El último volteriano

Por UNO

"La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que nose rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de

la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios..." Sobre este inicio

de El Alpeh de Jorge Luis Borges estaba discutiendo Aldo Giordano con Alberto Montbrun la noche que

lo conocí en el viejo restorán Don Angelo de la calle Lavalle hace más de veinte años. Manuel

Vázquez, un amigo común, me lo presentó y desde ahí mantuvimos un diálogo cercano y cariñoso.

Aquella noche me pidieron mi opinión sobre la divergencia y me incliné por la posición de Alberto.

Aldo, que no le gustaba perder a nada, lo aceptó y me brindó todos estos años su amistad sin

dobleces.

Fue un personaje muy singular, inhabitual para Mendoza, de una densidad incomparable, de una

agudeza que deleitaba, de una cultura nutritiva, por su generosidad, por su apertura.

No siempre estuvimos de acuerdo, pero con él se podía disentir sin que ello implicara dejar

de lado lo esencial, el respeto, el afecto, la comprensión, la amistad. Como en aquella noche de El

Aleph.

El momento clave de su vida, luego de haber pasado por el periodismo en su juventud en la

revista Claves, fue su llegada a la Fiscalía de Estado. Porque desde ese cargo pudo tomar un

protagonismo social que su interior le pedía. Ya tenía prestigio, amigos y enemigos en el mundo de

la abogacía. Fue a la función pública y cosechó más prestigio, más amigos y más enemigos, por

supuesto. Pero no contento con eso se lanzó con entusiasmo a la fogata de la política, porque le

había quedado gusto a poco.

En medio de esas dos experiencias fue columnista de Diario UNO, donde desplegó su filosa

prosa, volteriana, sentenciosa, culta. Después, cuando ya se dedicó a la política de lleno, cada

tanto me llamaba para ofrecer sus escritos, que publicamos siempre que él los ofreció. Porque su

gran valor fue sentar posición en una sociedad tibia que suele hacer de la no posición su ubicación

en el mundo.

Me tocó defenderlo en público cuando la mano de la infamia se apoyó sobre él hace pocos

meses. Fue un gusto. Con pudor reconoció al amigo y al periodista. Fue emocionante porque ya sabía

de su enfermedad, que sobrellevaba en la intimidad de su familia: la Coni y los tres chicos. Se nos

fue un tipo importante, la última pluma volteriana de la que gozaba Mendoza.