(Las grandes entrevistas de Rodolfo Braceli, el suplemento que desde la semana pasada entrega gratis Diario UNO, tuvo hoy sábado las conversaciones entre el autor y el escritor Antonio Di Benedetto).
Di Benedetto por Braceli
Por Rodolfo Braceli*A esta entrevista su autor la considera “la más difícil entre las dos mil y pico” que hizo en cinco décadas de profesión. Resulta que después de cuatro años de distanciamiento y de silencio enojado, el discípulo, Braceli, tuvo que hacerle un reportaje para una revista porteña a su ex jefe, al hombre con el que se inició en el periodismo, a su “maestro del idioma”, Di Benedetto. Nada menos. La conversación sucedió en Mendoza, en tramos de tres días sucesivos, a veces al compás del lento vino, entre noviembre y diciembre de 1972. Entonces Di Benedetto no sólo abrió sus reflexiones, sus recuerdos, sus pesadillas, sus obsesiones, su fascinación por el suicidio, sino que fue mucho más allá, hasta entregar momentos emotivos, cruciales, que saben a testamento
A veces la entrevista es algo más que interrogatorio, se transforma en reportaje. Por ejemplo, cuando cuenta su detrás, su antes, su debajo, de la escena. Sucede entonces que empieza a gravitar eso que pulsa detrás de la conversación. Así en la entrevista como en el reportaje la academia recomienda evitar la autorreferencia del periodista. Pero toda regla tiene su excepción, porque resulta que esto, la autorreferencia, de pronto se vuelve muy reveladora, imprescindible por significativa.
De entrada quiero decir: esta, la de Antonio Di Benedetto, fue una de las más complejas, de las más difíciles entrevistas entre las dos mil y pico que hice a lo largo de cinco décadas. Cuando se publicó en 1972 poco y nada le dije al lector o lectora sobre mi complicada amistad con el entrevistado. Han pasado 28 años del siglo 20 y 12 de este siglo 21; creo que vale la pena y que vale alegría compartir ahora lo que sucedió entre entrevistado y entrevistador años antes del episodio periodístico que registra esta nota. Y lo traigo porque Di Benedetto ya antes lo sacó a relucir en su última novela, Sombras nada más. En esa semificción él me nombra Alfio con un afecto y una valoración que me conmueve, y no debo defraudar.
Retrocedamos en el tiempo: inicios de la década del ’60. Comienzo en el periodismo con salario en el diario Los Andes. Como todos al empezar, hago de todo. Al mes Di Benedetto me lleva a trabajar con él en la sección Artes y Espectáculos. Allí comienza una ardua amistad: yo entendía el periodismo como un ejercicio caliente, muy comprometido con la opinión. Antonio prefería no avanzar mucho más allá de la fría información. La pulseada surgía natural; mientras, la amistad crecía. Él ya es, desde ahí y sobre todo, mi maestro del Idioma. Hacia 1967, harto de mis entusiasmos juveniles, me propuso que dirigiera el nuevo suplemento de Deportes de los lunes. Yo, encantado la vida. Claro, ahí descubrí que escribiendo sobre fútbol podía espejar los defectos y virtudes y triunfalismo y derrotismo y mañas y complejos de nuestra sociedad. En el suplemento conseguí algo insólito: tener una columna semanal firmada, cosa inusual en el diario de ese tiempo. Aquello no podía terminar dulcemente: mis columnas críticas sobre el Racing campeón del mundo desembocaron en mi despido. Me enojé con Di Benedetto, con furia incluida. Él por entonces ya era la máxima autoridad periodística de Los Andes. Yo sentí que no había sido suficientemente defendido por él ante aquel Directorio. Al tiempo, ya sin trabajo en Mendoza, fui a parar a la revista Gente. Debo decir que Antonio no se daba por aludido, no respondía a mis furias y negación hasta del saludo. Cada vez que yo viajaba a Mendoza, él llamaba a mi madre para invitarme a cenar. Yo le contestaba con palabras que están fuera del diccionario. Mi crispación no doblegaba a su paciencia ni dañaba la admiración absoluta que yo le tenía como escritor.
