CHILE- Puede a un veraneante mendocino que pisó este lado del continente condicionarlo el mar frío y bravo, una moneda distinta y algo encarecida. Pero la experiencia vale por todo eso: cruzar la cordillera de Mendoza hacia Chile, para sumergirse en el paisaje de la V Región, implica dejarse llevar por un contraste permanente que comienza con la montaña confrontando al mar y continúa en una angosta geografía que amontona generosamente entornos naturales y urbanos en constante choque, muchedumbre y dispersión, pescadores conquistando a ociosos vacacionistas, y otras tonalidades envolventes.
“Toda la luz del mundo cabe dentro de un ojo”, dice un pequeño mural que evoca a Federico García Lorca en el paseo que comparte cerro con La Sebastiana, casa de Pablo Neruda, y la poesía invita, como el mar que abraza, a mirar la costa abrumadora de postales diversas.
Embed
Vista de Reñaca desde Living Vip
Embed
Las gaviotas son parte de la magia del paisaje costero en Chile.
Embed
Valparaíso es extenso y su mar, una fuente inagotable de riquezas. Los lobos marinos se agrupan en un rincón de la ciudad: huyen de la agobiante muchedumbre viñamarina.
Embed
Valparaíso es extenso y su mar, una fuente inagotable de riquezas. Los lobos marinos se agrupan en un rincón de la ciudad: huyen de la agobiante muchedumbre viñamarina.
Embed
Los mendocinos acaparan la escena apiñados compartiendo arena con sus coprovincianos. Sólo algunos eligen alejarse de las caras conocidas de los sectores céntricos de Reñaca y se disponen a disfrutar de parajes donde la multiculturalidad es el sello.
Embed
La siesta mendocina se lleva en el equipaje y hasta los perros, guardianes de balnearios, son contagiados por el disfrute que aporta un buen sueño al sol.
Embed
Las calles de Valparaíso tienen música de solitarios amantes de la tierra. Una mujer empuña un acordeón,el rugir de los autos no la corrompe.
Embed
La expresión urbana de los grafitis no se parece a la de ningún otro paraje. Figuraciones, señales de reproche, los antisistema plantean su concierto en las paredes, se manifiestan.
Embed
La expresión urbana de los grafitis no se parece a la de ningún otro paraje. Figuraciones, señales de reproche, los antisistema plantean su concierto en las paredes, se manifiestan.
Embed
La expresión urbana de los grafitis no se parece a la de ningún otro paraje. Figuraciones, señales de reproche, los antisistema plantean su concierto en las paredes, se manifiestan.
Embed
Alejándose del ruido costero, la riqueza cultural es generosa y gratuita: un moai de la Isla de Pascua, sacado de contexto en pleno centro de Viña del Mar, deleita a los veraneantes.
Embed
La gastronomía permite viajar por los gustos chilenos más arraigados. En ella se traducen otras culturas cercanas, como la de Perú, tan estrechamente ligada a sus entrañas. Los lugareños ofrecen las propuestas al visitante que primero saborea el dialecto, luego el plato.
Embed
Los poemas del paseo del Cerro Bellavista.
Embed
Los mendocinos acaparan la escena apiñados compartiendo arena con sus coprovincianos. Sólo algunos eligen alejarse de las caras conocidas de los sectores céntricos de Reñaca y se disponen a disfrutar de parajes donde la multiculturalidad es el sello.
Embed
Los atardeceres en el Pacífico son una invitación en sí misma a la fotografía. Es una de las clásicas postales que nadie quiere perderse.
Embed
Hombres de verde. La fiesta y el encanto juvenil se interrumpen. Los reguladores del orden avanzan para amenguar los aparentes excesos.
Embed
La Sebastiana es el nido mágico del poeta chileno Pablo Neruda, allí tejió algunas de sus más bellas piezas mientras veraneaba.
Embed
Una recorrida por la Caleta Portales, un clásico para los veraneantes de las costas chilenas.
Embed
Las chicas son parte de la poesía de la playa. O al menos para algunos, ciertas anatomías son un poema.
Embed
Personaje de la temporada: el mendocino que se robó todas las miradas en las playas de Reñaca con su tanga y su biberón.