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Un hogar de madres solteras generó una feroz polémica entre sectores de la sociedad de Rodeo del Medio. Fue en los ’80. Lo recuerdan Luis y su hermana Nilda, una lectora de estas crónicas.

La otra historia del lupanar

Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar

Para algunos eran niñas indefensas, víctimas de su inocencia y de la crueldad del mundo. Para otros eran simples prostitutas, germen de la perdición, despreciables putas. Curiosamente, los brutales eran aquellos que se jactaban de poseer el don de la piedad. En cambio, los comunes, los que no se ufanaban de ninguna virtud, eran los más piadosos.

Luis, un enólogo nacido en Rodeo del Medio y radicado en Buenos Aires, fue testigo involuntario y privilegiado de esta historia, y aquí se la recuerda a través de su memoria.

A mediados de los ’80 Luis regresó a su pago de vacaciones, después de sus primeros años en la Gran Ciudad.Por esos días, sólo se hablaba de una cosa en Rodeo del Medio: la instalación en la vieja casona abandonada de la viuda Bombal de un hogar municipal para madres solteras. “Era el tema del momento y generaba la indignación de las vecinas en los almacenes y las peluquerías, y de los hombres santos en el centro parroquial. Cuántas estupideces escuché por esos días: degeneración, corrupción, enfermedades venéreas, peligro para nuestros hijos... Recuerdo que busqué en el diccionario la palabra “lupanar”, repetida hasta el hartazgo por el cabecilla de la Acción Católica”, cuenta Luis.

Meses después, en un frío mediodía de vacaciones de invierno, el profesional pasó frente al famoso lupanar. “Poco había cambiado la casona en su aspecto de abandono. Sólo estaba más limpio y cuidado el jardín. Entonces vi allí, en un rincón donde se alcanzaba a filtrar entre los árboles un poco del sol de julio, a tres chicas. Diría que eran niñas. Apenas una parecía tener cerca de los 20 años, las otras dos con suerte llegarían a los 15. Una, la que parecía más chica, trataba vergonzosa de tapar con el sobretodo una panzota como de 9 meses. Me quedó grabada su mirada huraña, entre tímida y resentida, separada del pueblo por una verja y aislada por el desprecio y rechazo de la gente”.

Luis se fue. Regresó a Buenos Aires. El hogar cerró un tiempo después. “Triunfó la gesta heroica e inmaculada de la gente bien, y las vecinas y los hombres santos evitaron que el pueblo se trasformara en la bíblica Babilonia”, rememora el enólogo.

En el otoño de 2007, unos 20 años después, el hombre casi había olvidado esa visión y la historia que la enmarcaba. En esos días tuvo que viajar a una ciudad del noroeste bonaerense, para dar un curso sobre vinos.

“Era una coqueta vinoteca-restó frente a esa plaza, cuadrada y típica como en casi todos estos pueblos grandes de la pampa húmeda: iglesia de un costado, municipalidad enfrente, Banco Nación en otro costado, bomberos y club social del otro”.

Al final del curso estaba programada una cena. “Mientras los mozos servían, me fui acercando a las distintas mesas para responder preguntas y saber si les habían gustado los vinos y la charla. Todo en un ambiente muy cálido y cordial”, recuerda Luis.

“En una mesa había un matrimonio muy mayor, acompañados de una chica de unos 20 años que supuse era la nieta. El señor me contó que ya está para jubilarse. Era el médico más querido del pueblo. Me presentó a su señora y a la chica, quien resultó ser su hija. Me preguntó sobre uno de los vinos que habíamos degustado y si yo era mendocino y de qué lugar. Acostumbrado a que no conozcan mi pueblo, le pregunté primero si conocían Mendoza: “¡Sí, como no vamos a conocer! Tenemos un matrimonio amigo en Maipú al que visitamos cada tanto”, respondió el médico. Fue ahí cuando le dije las palabras mágicas: “Rodeo del Medio”. Entonces pasó. El ambiente cálido y cordial se rompió como un cristal. Hubo miradas nerviosas y evasivas, y las sonrisas se borraron. Me los quedé mirando, con cara de “¿qué macana dije...?”. Nervioso, el médico me contestó que conocían Rodeo del Medio, que algunas veces pasaron por allí, “que linda iglesia” y “que buenos vinos los de Don Bosco”, y después me preguntaron algo sobre otro de los vinos catados, como para salir del tema. Por suerte, alguien me llamó de otra mesa y pude escaparme”.

La cena siguió un par de horas más y el enólogo se hubiera olvidado de ese incidente si no fuera por los ojos tristes y enrojecidos de la hija de ese matrimonio.

La familia fue de los primeros en levantarse para irse. Luis recuerda: “Antes de partir se me acercó el médico y me dijo: ‘Te pido disculpas por lo de hace un rato. Lo que pasa es que nuestra hija es adoptiva y lo único que sabe de su mamá biológica es que cuando la dio a luz estaba en un hogar para madres solteras en Rodeo del Medio…”.

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