La idea de hacer un paseo público en Ciudad la tuvo el Cabildo local en 1806, pero las obras comenzaron dos años después. Los forestales que le dieron su nombre los hizo plantar San Martín.

La Alameda fue creada en 1808

Por UNO

En Mendoza es muy escaso el patrimonio material que desde 1810 aún subsiste. A esto hay que sumarleque son aún más raros los hitos que siguen en pie y cumplen la función para la que fueron creados

hace más de 200 años. En el pequeño conjunto, si alguna obra emblemática debería llevarse las

palmas es la Alameda (aunque hace casi 100 años que carece de álamos y ha sido muchas veces

modificada).

La idea de un paseo público a un lado de la actual avenida San Martín –hasta la década de

1880 llamada San Nicolás– surgió en 1806, cuando el Cabildo local, que dependía de Córdoba, pidió

permiso para concretarlo. Pero en la práctica, el lugar, –cruzado por dos cursos de agua, uno de

ellos era el célebre Tajamar–, nació el 13 de agosto de 1808, cuando el Ayuntamiento aprobó el

proyecto.

Para su construcción se tomó como modelo el Paseo del Tajamar, de Santiago de Chile. Se

expropiaron tierras a particulares –al oeste de Ciudad, cuyo centro era la actual plaza Pedro del

Castillo– y los presos abrieron y emparejaron el terreno.

Con todo, en una Mendoza con suelo y vegetación áridos, era difícil que sin algún impulso

especial ese sitio se volviera un lugar atractivo. En ese sentido, la historia de la Alameda

reconoce a dos nombres fundamentales: al español Juan Francisco Cobo y Azcona, y a José de San

Martín.

El primero, en 1808, introdujo en Mendoza el álamo italiano y colaboró con su rápida

reproducción, lo que produjo una revolución en el paisaje urbano y rural: en los campos comenzó a

desaparecer la visión seca y se formaron grandes barreras forestales para proteger ganados y

cultivos de los vientos.

Asimismo, su madera, resistente a la humedad y más barata que la que se importaba, empezó a

emplearse para la construcción de viviendas.

A la par de los beneficios económicos, el prolífico arbolito también colaboró con la

sociabilidad local: en 1814, el gobernador intendente San Martín ordenó plantar álamos en el paseo

que había creado el Cabildo. Así, se impulsó uno de los lugares de encuentro y solaz preferidos por

los mendocinos decimonónicos y pasó a conocerse como la Alameda.

Hasta la primera década del 1800, en Mendoza dominaban los árboles autóctonos, como el chañar

y el algarrobo, y los frutales que habían traído los españoles. Todos eran muy frondosos pero de

escasa altura. Por eso no alcanzaban a cubrir la inmensidad de la aridez o para brindar sombra y su

madera no era útil para la construcción, por lo que se debía traer a alto costo desde Chile,

Tucumán o Paraguay.

A partir de 1808, eso comenzó a cambiar gracias al español Juan Francisco Cobo y Azcona. No

se sabe si trajo o le enviaron de Cádiz, su tierra natal, algunas estacas de álamo de Italia y de

álamo negro. Lo cierto es que ese año las plantó en su finca de Guaymallén, crecieron gracias al

clima local y se multiplicaron. Una prueba de lo rápido que prendió la aportó el francés Julián

Mellet, quien pasó por Mendoza en 1812. Cuatro años después de la primera plantación de estacas, el

cronista escribió que los campos mendocinos eran "admirables por sus riquezas y sus bellezas" y que

lo que más contribuía era el "gran número de cipreses (los álamos) que forman alamedas".

Con los álamos, que además daban sombra, se armaron barreras contra el Zonda y la helada, y

en la margen de los cauces sirvieron para evitar desbordes. También los carpinteros tuvieron

materia prima más blanda y de rápido crecimiento.

Por su gran aporte, en 1814, el Cabildo le concedió a Cobo la carta de ciudadanía, algo que a

pocos años de la Revolución de Mayo era muy difícil para los españoles y hasta el año de su muerte,

en 1835, se lo exceptuó de pagar impuestos.

