Imperdible: la reina Wanda en la intimidad y en una sesión de fotos

Por UNO

Por Cecilia Osorio

María Esther cumplió el designio de las mendocinas de su época. Ser reina era para ella más una aspiración de vida que una meta, entre tantas. Después vendría casarse, tener un hijo. Nunca su corona –“por ser la más buena moza de la cosecha”, le dijeron–, trascendió el límite del barrio, que con los atributos nobiliarios de ficción de la doncella soñó vestir de castillos la aldea. Y el anhelo de ser “la reina de todas las reinas” sobrevivió poco más de cincuenta años. Cuando la fueron a buscar, los surcos de su cara no habían derribado su quimera. Cada partícula del hilado de su traje le jugaba una batalla al cuerpo, que acreditaba el tiempo de los sueños que no fueron. Tenía setenta años y se presentó con la corona prendida a su dispersa cabellera, los objetos de colección de su reinado del distrito y tantas fotos como recuerdos intangibles. Era la única ambición que la había inquietado desde su adolescencia.

Wanda evoca esa historia. Lo que al principio suena como una anécdota más no tiene después nada de capricho y azar. Ella sabe bien por qué la elige, por qué recuerda y retoma esa experiencia .Wanda, que sí es “la reina de todas las reinas”, sabe que el legado de María Esther no es el suyo. Ella no ambicionó ser quien es hoy. Nunca soñó, como todas las niñas de este terruño, con hacerse grande para merecer los atributos que la esperan cada tarde en su armario.

La máxima familiarUna localidad nombrada así en honor a una agraciada y bondadosa princesa que sacrificó su vida por su país. La hija de un héroe del ejército polaco. Una mina de piedras preciosas de Misiones. Las historias sobre el nombre de la joven de 23 años que aprendió el oficio del reinado a fuerza de voluntad y práctica frente al espejo tienen mucho que ver con ella. Predestinación le llaman: Wanda, bella y buena. Wanda, heroína inquieta. Wanda, imperturbable pero que al pulirla esconde un interior lleno de brillantes.

Es la “Reina de los mendocinos”, la mujer elegida en una fiesta de la cosecha como no hay otra. Pero todo eso no le pesa a su familia, “Los Kaliciñski”, herederos de polacos y ucranianos exiliados de las guerras, que pasaron por Córdoba y Buenos Aires antes de echar amarras en Mendoza.

Al contrario, el logro de Wanda Silvina contradijo un principio familiar por el que Ricardo y Teresa, sus padres, trabajaron mucho.“Nos esforzamos para alimentar su interior. A ninguna de nuestras cinco hijas les dijimos que eran bellas, aunque lo fueran. No queríamos fomentarles la vanidad, porque es la humildad la única virtud que te va a hacer crecer como persona”. La madre de Wanda lo dice y la observa, como vigilando que nada de esa enseñanza haya sido truncado por la corona impuesta.

Wanda está de acuerdo. Pero aclara que a ella la designaron por representar un modelo de mujer que tenía otras cualidades además de un rostro con rasgos armónicos. Y eso la pone contenta, las pone contentas a ambas.

De eso no se habla

La primera vez que Wanda Kaliciñski se cruzó con la tradición más aferrada en la idiosincrasia del pueblo mendocino, fue en la Vía Blanca de 1992. Hacía dos años que su padre militar –veterano de la Guerra de Malvinas e hijo de un polaco varias veces condecorado por su actuación en la Primera y Segunda Guerra Mundial–, había sido destinado de Buenos Aires –donde nació la rubia soberana–, a Mendoza.

Y la experiencia de la pequeña Wanda con la Vendimia tuvo un sabor tan amargo que su madre recuerda que no pudo borrarse el dolor del pecho durante una semana. Vivían en la peatonal Sarmiento. Teresa había bajado con sus cinco hijos –Katia, la menor, aún no nacía–, para presenciar el desfile nocturno. Se encontró con una vecina y Wanda, que hasta ese momento permanecía aferrada a su mano, ya no lo estuvo más. Se perdió. “La encontramos después de que anunciaran su paradero por el altoparlante de la Secretaría de Turismo. Sentada en un cordón de la calle estaba embelesada con los muñecos gigantes que antecedían a los carros”.

Veintiún años después, la pequeña que se distrajo viendo pasar los carros es reina y está en pantuflas. Su casa es modesta y sobresale del resto del barrio por el ladrillo visto que la recubre. En un reducido baño pegado a la sala donde un piano de media cola acapara la escena, se hace los rulos frente al espejo. En cinco minutos acomoda con algunas mechas de su cabellera rubia natural la corona que lejos está de ser la de brillantes, zafiros y esmeraldas con la que las niñas sueñan. “Ésa la usamos sólo una vez al año”, devela con una voz clara, la joven que tiene claras otras tantas cosas.

Como por ejemplo, que del gobernador de su provincia no puede hablar mal, pero que no coincide en cuestiones como la minería. Como cuando confiesa que no está esperando terminar el reinado para quedarse trabajando en el Gobierno, ya que para eso sacrificó horas de estudio por una profesión. Como cuando explica que ser reina, lo que se dice reina, es distinto de todo lo que uno imagina: “Sos más un empleado público que debe cumplir una función protocolar, que otra cosa”.