Se viene el desenlace de esta pequeña batalla personal: en aquella revista Gente con un tiraje que rondaba los 400 mil ejemplares (alrededor de 2 millones de lectores oscilantes), para matizar tanto divertimento y frivolidad se decidió elegir “el cuento del año”. Sin pestañear propuse: “El juicio de Dios, de Antonio Di Benedetto”. Y en simultáneo les acerqué Zama a los otros redactores que votaban, entre ellos, Mario Mactas, Alejandro Saint Germain, Alfredo Serra, Rolando Hanglin, Geno Díaz. Todos, muy buenos lectores, se desayunaron de Di Benedetto, quedaron deslumbrados y El juicio de Dios fue elegido, publicado y multiplicado. Pasó una semana y otra más. Un martes a media tarde, al rato del cierre de la revista, el secretario de Redacción, Néstor Barreiro, me avisó que tenía una llamada de “no sé quién” en su oficina. Alcé el teléfono, dije hola y del otro lado, sin identificarse, una voz solemne me dijo sobre el pucho: “Adivino el largo brazo de su generosidad en la distinción a mi cuento…” Yo largué la carcajada y en unos segundos estábamos conversando con Di Benedetto, como si nada. Le propuse hacerle un reportaje y me dijo otra vez solemne: “No creo merecerlo, pero usted, Rodolfo, bien sabe que sería un honor para mí”. Me salió otra carcajada.
Una semana después yo estaba en Mendoza con el fotógrafo Gianni Mestichelli, dispuesto a hacer la nota más difícil de mi vida. La entrevista a mi maestro del idioma, al hombre que prologaría mi El último padre. No imaginábamos, ni él, ni yo, que cuatro años después, el 24 de marzo del 76, él iba a ser apresado y torturado. Ni imaginábamos que en esos años de infierno en el limbo, nuestro diálogo se iba a volver intenso y semanal en su cárcel, en La Plata, a través de la única persona que lo visitaba (y que consiguió su liberación), la muuuy olvidada Adelma Petroni. No imaginábamos tampoco que con ese extraño diálogo, Adelma mediante, él preso adentro y yo preso afuera, íbamos a iniciar un libro a dúo cuyo título, propuesto por Antonio, sería Peligroso ser periodista.
El resto es historia conocida: Di Benedetto preso y padeciente de tormentos como tantos (entre ellos, Jorge Bonnardel, otro periodista condenado por los activos indiferentes), Di Benedetto liberado, exiliado, crucificado por la indiferencia que fue, realmente, complicidad de algunos colegas de la provincia del buen sol que, pasados los años, lo más campantes, con la impunidad de la desmemoria, hoy disertan en tributos y participan en mesas de homenaje a ese mismo Di Benedetto que en 1976 y años siguientes tiraron a la basura. Damas y caballeros, en fin.
Hasta aquí el trasfondo de esta entrevista que sucedió entre noviembre y diciembre de 1972.
¿La amistad recobrada perturbó o sirvió de algo al estricto hecho periodístico? Con la perspectiva que dan los años, puedo advertir que esa ardua amistad iba a posibilitarle a esta entrevista varios momentos que guardan la densidad de un testamento. Di Benedetto reveló entonces varias claves de su carácter, que alumbran además los recodos de su prodigiosa escritura. Podrá observarse que no sólo habló para el presente, habló para después. Después es hoy.
Aquella entrevista de 1972
El título en la revista fue: “Antonio Di Benedetto, un escritor enserio”. En el subtítulo se agregaba: “Sin emigrar de su provincia, Europa lo valora. Falta que los argentinos lo descubran”.
El copete de introducción completaba: “Antonio Di Benedetto nació, vive y escribió toda su obra en Mendoza. Sin necesidad de salir de su tierra logró trascender. Trece premios literarios, notables juicios de críticos de América y de Europa, traducciones a varios idiomas. Una excepción en este aluvión de éxitos de vidriera que nos envuelve. Un escritor de verdad, alguien que ya debería ser profeta en su tierra.”
Ya entrando a la nota, en su escritura, sentí la necesidad de presentar a Di Benedetto a lectores tan diversos como eran los de esa revista vidriera que fue Gente. Escribí:
“Es un escritor. ¿A cuántos de los que publican libros se les puede decir eso, sin agregarle ninguna palabra al costado? A pocos. Sin duda a muchos menos de los que la realidad nos muestra. Antonio Di Benedetto es un escritor. Y no precisa ninguna palabra más a la derecha de lo que es. Porque sí, Porque es.