En 1864, la Legislatura lo declaró "Benemérito de la Patria" y dispuso levantar una estatua

con su figura en la plaza que llevaba su nombre, la actual San Martín. La obra comenzó a hacerse en

Italia, pero no se terminó e incluso en 1904 la plaza fue rebautizada con el nombre del Libertador.

El homenaje llegó en 1942, cuando la comuna de Capital llamó Juan Cobo a una plaza de la Cuarta

Sección.

Volviendo atrás en el tiempo, hasta la primera década de 1800, la Plaza Mayor –hoy Pedro del

Castillo– fue el lugar de sociabilización local. Pero el gobernador San Martín tuvo la idea de

colocarle al paseo creado por el Cabildo álamos y prolongarlo dos cuadras. La iniciativa tenía una

doble estrategia: hermosear el recorrido –también le hizo poner un rosedal y bancos– y generar un

nuevo ámbito social separado de la plaza, que en ese momento era uno de los centros de actividades

militares y para fusilamientos.

Cuentan que la costumbre de pasear por la Alameda la iniciaron el mismo San Martín y su

esposa, Remedios Escalada.

Buenos vecinos

- Tomás Godoy Cruz (1791–1852), quien en 1821 asumió como gobernador, contribuyó con el

progreso de la Alameda. En la década del '10, donó $200 de los viáticos que le correspondían por

ser diputado del Congreso de Tucumán para construir los primeros bancos que tuvo el paseo. Más

anónimo pero no menos importante colaborador fue Eugenio Fuenzalida, a quien en 1815 lo nombraron

celador de la Alameda, para cuidarla y repararla.

Desnudas en el Tajamar

Francis Bond Head (Inglaterra, 1793-1875) era el director de la Compañía Minera del Río de

la Plata, empresa que fracasó. No obstante, el extranjero dejó por escrito un informe en 1827 sobre

el viaje que realizó, con motivosde ese proyecto, en 1825.

Las Pampas y los Andes. Notas de Viajes se tituló esa obra, en la cual el cronista, quien

pasó por Mendoza, dejó apuntadas sus impresiones sobre la tranquilidad de la Ciudad y algunas

costumbres de los nativos, como la siesta, visitar la Alameda y hasta bañarse desnudos en el

Tajamar.

"... Tan pronto como el sol se pone –relata Bond Head–, la Alameda se llena de gente, y el

aspecto es muy singular e interesante. Los hombres se sientan en mesas fumando o tomando nieve (se

refiere a helado); las damas se sientan en bancos de adobe a ambos lados del paseo".

"Difícilmente se dará crédito a que, mientras la Alameda está llena de gente, mujeres de

todas las edades, sin ropas de ninguna clase o especie, se bañaban en gran número en el arroyo que

literalmente limita el paseo (alude al Tajamar)".

"Shakespeare nos dice que la más cautelosa doncella es bastante pródiga si descubre sus

encantos a la luna", pero las damas de Mendoza, no contentas con esto, lo muestran al sol; y tarde

y mañana, realmente, se bañan sin traje alguno en el río Mendoza, cuya agua rara vez llega arriba

de las rodillas, hombres y mujeres juntos; y, por cierto, de todas las escenas que he presenciado

en mi vida, nunca vi otra tan indescriptible".

 Embed      
La Alameda y el Tajamar (a la derecha) a fines del siglo XIX. En 1913, los álamos originales fueron remplazados por las actuales tipas del paseo.
La Alameda y el Tajamar (a la derecha) a fines del siglo XIX. En 1913, los álamos originales fueron remplazados por las actuales tipas del paseo.
 Embed      
La Alameda y el Tajamar (a la derecha) a fines del siglo XIX. En 1913, los álamos originales fueron remplazados por las actuales tipas del paseo.
La Alameda y el Tajamar (a la derecha) a fines del siglo XIX. En 1913, los álamos originales fueron remplazados por las actuales tipas del paseo.