Veinte minutos para ser reina

A Wanda nunca la desveló el arte de la coquetería, pero aprendió algunos trucos para salir del paso. Dice que una buena base de maquillaje te ayuda a zafar en cualquier foto. Lo manifiesta aunque ella tiene la virtud de que aún a cara lavada el flash no advierte sus mínimas imperfecciones.

Otro truco. Debajo de la capa bordada en hilos dorados, lleva una de polar. Por el frío y porque aún no le entregaron una adecuada para el invierno. Así es el oficio de reina en Mendoza, tiene bastante de artesanal y poco de monárquico.

El perfume de Nina Ricci, que le trajo de algún viaje Marcos –su novio desde hace cuatro años– manifiesta su buen gusto. “Debería estudiar un poco más, me ha puesto medio vaga esto del reinado”, se endilga así misma frente al espejo del baño. Tiene 23 años y sólo adeuda ocho materias de la carrera de abogacía de la UNCuyo. Sin contar que en el medio viajó, bailó –en academias y en la propia Fiesta de la Vendimia–, estudió violonchelo y se tomó el tiempo de disfrutar a pleno de la vida.

Es in-so-por-ta-ble. Se lo decimos en confianza. “Lo sé”, responde riéndose con la cronista y el fotógrafo de esa característica obsesiva a la que no le afloja.

Le lleva 20 minutos convertirse en la Soberana Nacional. Y de ese tiempo, al menos 10 minutos los dedica a leer para luego plasmar en su agenda algunas palabras por si hace falta un discurso. Le encanta escribir. No podría explayarse como lo hace si antes no esbozara lo que piensa en un papel. El teléfono suena todo el tiempo. Pero la rubia lasherina, a quien el mote de polaca le sienta muy bien, atiende lo justo y necesario, medida que aplica a todas las cosas.

Lo mejor, queda lejos

La rubia de facciones europeas, ataviada cual miembro de la realeza, llama la atención de todos los que se cruzan con ella en la plaza. Llevamos cinco minutos mientras la productora y el camarógrafo porteños se preparan para la nota y ya cinco turistas se acercaron por un saludo y la respectiva foto. Los adolescentes la piropean sin desánimo. “Te amo Wanda”, la reconocen, mientras Hernán le recuerda que se vieron en el Club Hípico –el hacía las veces de mozo, ella de reina– y le dedica una pirueta en el árbol más próximo. Una manada de púberes se le acerca. Wanda “ni se enoja mucho por nada ni es eufórica cuando está contenta…”, ya lo había dicho su madre.

Le gusta el contacto social. Sobre todo haber conocido realidades que antes permanecían lejanas. Es una joven que practica el intercambio, lo hizo al irse a Estados Unidos como una búsqueda de nuevas relaciones culturales, lo hace cuando atiende a cada persona que acude en su ayuda para resolver una situación difícil.

Pero Wanda Kaliciñski tiene claro que el reinado es sólo una buena experiencia: “No sé si es lo mejor que me pasó en la vida”.

Sueño con Claro de luna

El ladrillo barnizado no es lo único que diferencia la casa de los Kaliciñski del entorno. La ascendencia europea de antepasados que lucharon para defender su origen y escaparon dejando todo en la contienda, marca a fuego cada decisión de Teresa y Ricardo, que hoy comparten techo con Claudio (33), Wanda (23) y Nadya (20), ya que Cinthya (31) vive en Brasil y Pamela (28) se instaló en Buenos Aires para hacer sus prácticas médicas y acompañar a Katia (18), otro prodigio de la familia que hace carrera en el teatro Colón.

La música es entre ellos el común denominador. Todos saben algo. Wanda mamó el piano desde la panza porque su madre se pasaba 12 horas ensayando. Con sus anteojos de marco oscuro y su auténtico look de chica intelectual, escucha el relato materno. Las palabras le activan la memoria emotiva y ensaya la Marcha Turca mientras repite: “Lo que aprendés de chico, lo llevás para siempre”.

Todo tiene que ver con esa idea original de cultivar virtudes que escapen al envoltorio externo y eleven el espíritu.

Teresa se encuentra con el instrumento de cuerda percutida. Sus pequeñas manos tienen la virtud de desplazarse plásticamente como arañas movedizas tejiendo su tela. El efecto aglutinante es inmediato. Como una gallina con sus pollos. Nadya, la hermana con la que Wanda comparte habitación, toca después el Vals de Amelie.

La chica elegida como reina de los mendocinos agarra el violonchelo con el que se relacionó ya de adolescente y, mientras lo afina, hace un poco de Para Elisa en el piano.Ninguno de los habitantes de la casa quiere perderse la escena. Wanda se olvida del mundo, las capas, las coronas y las aspiraciones de las mendocinas que quedaron a medio camino.

Cuando su madre retoma las teclas, su mirada diáfana trasluce un sueño: algún día, cuando se case, esa pequeña persona que le dio la vida tocará Claro de luna de Debussy sólo para ella. 

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