¿Usted, lectora, lector, lo conoce? Tal vez no todavía. De todas formas, no se sienta avergonzado. Es habitual en esta fauna que no conozcamos a quienes lo merecen.
Escuchemos al propio Di Benedetto pronunciar, en cuatro pincelazos, un fragmento de su curriculum. Conviene prestar atención a la tremenda justeza y sencillez de su idioma, a su modo ceñido y pausado de escribir. Atención:
–Soy argentino, pero no he nacido en Buenos Aires. Nací el día de los muertos del año 22. Música para mí la de Bach y la de Beethoven. Y el cante jondo. Bailar no sé. Beber sí sé. Auto no tengo. Prefiero la noche. Prefiero el silencio.
Estos dos compases autobiográficos pueden servir para que vayamos teniendo una idea de la índole, de la estirpe del escritor que nos ocupa.
Di Benedetto define su situación y la del país cultural, económico y social, con ese simple “soy argentino pero no he nacido en Buenos Aires”. Todos sabemos desde siempre que este bendito-maldito país depende de Buenos Aires. El Obelisco es el filtro, la vidriera, el trampolín, el altoparlante, “el sitio donde atiende Dios”. Prescindir de Buenos Aires hoy, tal vez más que en el mismísimo 1810, significa para los argentinos someterse a un autoexilio, meterse en la fosa del más pesado anonimato. Así es la cosa en general. Pero hay excepciones. Di Benedetto trizó esa consentida normalidad. Nació en Mendoza, se quedó y vive en Mendoza, allí escribió toda su obra y, cosa excepcional, con la jabalina de su talento logró dar un salto formidable por sobre el obelisco y sus decisivos alrededores y llegó a Europa. Hoy se lo lee y se lo valora en varios idiomas. En otras palabras, modificó el metabolismo de la cultura argentina. Es un caso.
A este caso lo fuimos a entrevistar a su casa. A Mendoza. La conversación fue larga, amasada entre las horas de tres días, con el sol rotundo a veces, con el sol lánguido otras, y con las noches que ponen más sinceros a los hombres en charlas alumbradas por el vino oscuro.
“Se me ocurrió contar”
Tempranito, con el aire lavado de la mañana recién levantada, empezamos a desenhebrar la conversación. Por dónde empezar, qué preguntarle al maestro, al ex jefe tan insultado y tan respetado. Nos damos la mano. Él sonríe con los ojos. Me dice:
–Estoy en sus manos, indefenso.
–Más indefenso estoy yo, Di Benedetto. ¿Qué puedo preguntarle?
–Y no sé, es tarea suya.
–Bueno, ¿cómo se siente?
–En un banquillo, sin escapatoria.
–No le creo. Dígame sin coqueteo cómo se siente.
–Dichoso, próximo a la felicidad, ¡es que por fin estamos hablando!
Me invita Di Benedetto a su despacho en el diario. Le propongo en cambio que caminemos rumbo a la Alameda. Allí nos sentamos en un banco, junto al canal que trae bastante agua: chocolate aguado o agua chocolatada. Después de cruzar comentarios menudos, le largo una pregunta:
–¿Usted quería ser lo que es, Antonio?
–Yo quería ser político. Me pareció que la abogacía preparaba para eso. También quería ser profesor de letras. No sabía bien. Había heredado la biblioteca de mi padre. Para enseñar había que ser abogado o médico. Estudié cuatro años abogacía, como alumno libre. Progresivamente me puse a leer novelas. Estaba entre los libros de derecho y las novelas. Tuve que decidirme y me decidí por las novelas.
–¿Recuerda la primera semilla, su nacimiento literario?
–Se produjo a raíz de una muerte, la de mi padre. Yo tenía 10 años. Una atmósfera de muerte envolvía a mi casa. Había leído Juvenilia, entonces se me ocurrió contar lo que estaba pasando. Y empecé. Y eso se desarrolló. Escribía en unos cuadernos; alcancé a llenar uno o dos. Primero fue el relato directo. Después, intermediamente, incluí algunos cuentos. Pero eso no era en realidad crear. Todos podemos armar cuentos simplemente contando nuestras mentiras diarias, pero la cuestión es escribir, inventar. Esto recién lo hice a los 16 o 17 años en un libro, digamos, deliberado. Se llamaba El conventillo, incluía cuentos de diversos estilos y no tenía que ver con ningún conventillo.
