. Pero este muchacho de 24 años con rasgos de niño no habla de sus comienzos. Habla de lo que ocurrió después de que su cara fuera conocida por millones, después de que 10.000 personas se amontonaran en la calle para ver su regreso triunfal, después de consagrarse en la pantalla de la televisión nacional.

Este jueves se cumplirán tres años de aquel momento, cuando Cristian Soloa se transformó en el ganador de Operación Triunfo. Ahora reflexiona: “El programa nos dio un pico y después volvimos al llano y hubo que volver a sumar… de a poquito”.

Es martes. Las noches de la Cuarta Sección de Ciudad tienen siempre una penumbra triste, un aire de bohemia, de sueño inconcluso, de añoranza. Pese a que recién son las 21, en las veredas sólo hay algún peatón solitario, algún quiosco abierto. Nada más. En cambio, desde la enorme casona de ladrillos de Rioja y Corrientes sale algo de luz y en la puerta hay cinco chicas de unos 20 años esperando entrar. El cartel de la ochava anuncia: “Rey de Copas. Tapería”.

Esa construcción fue levantada hace casi un siglo por una familia acomodada. Allí, en su amplio salón principal, se vendían quesos. Abajo hay un sótano de iguales dimensiones que servía para estacionarlos y que se transformaran en exquisiteces. Hace 12 años que ese lugar se transformó en restó bar. Primero allí se cultivaban las costumbres flamencas. Después se pasó al tango y ahora, desde hace cuatro años y desde que el lugar es regenteado por Fabricio Gagliardi, se sirven tapas, con show en vivo. “Abrimos de miércoles a sábado y el cliente sólo paga su consumición. Hoy martes es un día especial y sólo estamos trabajando porque soy amigo de Cristian”, dice el dueño.

El lugar es cálido, agradable. Hay un escenario mínimo, mesas de madera; sobre ellas, carteles con los nombres de quienes las han reservado y 102 sillas que serán ocupadas en los próximos 30 minutos.

Los clientes llegan y se saludan entre ellos con un beso en cada mejilla. Es evidente que se conocen y que vienen de Palmira, uno de los pocos lugares en donde todavía se da ese saludo subrayado. El pueblo/ciudad en donde ha nacido Cristian Soloa.

“Lo de hoy es una especie de brindis entre la gente más cercana a Cristian: su familia, sus amigos, sus vecinos y su grupo de fans”, cuenta Federico Rosales (31), el productor, manager y tecladista del ex Operación Triunfo.

Hoy es tiempo de festejo. De desahogo.

En 1932, Humberto Correa escribía la letra del tango Mi vieja viola y allí decía con acierto: “La fama es puro cuento”, y agregaba con más razón aún: “Y andando mal y sin vento todo, todo se acabó”. Aquellos artistas que de un momento a otro pasan de ser perfectos ignotos a personas reconocidas por millones deberían tener los versos de Correa pegados en la cabecera de su cama. Tarde o temprano pagarán el precio de ese surgimiento meteórico, casi antinatural. La mayoría de ellos saltan de la nada a la cúspide y en poco tiempo vuelven a caer a la nada, y quienes los aclamaron en ese momento efímero después los califican cruelmente como fracasados.

Cristian Soloa adquirió pocas mañas de estrella. Una de esas pocas es hacerse esperar. Hoy su presentación está anunciada a las 21.30 y recién llegará una hora y media más tarde. Pero ese tiempo sirve para que su productor repase los tres años pos-reality.

“Cristian tenía un contrato de dos años con Telefé, Endemol y Warner Music, que incluía tres producciones discográficas, marketing, giras de prensa, distribución, televisión... A los cuatro meses cambiaron los gerentes de Telefé, llegó la gripe A y todo quedó frenado. Los ganadores anteriores habían tenido su gira, pero Cristian no la tuvo. Pese a ello vendió 20 mil discos y otros 20 mil en una edición especial, y fue disco de oro dos veces”, relata su representante.

“Los que generan los realities piensan que los chicos van a ser gerentes de marketing, empresarios... que van a poder armar su logística. Pero los pibes sólo están ahí para cantar. Es lo único que saben hacer. Por suerte, Cristian fue siempre muy ordenado en su vida y no se farreó la plata”, subraya.

Soloa habla constantemente de Dios. Se reconoce un practicante “evangélico, cristiano”. Irónicamente quizá haya sido su creador quien lo hizo pasar por una especie de “siete plagas”, después de la fama repentina.

Al cambio de política del canal se le sumó la aparición de la gripe A, que obligó a no realizar eventos con gran concentración de personas.

