El pronosticador del tiempo aseguró que en los primeros minutos del miércoles podía helar y el mercurio de termómetro caería por debajo de 0 grados. Casi a la medianoche del martes son pocos los que se ven en la calle. Imagino a varios vecinos que ya cenaron, pegados alrededor de una estufa, preocupados sólo en cómo terminará la serie televisiva que refleja su generación. A metros de allí, en el enorme oratorio Ceferino Namuncurá de calle San Miguel de Las Heras, convertido en albergue de invierno, pasarán la noche 37 personas. Son mujeres y hombres que hasta mediados de junio dormían en las calles de Mendoza. “Yo les digo a los de afuera: ‘chau, me voy al hostel’”, dice una mujer de unos 30 años, cuyo rostro ajado, resquebrajado, le suma al menos 10 años. En la cucheta de abajo una mujer de 63 años que tiempo atrás dormía en el Hospital Central me cuenta que tiene un hijo grande que trabaja ahí en Las Heras y yo no puedo explicarme cómo alguien permite que su madre duerma en la calle. Ella tampoco puede.
37 personas que vivían a la intemperie ahora pasan sus noches en el albergue de Las Heras. Un trotamundos, una anciana y un ex boxeador conviven allí.
Hogar de invierno
Un techo, una frazada, una ducha
“He hablado con muchos de ellos y nadie puede explicarse bien cómo terminaron en la calle. Hay quienes fueron profesionales, que tienen familia y que en determinado momento de la vida, no saben cómo, cruzaron una barrera y después no supieron cómo volver. Por eso es fundamental pensar en que se los puede ayudar. Es de no creer cómo a esta gente le cambia la expresión de la cara cuando llegan acá y se les da un té caliente y se les ofrece la posibilidad de darse una ducha”. El que habla es el sacerdote Daniel Pirotti, de la congregación salesiana de Don Bosco de Mendoza, que no sólo es el anfitrión sino la persona al que todos ven como la autoridad a respetar.
Acostumbrados a ser quienes establecen sus propias reglas en la anárquica calle o, en el peor de los casos, imponerse ante quien recién llega a la esquina, a varias de las personas que se alojan en el oratorio les cuesta entender esta nueva realidad de convivencia y respeto con el otro. Para ponerse de acuerdo en cómo se vivirá en el albergue fue necesario realizar el martes una reunión, previa al té caliente que toman antes de irse a dormir.
“Todos saben que el hogar funcionará durante el invierno, pero ya se aferran a lo poco que tienen y plantean tener su propia cama. Por eso pensamos en darles algunas responsabilidades, como lavar sus sábanas y limpiar las habitaciones que usan; también para que sientan que ellos pueden hacer algo para estar mejor ellos mismos. Es increíble cómo muchos estando acá han recuperado la creencia en ellos mismos y han salido a buscar otros trabajos. Hoy uno me dijo que mañana tiene dos entrevistas”, se ilusiona mientras cuenta ese logro Bibiana Pinti, una de las decenas de voluntarias que es como la mano derecha del sacerdote Pirotti.
Al oratorio devenido hogar de invierno llegan sólo aquellos indigentes que son derivados por alguna de las 7 organizaciones sociales del Gran Mendoza, quienes con el Ministerio de Desarrollo Social y Derechos Humanos dieron nacimiento a la iniciativa. Es sólo para adultos mayores (no se permite el ingreso de niños ni familias) y el objetivo es que albergue a estas personas durante el invierno, ya que está previsto que se cierre el 28 de setiembre. Las normas establecen que en las habitaciones no se fuma ni se toma alcohol.
El cuidador cuidado
Juan está rodeado de otros hombres que festejan cada uno de sus chistes de gallegos. Usa una camisa con el cuello gastado, un estirado pulóver y un jean que hace bastante tiempo no ve el jabón. Cuando me lo presentan, lo primero que me llama la atención es una enorme cicatriz que le recorre de punta a punta la nariz. Después de darle la mano, se me ocurre que la mejor manera de acercarme y romper el hielo es preguntarle cómo se provocó esa herida. Error. Lo primero que responde es: “¿Vos sos cana?”. Esa respuesta-pregunta se repite una y otra vez, cada tanto, sobre todo cuando interrumpo el desordenado relato de su vida.