“Buenos Aires me hubiera distraído”
–Di Benedetto, usted es un caso raro. No se instaló en Buenos Aires y pese a eso, logró trascender internacionalmente como pocos escritores argentinos. ¿Cómo pudo prescindir de esa desembocadura casi fatal de los argentinos?
–Es cierto, parece que los argentinos importantes han nacido o se han asimilado a Buenos Aires. Según entiendo, la gente la adopta porque es una gran vidriera; pero no sólo eso, por las supuestas posibilidades de un mercado para su inteligencia. Observando a la distancia veo que el que no le acierta se destruye y muchos de los que le aciertan terminan en la estandarización. Lo positivo de Buenos Aires es la interacción de las artes. A un escritor lo puede estimular el contacto con el buen cine, la buena literatura, los espectáculos. Todo eso lo penetra. Pero yo decidí quedarme en mi ámbito. Porque mi tipo de literatura depende de una gran concentración. Los elementos de la realidad que me han incentivado puedo desarrollarlos, luego de vivir en la calle, en un cuarto cerrado. A mí, Buenos Aires me hubiera distraído. Distraerse es salirse del camino. Ya Mendoza, tal como está, se puede convertir en factor de distracción para mí. Es muy fácil salir a la calle y perderse en el diálogo. Es muy fácil contar las novelas en el café en vez de escribirlas. Muy fácil.
El oficio, los ruidos, BeethovenLa conversación continúa en un café cercano de la calle Las Heras. Di Benedetto habla con un bolígrafo en la mano. Como no fuma, ese parece ser el objeto por donde se descarga.
–¿Cuál es su hora de plenitud? ¿La zona del día en la que mejor se siente?
–Prefiero la noche, pero la mañana es mi hora de creación. Temprano siento que la mente está muy clara. Me levanto y hablo en mí con las personas que quiero. Me imagino lo que me responden, pero después las encuentro y me dicen otras cosas y empiezo a cargarme con las ideas de otros, con las fricciones, con la trituración de la jornada. La noche nos purga. Durante el ejercicio de la trituración –como bien decía Pirandello, el gran sabio de este siglo– somos máscara, falsedad, simulación. ¡Miércoles!, todo lo que tenemos que inventar para que los demás sean y nosotros seamos.
–A propósito del inventar, ¿qué me dice del vino?
–El vino es como la noche, no nos da la claridad de la mañana, pero nos purga de la carga de mezquindades cotidianas. Es un diablito que a uno se le mete en la sangre. Después viene el sueño, los sueños, la mañana. Uno huele el yuyo, se levanta y lee el diario. Con el diario empieza uno a cargarse del mundo, del trabajo, de las ideas ajenas, del litigio, del amor, del no amor, de la traición.
–¿Y cuándo escribe?
–En las mañanas, en los domingos, me doy a esos cuentos míos de los que, alguna vez como chiste, dije que no tenían final... porque no sabía cómo terminaban.
–Zama es su libro más traducido. ¿Puede decir, Di Benedetto, cómo quedó embarazado de él?
–De Zama primero tuve claramente el final. Pensé: “¿Y ahora qué le pongo adelante?”. Me dije: “Este final es la consecuencia de algo. Tengo que descubrir lo que hay adelante. Adelante estaba yo, o el que creía ser yo, o el imaginado yo. El yo que estaba descubriendo era el hombre angustiado, en una espera desesperada. A ese hombre lo mandé al pasado para representar la sensación de nada y de vacío... Ya tenía el libro, necesitaba concentrarme, ponerme a pensar. Pedí licencia en el diario. Veintiún días me encerré. Escribía todo el día. Terminé dos capítulos de la novela, pero me faltaba el tercero. Pedí a Los Andes ocho días más y en una oficinita arrinconada terminé el libro. En el último tramo usted verá un cambio de estilo. Los primeros capítulos son de frases amplias; el último de frases breves, escrito muy rápidamente. Así nació, así hice Zama.
–Usted escribió El Silenciero. En la torturada trama de esta novela y en la vida misma, la de fuera de los libros los ruidos parecen crisparlo, herirlo hasta la violencia.
–Sí, sobre todo en una época los ruidos me hacían mucho mal. Yo para escribir los corría. Ponía la Sinfonía Coral, de Beethoven. Inundado de esa música escribía. El manto coral de Beethoven me defendía de las punzadas de los ruidos.
