La vida tiene un gran defecto: se termina. Los viejos tienen la mala costumbre de partir sin el menor aviso y dejan flotando en el aire la angustiante duda de no haberlos escuchado lo suficiente. En sus velorios se llora más por la culpa de no haberles prestado un poco más de atención que por la muerte misma.
El último lunes de marzo de hace un año se publicó la primera Crónica insólita. Durante este tiempo muchas de esas historias han tenido vida propia y han generado otras nuevas. Y algún que otro misterio.
La crónica de las crónicas

El último lunes de marzo del año pasado se publicó la primera de estas crónicas insólitas. Muchas de las 47 historias han sido contadas por personas que llevan vividos entre 70 y 80 años. Uno de los objetivos de estos modestos escritos ha sido evitar que los recuerdos de estos hombres y mujeres partan con ellos. Que esas pequeñas anécdotas y situaciones vividas, guardadas por años en el desván de sus memorias, se desvanezcan definitivamente cuando sus deudos regalen sus ropas, quemen los papeles, las fotos amarillentas y repartan sus pocos bienes en forma más o menos pacífica.
Los viejos han sido los que contaron la mayoría de estas crónicas y otros viejos lectores también las han enriquecido después de publicadas, aportando más detalles, corrigiendo algunos datos o hasta dando diferentes versiones. Pero lo más común ha sido que a los se les han disparado otros recuerdos. Se han desempolvado milagrosamente en ese desván de la memoria otras anécdotas, otras experiencias vividas, más relatos que merecen ser recuperados del olvido.
Así alguien recordó que el fantástico Crispín Campos, además de los pintorescos y exagerados relatos que este hombre sabía contar en el Valle de Uco y que fueron recopilados en una de estas crónicas, también tenía otros igual de maravillosos. Dicen que Crispín aseguraba que el agua de Tunuyán era tan dulce que cierta vez llegó a hacer 6 kilos de dulce de agua.
También fue ampliada y mejorada la historia del “loco” Gatica, aquel que gritaba “¡Güevaditas pa´ los chicos” (o “pa´los pendejos”, como dicen algunos) mientras pedaleaba por las calles del Este, especialmente de Palmira. Un viejo contó que Gatica tenía cierto parentesco con el Mono Gatica, el mítico boxeador. También sostuvo que su muerte no se produjo bajo las ruedas de un camión, sino por una enfermedad terminal. Esto lo corroboró después Susana Gatica, sobrina del entrañable personaje, quien contó que “mi querido tío Roly murió en el Hospital Ferroviario de Mendoza Capital, actualmente Hospital Escuela de la calle Paso de Los Andes, víctima de un cáncer fulminante de hígado, siendo muy joven. Yo tenía 17 años. Ahora tengo 51”.
Pero también hay historias que no fueron contadas y ya nunca lo serán. Hay quienes decidieron morirse antes de relatarlas. Incluso hubo algunos que ya habían contactado al cronista para compartir sus recuerdos y que partieron antes de que estos fueran publicados.
López, el Oportuno, aseguró hace unos días que hay una maldición en esto de las crónicas. Según esta teoría, quien dice tener algo para contar es víctima de un embrujo que lo llevara indefectiblemente a la tumba. La única forma de romper el hechizo es la publicación de esa historia lo antes posible. “Mire”, decía López, “la cosa es así: A usted lo contacta un viejo que le dice que tiene algo que contarle para sus crónicas insólitas. Usted le dice que si, pero posterga el encuentro por razones diversas. El viejo espera, y espera…hasta que muere, fulminado por la maldición. Los médicos les darán explicaciones científicas a los deudos, solo para dejarlos en paz o para que a usted no lo crucifiquen. Pero esa es la verdad”.
Además el Oportuno, sostiene que “la maldición es todavía peor cuando el pobre hombre ya le ha contado a usted la historia y está esperando a que sea publicada. Hagamos de cuenta que entre el relato, la escritura y la publicación pasan unos veinte días. Ese período es el más riesgoso. A mi me consta que hay gente que le ha contado a usted la historia y que inmediatamente después se ha encerrado en la casa, se ha metido en la cama y no se ha levantado de allí hasta que escuchó al canillita vocear el diario del lunes en el que está su recuerdo, impreso e indeleble”.
El cronista sacó cuentas de los relatos potenciales que fueron frustrados por la muerte y el resultado fue preocupante. Pese a esto le dijo al Oportuno que las maldiciones no existen y que los fallecimientos podían explicarse perfectamente, teniendo en cuenta la edad de los difuntos o su historial médico. “Usted sabrá, amigo... Yo solo le comento algo que he advertido”, dijo, y se fue.
Los viejos tienen la mala costumbre de morirse. La vida es así, se termina cuando uno menos lo espera. Lo mejor es hablar ahora. Y escuchar. Y escribir urgentemente, cuando todavía hay tiempo.