Él está en la calle desde hace más de 7 años, de día cuida autos en la playa de un hotel de Guaymallén y es un gran conocedor y respetuoso de los códigos que aprendió de la manera más cruel. Dice que se fue del país en los '70 cuando los “milicos” perseguían a su hermano. Dice que se fue con su madre a Estados Unidos y que allí formó pareja y tuvo un hijo, que fue lo que lo sostuvo un año más antes de que lo deportaran en el 2000 por un robo que protagonizó en aquel país. Todo lo cuenta con lujo de detalles, tanto que por momentos surge la duda de si eso que relata lo vivió o lo soñó tantas veces que hasta él mismo lo creyó real.
Se dice fanático de Huracán Las Heras porque nació en esa “república” y jugó en la primera división de ese club de fútbol, pero en el albergue todos le dicen Gallego. Es que este trotamundos vivió 5 años de su ajetreada vida en Málaga (España) y de ahí le quedó el acento y ese elegante uso del “tú”.
“Yo estoy en la calle por boludo. Tuve de todo, tuve trabajo, una familia, mi hijo, y me la patiné completa. Cuando me fui a España con mi madre, que es la única que siempre estuvo conmigo –me aclara– la pasé mal porque los gallegos son unos tíos resentidos con los argentinos que vamos a buscar trabajo. Pero después agarré algo en la construcción, empecé a tener mis euros y mi hermano me dijo ‘cuidate porque allá hay muchos tíos a los que les gusta ‘el caballo’ (la heroína)’ y yo en vez de cuidarme me mandé”, dice mientras me invita a acompañarlo junto a uno de los voluntarios del albergue a ayudar a uno de sus “parientes” que pasará esa fría madrugada de miércoles a una orilla del zanjón de los Ciruelos, con el agujereado techo de las hojas de un árbol.
Ese hombre pasó la noche anterior en el albergue pero ahora está muy borracho y se niega a ser llevado allí. Ese “pariente” de Juan tiene apenas una campera finita y un jean viejo y agujereado y al lado un tetrabrik de vino de $2. Ante su negativa de volver al albergue los voluntarios deciden llevarle una frazada para mitigar algo de la gélida madrugada que pasará a la intemperie.
Cuando le deja la frazada, el voluntario lo ayuda a acostarse y le retira la caja de vino, creyendo que su dueño, ya mareado, no detectará la maniobra. Pero no es así, y como puede ese linyera reacciona y grita pidiendo su caja. “Déjale la caja tío, ¿no te das cuenta de que si se lo quitás se va a poner violento y va a querer salir a romper todo para conseguir más vino? Déjale la caja que así cuando se emborrache se va a quedar dormido y más tarde lo podemos llevar al albergue”, le dice Juan al joven voluntario. “¿Quién es el más calificado para abrir un albergue para adictos?”. Me pregunta casi como tomándome una lección y como mi respuesta no lo satisface saca su diploma de hombre de la calle y me tira su conocimiento en la cara: “Un ex adicto es la persona indicada para tratar a adictos, sólo el que estuvo ahí sabe cómo tratar a los que están presos de una adicción”, dice y se prende un cigarrillo.
“Varios de los que han salido a buscar trabajo me han traído una constancia para queles certifique que están viviendo acá, porque a muchos no les dan el puesto que buscan porque cuando tienen que llenar el domicilio no pueden poner que viven en la calle”, dice
el sacerdote Daniel Pirotti, a cargo del albergue.Dormir en la guardia del Central
En el único dormitorio de mujeres hay una decena de cuchetas. En la cama de abajo de la primera de ellas descansa Irma, bautizada en el albergue como La Nona, una mujer de pelo lacio y canoso, que asegura tener 63 años pero a quien la calle le ha marcado alrededor de los ojos y en las manos las arrugas de una anciana de 80 años.
Apenas me conoce y ya me invita a sentarme sobre su colchón, rodeado de bolsas de supermercado con algunas pocas prendas, que imagino es todo lo que pondría en un placard. Mientras me habla, me toma la mano y me acaricia como si se tratara de mi abuela. Allí delante de ella uno tiene la sensación de tener en frente a una experimentada mujer que está más dispuesta a escuchar tus problemas existenciales y a solucionarlos que a contarte los propios.