Las dos literaturas
Di Benedetto es muy sobrio para vestir y muy prescindente de las modas. Pocas veces se lo verá de sport. Muchas, sí, de traje, gris, oscuros. Casi siempre usa corbata. Y la corbata siempre es negra. Las camisas, blancas. Su actitud literaria se parece a su modo de vestir, sobre todo en eso de ser prescindente de las modas. Dice:
–Hay dos corrientes de libros: los libros para hoy y los libros para siempre. Yo creo que el libro verdadero es creación, es imaginación, es transformación, tiene que ser más trascendente que el momento.Actualmente nos confundimos. Antes, llegar a un libro era toda una aventura de gestación... ahora parece haber una epidemia, es como si nos dijéramos “mientras yo no me vea impreso soy un infeliz”. Somos tinta, no somos carne como pareciera que somos. Somos materia codificada, estandarizada. La pérdida del puesto, la heladera, el auto, el televisor, promueve una literatura muy momentánea. Yo creo que la buena literatura es agónica, sincera, es la que enfrenta a la gente consigo misma con entereza, con lealtad. Esa verdadera literatura no es cuantiosa, claro. Uno en un millón hace de pronto la Gioconda... es la muy particular gota que sale de un surtidor.
–Usted es periodista, ¿cómo define a ese oficio?
–Me pregunto ante su pregunta: ¿Qué es un periodista por infeliz que sea? Es un tipo que tiene una manía de servicio para los demás. Somos una especie de pequeños héroes miserables al servicio de los demás. Pero hay que establecer las diferencias para evitar la confusión, esa confusión que ha invadido a la propia literatura. Yo he detestado –y ahora me arrepiento– el libro para hoy, el libro como forma de periodismo, que tiene la caducidad del periodismo. El escritor tiene fantasía en la cabeza. El periodista tiene conciencia de los hechos, no por él mismo sino porque se le dan. El escritor, en cambio, los hace en su mente. Para redondear: la literatura es verdadera si nos agarra como seres agónicos, si no nos hace creer que somos superhombres, si nos hace ver que somos débiles, si nos impulsa y moviliza la necesidad de la conciencia y del actuar... Este es el rincón de la vida que se llama literatura y que no debe ser confundido con la literatura periodística, que ya no desecho. Lo que rechazo es la confusión entre una y otra. Por culpa de esa confusión nos hemos sublimado demasiado. Como somos hechos a imagen y semejanza creemos que somos diositos. Y no es para tanto. En realidad debemos enfrentarnos con las más pequeñas traiciones, con la infidelidad, con las deslealtades. Si una computadora de mentiras hubiese, terminaría arrancando los pelos...
–¿Los pelos de quién?
–De ella misma.
Bermejo, el sitio de la infancia
Di Benedetto nació en el centro de Mendoza, pero su niñez transcurrió en Bermejo, un lugar que se parece a su nombre. Naturalmente, Bermejo es verde. La tierra, de hondo marrón. El sol está allí como en su casa.
El auto nos lleva sin apuro, manso. Nos detenemos varias veces.
–A esta calle la llamaban “la culebra”..., esa es la escuela Alejandro Mathus, ya no es más escuela pero está tal cual. La puerta es la misma que miré cuando chico, la misma. (Di Benedetto la roza lentamente con sus dedos.) Esta es la plaza Del Buen Vecino y ese pequeño monumento lo recuerda a mi padre. Mi padre era el boticario del pueblo, tenía una farmacia y mucha generosidad, por eso este homenaje de los vecinos.
Con el bolígrafo Di Benedetto señala una huerta que está a unos cien metros.
–Me viene un recuerdo ahora. ¿Ve allí?, detrás vivía un leproso, nadie atravesaba el cerco verde y él no podía salir... Mi viejo le llevaba los remedios y le dejaba su ayuda.
Desandamos el pavimento que cubre lo que antes era huella. A la derecha, las casas, muchas pintadas a la cal. A la izquierda, la viñas. Di Benedetto sigue recordando.