Después, Warner no realizó los otros dos discos prometidos y eso determinó la ruptura del contrato. Luego vino el festival de Viña del Mar, en donde Cristian representaba a la Argentina con El día que me quieras. Era el favorito. Parecía que se convertiría nuevamente en el gran triunfador. Pero su gran noche nunca llegó. El devastador terremoto que sacudió a Chile la madrugada del 27 de febrero de 2010 dejó trunca esa velada soñada.

Nada iba a ser fácil.

Son las 22.40 y finalmente llega el cantante. Entra a la casona por la puerta de servicio y se sube directamente al mínimo escenario, en el que sólo caben Cristian, el baterista Emanuel Romero y Enzo Flores con su guitarra eléctrica. Abajo se tienen que ubicar Federico Rosales con el teclado y Aarón Olivera con la guitarra acústica. Empieza directo, sin vueltas. El segundo tema es el corte con el que se promociona y le da nombre a su nuevo trabajo, ese disco esperado durante más de dos años: Cerca de mí. “¡Esperemos que ahora nos den bolilla, che!”, le dice Soloa al público, que hoy es vecino y familiar. Desde la primera mesa, y con sus 3 años, lo mira su hija Briana.

A este muchacho que comenzó a cantar desde niño no lo ha mareado la acelerada fama y tampoco lo ha desesperado el abismo del aparente olvido. Quizá sea porque es un hombre de fe, un empecinado, un joven que con 24 años ha sabido ser ordenado, metódico y previsor.

En un intervalo del show aprovecha para contar: “Mi trabajo ha sido a pico y pala. Antes me miraba como un artista y ahora aprendí a verme como un producto. Por eso aproveché todo este tiempo para perfeccionarme. Tomo clases de canto, de interpretación, de teatro… Estudio piano, guitarra y hasta estoy comenzando a estudiar trompeta”.

Hace poco Soloa se reunió en Buenos Aires con otros ganadores y participantes destacados de Operación Triunfo. “Algunos están trabajando, otros no. Pero hay que decir la verdad: hay muchos que se han quedado en el camino, que han bajado los brazos. Muchos se han desviado del camino y terminaron en cualquiera. Yo tuve mis momentos altos y mis momentos bajos, y en las épocas peores, cuando había que contar las monedas y comer arroz amarillo y fideos blancos, no me di por vencido. La diferencia es que yo tuve a Dios de mi lado”, dice, remarcando otra vez su condición de creyente.

En los mejores momentos, Cristian tenía un mínimo de 12 shows por mes. Fueron los tiempos cercanos al reality y cuando todavía el disco surgido de él sonaba en las radios. Después, en 2010 y 2011 vino un bache difícil en donde las presentaciones se espaciaron, pese a que Cristian no tenía impedimentos egocéntricos ni contractuales como para cantar en fiestas de la Vendimia, cumpleaños de 15 o casamientos.

Cristian y su productor sabían que necesitaban poner en la calle un nuevo disco y trabajaron en esto muchos meses. Mientras el artista se recluía en una cabaña cerca de la montaña y componía el 70 por ciento de las canciones que iba a contener ese nuevo trabajo, su manager luchaba con productoras discográficas, distribuidoras y compañías que quisieran impulsar la carrera del jarillero. “En noviembre de 2010 teníamos el disco listo, pero recién ahora logramos que el material esté en la calle y disponible para la venta digital”, cuenta Federico Rosales.

Hoy, cuando Cerca de mí ya figura como primer álbum bajado en el sitio web Deezer y está nominado para los próximos Grammy, Cristian siente que ha comenzado a trepar nuevamente por esa cuesta que antes había subido de un solo envión. Este empujón lo llevará en algunas semanas a una gira que incluirá Buenos Aires, Formosa, Chaco, Corrientes y también la Patagonia argentina, empezando por Neuquén. “Hicimos un videoclip que se está pasando por Brava TV y también por HTV, lo que nos permite planear incursionar en el mercado extranjero”, se entusiasma el productor de Soloa.

Cristian vivió en Palmira hasta fines del año pasado. Ahora se radicó en Guaymallén, junto a su mujer y su hija, por una cuestión estrictamente operativa. Pero todos sus afectos, su círculo de amigos, su gente más cercana, sigue estando en la ciudad ferroviaria y él se encarga de mantener ese contacto vivo yendo casi a diario.

En su pueblo, Cristian todavía tiene que evitar salir en los horarios donde hay mucha gente en la calle. Si lo hace, debe pararse cada diez metros a saludar, hablar de su carrera y contar algo de su vida. “A veces me disfrazo un poco con una gorrita y unos lentes oscuros”, dice, riendo. Pero aun así aclara que disfruta el contacto con sus vecinos. “Me encanta parar en la bomba de nafta y hablar con el chico que me atiende. Soy un hombre común, que saca la basura a la noche y hace las compras en el supermercado. Por suerte, la gente siempre me ha tratado con mucho cariño”.