Hasta que se abrió el refugio, Irma pasaba las noches en los duros asientos metálicos de la guardia del Hospital Central. “Ese era un lugar seguro, ahí no pasaba tanto frío y además la gente de la guardia era muy buena conmigo. Yo estoy en la calle desde hace unos pocos años, antes cuidaba ancianos o trabajaba de empleada doméstica con cama adentro, siempre me las arreglé para tener mis propios pesos y no molestar a nadie”, me dice y los ojos se le llenan de esos buenos recuerdos cuando sus días tenían un sueldo que le daba esa seguridad que lamenta haber perdido.
A Irma nunca le sentó bien esa idea de vivir en la calle. Al repasar los vaivenes de los últimos años recuerda que luego de que se quedara sin ancianos para cuidar y de que le dijeran que no la iban a emplear más en la última casa, viajó a San Luis y Córdoba pensando en otros horizontes, pero allá también se le cerraron las puertas, “porque ya nadie emplea a los viejos”, se lamenta. Y repasa:“Yo siempre trabajé y llevaba el dinero a mi casa, sobre todo después de que me quedé viuda, para que mi hijo pudiera estudiar, pero después cuando él fue más grande las cosas cambiaron y bueno me tuve que ir”. Lo cuenta sin dar mayores detalles de ese corte con su hijo que la expulsó de su propia casa. Tanto dolor debe provocarle esa ruptura, cercana a la pérdida, que prefiere dejar ese tema entre paréntesis y ver “lo bueno de estar en el albergue. Acá me tratan bien, yo sigo buscando trabajo de día y por las noches puedo dormir tranquila y calentita. ¿Vio lo bien calefaccionada que está la habitación? Esta gente es muy buena con nosotros, por eso cuando nos plantearon que limpiáramos y laváramos nuestra ropa de cama yo fui la primera en postularme, porque es como devolverle a esta gente algo de todo lo que nos da”, dice con la satisfacción de quien se siente en deuda y puede de alguna manera saldarla.
Mientras habla me muestra las bondades de esa pequeña habitación múltiple y de ese delgado colchón en el que descansa.
“Acá hay mucha gente que está perdida, que se perdió hace tiempo en una adicción, por ejemplo, pero te alegra un montón que haya gente que se preocupe en encontrarnos, de hacer algo para que nosotros mismos nos encontremos”, dice Juan, uno de los albergados.
“Se me hizo una mala costumbre”
Varias de las difíciles historias que cada noche se reúnen en el oratorio parecen compartir el mismo lema: “Cuando la familia expulsa, la calle recibe”.
Allí también nace la historia de Cristina, una mujer que ha sobrevivido varios años en la calle porque, asegura, “se me hizo una mala costumbre”.
Ella ya atravesó la separación de su marido y la posibilidad de ver a sus hijos, por tanto parece estar como anestesiada, como que ya nada puede dolerle más; da la sensación de tener la piel tan gruesa que ya nada la perfora.
“Cuando comenzamos a trabajar con ellos nos interesamos en conocer cada una de sus realidades con la idea de colaborar, de ayudarlos. En ese tren yo le pregunté a Cristina qué necesitaba, con la idea de que ella misma descubriera la respuesta y quizás así pensara en salir de la calle, pero me respondió que no necesitaba mucho más de lo que tenía, que aunque no lo entendiera se le había hecho la mala costumbre vivir así y que como somos animales de costumbre, le había encontrado la vuelta”, me cuenta Bibiana, casi como buscando una respuesta que nos ayude a entender qué puede llevar a una persona a elegir la calle como el lugar para vivir.
Cristina, como tantos, no ha sobrevivido sola. A su alrededor giraron ya varias personas con las que supo formar un grupo itinerante con el que compartían códigos que sólo ellos conocían.
“En la calle tenemos lugares que sólo nosotros conocemos, en donde escondemos la comida y lo que tengamos para que otros no nos roben. No es fácil confiar en los demás, así como se entiende que toda la gente también desconfíe de nosotros”, me explica casi al paso un ex boxeador, que en la calle como en su vida profesional se fue abriendo paso a trompadas.
En los primeros minutos del miércoles las luces del hogar se empiezan a apagar y todos entienden que hay que irse a dormir. Al día siguiente deben levantarse cerca de las 8, para desayunar y dejar el hogar antes de las 9 como está convenido.
Pese a que ya está todo oscuro, en la habitación de los varones se escucha una voz entusiasmada que cuenta casi a gritos: “Mañana voy a tener mi primer trabajo en años, aunque no lo crean, me tomaron como repositor en un supermercado”. Y la noticia se celebra a las carcajadas.