–En una casa de esta cuadra vivía el caudillo del pueblo; él mandaba, él manejaba todo. Pero no tenía oficina. Por la mañana se sentaba en una silla en la vereda y allí se pasaba el día. Tenía un negrito que le cebaba permanentemente mate... Es raro, me acuerdo de esto pero no me acuerdo de mi casa con precisión. Lo que sí tengo nítido es una vez que se armó un tiroteo enfrente. Ateridos, con mi hermana y mi madre nos metimos debajo de colchones. Pero nos ahogábamos allá abajo. Finalmente tuvimos que optar entre el riesgo de alguna bala perdida o el aire. Otra cosa que me viene clara a la memoria es una pelea entre dos linyeras debajo del puente del ferrocarril. Lo singular de esa pelea es que era a alpargatazos; se pegaban sin piedad.
El Bermejo nos demora. Di Benedetto se bebe su luz. Se aparta, acaricia a un enorme plátano y le arranca una costrita. Se queda con ella, la entretiene un rato entre sus dedos. Después la guarda en su bolsillo. Se da cuenta que lo observo en esa acción; cabecea, sonríe para adentro.
El viento aquel...
Ahora es de noche. Estamos en La Marchigiana, la cantina de Teresa Corradini, la prodigiosa gringa hacedora de pastas en el día, y de poemitas en las madrugadas. El vino es tinto y está para saberlo, como tantas noches hace años. Le pregunto a Di Benedetto por el primer minuto, por el más lejano en su memoria. Se zambulle muy profundamente en un largo silencio, es como si lo paladeara hasta que vuelve a la superficie con la narración:
–Debo de haber sido muy chiquito, no tengo clara la edad pero sí el suceso. Se levantó el viento, el Zonda... yo suelo decir que soy medio tonto por culpa del viento, de aquel viento... el viento me enloquece. El hecho que vive en mí es este: yo me veo en un patio, el de la casa de mi madre, con una parra centenaria... yo estoy en un cajón demadera que me servía de corralito... he sido olvidado por la familia cuando se desencadena el Zonda. Varias horas estoy solo, replegado, indefenso. Aquel viento me enfermó. Cuando ahora corre viento, mi cabeza no es mía, parece que se llena de viento. Y sufro.
Al borde de un techo
El vino baja en la botella y sube en los corazones. La zambullida hacia adentro, hacia atrás, continúa.
–La otra muy lejana sensación que tengo es que yo estaba en un techo. ¿Jugando? Difícil, por la edad. No sé cómo me he subido al techo y me he quedado dormido casi sobre el borde del mismo. Cuando me despierto es porque he presentido que me miran desde abajo. Miré y vi a mi familia horrorizada que contemplaba. ¿Cuál fue la sensación al despertarme? La sensación de que abajo estaba el vacío total. El vacío ha sido siempre para mí una constante obsesión.
Di Benedetto a sus manos las usa, como todo el mundo, para agregarle intención a las palabras, a lo que las palabras no alcanzan a decir. Pero en él, esencialmente ajedrecista y matemático en la elaboración de sus pensamientos, en la construcción de sus frases, en él las manos tienen movimientos destinados a visualizar mediante líneas imaginarias ese denodado afán de precisión que jamás lo abandona.
Ni siquiera cuando ya es de noche, cuando hay vino de por medio, en fin, cuando se supone que uno se abandona, ni siquiera entonces sus manos dejan de trabajar así, buscando visualizar hasta los vértices. Como sucede con sus frases, esmeriladas hasta el límite del hueso cuando escribe.
Escalera hacia el agua
De los recuerdos a los sueños no hay mucha distancia. Anidan en habitaciones contiguas. Y esas habitaciones no tienen muros limítrofes. Di Benedetto sigue transitando por esa zona.
–Un sueño persistente que tengo es éste: yo subo escaleras. En cierto momento me detengo pero no encuentro posibilidad de descender. Tengo que seguir adelante. Adelante está el vacío. Me lanzo. Me lanzo y me toma el agua, y el agua me envuelve. Es un agua dibujada, un agua en espirales, estancada, transparente; desde abajo tiene vegetación que sube. Es un agua que me invita. No sé si estoy ahogado o por ahogarme. Cuando yo pienso en ese sueño veo que esa agua es el símbolo de la vida. Cada vez que me caigo me toma. Lo que me toma es la vida, porque vuelvo a subir escaleras y a caer y a subir.
–Antonio, en tantos años nunca me animé a preguntarle qué es la muerte para usted…
–Creo que la muerte es una gran serenidad... porque en la vida andamos descompuestos.