El 18 de julio de 2009, seis días después de su consagración en el programa de TV, cerca de 10.000 personas se volcaron a las calles de Palmira para recibir a Cristian, que llegó sobre una autobomba. Fue una fiesta popular espontánea, la más grande que ha tenido la ciudad en los últimos años.

Entre ellos había algunos que recordaban a un chiquito de 10 años que maravillaba con su voz y deleitaba especialmente a los amantes del folclore. Esos memoriosos son los que hoy insisten todavía en que Cristian debe volver a ese género y que eso le permitiría tener mayor aceptación todavía.

“Me encantaría volver al folclore. Lo primero que canté en mi vida fue Zamba de mi esperanza. En esos tiempos, antes de Operación Triunfo, teníamos una banda muy completa, hasta con violín, bandoneón, batería, bajo y teclado. Es la misma banda que ahora acompaña a mi hermano y con la que cada tanto me junto a cantar. Estamos preparando una sección folclórica dentro de mi repertorio. Pero lo que me dio la fama fue el estilo melódico y es lo que quiero hacer ahora. Es donde quiero destacarme”, dice el cantante.

Mientras en el salón de Rey de Copas la gente come y bebe, Cristian sostiene que el animarse a componer y cantar sus propios temas fue un desafío. “Un 70 por ciento de los temas del nuevo disco son de mi autoría. El resto es de compositores de otros países que componen para (Ricardo) Montaner, para Sin Bandera… Para poder crear me llevé mi piano y mi guitarra a la montaña, y me quedé allí hasta que encontré lo que buscaba. Finalmente no hubo descarte y todos los temas entraron en el nuevo disco”, dice.

Este muchachito habla con palabras de un artista famoso, pero se comporta como un chico de pueblo. Al mismo tiempo que recuerda haber cenado con Ricardo Montaner en su casa de Miami, saluda al vecino que lo vino a ver desde Palmira y le agradece, como si su presencia en esta esquina de la Cuarta fuera la más importante.

Saluda, una a una, al grupo de fans que han venido esta noche y que en una pared ha colgado una bandera que dice: “Te has transformado en mi espacio. Muy lentamente has llenado mi vida”. Cristian parece saber que él está allí porque hay muchas como ellas, muchos también, que buscan su música. “El fan es exigente. Siempre está esperando que uno les dé algo nuevo. Yo sólo tengo agradecimiento para ellos, porque son los que llaman a las radios pidiendo mi música, los que me votan y me hacen figurar en los rankings”. Como él mismo dice, Cristian Soloa es un “producto” y para que éste exista tiene que haber quienes lo consuman, lo busquen, lo pidan.

Cristian insiste con que “Dios me ha dado más de lo que le pedí” y que las dificultades que ha debido superar “fueron pruebas que me puso en el camino y que me hicieron crecer”. Pero también reconoce, más o menos directamente, que quien paladeó las mieles del éxito mediático difícilmente se satisfaga después con animar cumpleaños y casamientos.

Entonces, Cristian trabaja para eso. Para volver a la pantalla, para que su voz suene en todos lados… para que no lo olviden. “No cambiaría nada. El camino que hice es el que volvería a hacer, otra vez”, reafirma.

Adentro la gente bebe, come y espera la segunda parte del show. Afuera hace frío. La noche no es propicia para los artistas callejeros, los que pasan la gorra o esperan que alguien ponga unas monedas en la funda de la guitarra. Ellos deben soñar con tener alguna vez un escenario, un salón cálido, un reflector que los encandile. Un instante como los que ha vivido Soloa.

Los realities tienen fuertes críticas de muchos sectores. Incluso se ha llamado El Show de Truman –por la famosa película protagonizada por Jim Carrey– a la crisis por la que pasan muchos de los participantes de estos programas después de ser eliminados de la competencia o luego de que el programa llega a su fin.

A los participantes se los llama en inglés disposable people (personas descartables). En el mundo hay una decena de casos de suicidio de ex concursantes de realities y, en Estados Unidos, un grupo de psicólogos creó una organización que ya ha tratado a más de 800 personas que han sufrido algún desequilibrio emocional después de pasar por uno de estos programas. El trauma más grave con el que debe lidiar el ex reality no es el estrés sufrido durante el show televisivo, sino el afrontar el regreso a la vida normal, al anonimato, a lo que algunos llaman fracaso.

Cristian Soloa vuelve a cantar. Él ha sabido manejar el ruido de la fama y el posterior silencio. Ha salido indemne y hasta fortalecido. Sabe que esa fama es puro cuento. Que lo único real es el trabajo, la vocación y la fe. Canta… y todo es como siempre fue.

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