“Nuestra trituración diaria”
La noche continúa al compás de la conversación, pero ahora en otra mesa. El lento vino por testigo. Di Benedetto se ha sacado la corbata -cosa inusual- y el saco. Casi sin querer estamos hablando de los temas eternos, nada menos que de la condición humana.
–Funcionamos en base a de nuestra trituración diaria y quizá lo que damos a la humanidad son esos gestos compasivos que nosotros ejercitamos como esperando la compasión de los demás. Ahora me pregunto: ¿hasta qué punto me estimo a mí mismo como para pretender ser estimado por los demás? Porque no se es bueno en cada gesto, porque la bondad casi siempre nace de una poderosa lucha para retirar el mal, el egoísmo y la envidia a los más oscuros reductos.
Una pausa. Larga la pausa. El silencio late. Hasta que Di Benedetto recupera, con vehemencia, el pensamiento anterior. Ahora su mano derecha, con el dedo índice tenso, trabaja más que nunca.
–Porque de todos los ángeles, parece que la mayoría somos ángeles de la destrucción. Yo invito a cada ser, a cada hombre, a que grabe sus palabras y sus pensamientos desde que su mente se despeja por la mañana hasta que se reposa. Invito a que se vigile, se analice. Verá cuántas maldades, juegos, intereses, ha puesto en acción para sobrevivir ese día, es decir, no la eternidad sino una miseria de veinticuatro horas. Y esto es así porque para sobrevivir basta acumular la sobrevivencia de instante en instante, sin consagrar todas las fuerzas, como debiera suceder, o por lo menos una, la más escondida, la más económica, a algo que sea útil a los demás para tratar, de ese modo, con esos actos, de dejar de mordernos las entrañas con tanta ferocidad, como ocurre en esta aparente convivencia que es la de los seres humanos. No sé si esto que digo es una maldad... seguramente aburrirá a usted y a sus lectores.
–Los lectores no se aburrirán. Continúe, Antonio.
–Lo que más nos asola es la impureza del prójimo, pero resulta que nosotros, para el otro, somos el prójimo. ¿Cómo se cura eso? Yo no soy predicador ni moralista. ¿Pretendo una transformación de la sociedad desde el punto de vista moral? Lo que pretendo es una libertad de los sentimientos basada esencialmente en la pureza, no en la impureza, para que el amor sea un acto verdaderamente redentor y salvador, y cada hombre encuentre en la mujer que elige -y a la inversa- la garantía del goce pleno de la existencia.
Dentro de un rato asomará el sol. Ahora estamos en su casa, Di Benedetto me muestra su biblioteca. La mayor parte de los libros están empaquetados. Esos paquetes fueron inundados por un aluvión veraniego de hace tres años. Aquí Di Benedetto escribe.
Mirando los libros que guarda y los libros que hizo pienso: Di Benedetto tiene una de sus claves en el rigor, en la concentración. Es un escritor para lectores exigentes. Pero para lectores de intensa actividad. No es que sea oscuro o retorcido. Es ceñidísimo. Cada palabra que escribe es un eslabón decisivo, irremplazable. No se da ni da tregua. Una flaqueza del lector, una mosca, la más leve distracción y adiós párrafo. Hay que reiniciarlo, o dejarlo. El hilo se corta. Si uno está apurado o con la azotea cansada o con ganas de leer lánguidamente, mejor que no se meta con Di Benedetto. No podrá con él. Se quedará en el medio del camino. Y para colmo frustrado. Porque estará ante la evidencia de sus propias flaquezas de lector mal acostumbrado por la lectura complaciente y facilonga que nos abunda.
Hasta mañana, nos decimos. Es bueno dormir un poco, para poder estar despiertos.
Suicidio. Necesidad de ser amado
La mañana ha amanecido con un sol cordial, compañero. Por un túnel de árboles rumbeamos hacia Luján de Cuyo. Vamos hasta el museo que atesora los cuadros de Fernando Fader. Me animo a una pregunta no tan matinal.
–Di Benedetto, usted escribió una novela que tituló Los suicidas. El suicidio es un tema que parece obsesionarlo. ¿Entiende el suicidio como una forma de conocimiento? ¿Como un paso hacia adelante? ¿Como un estampido de lucidez? ¿Cómo qué?
–Usted sabrá que vengo de un padre que se suicidó… El suicidio es un gesto, puede ir a continuación del conocimiento. El suicidio creo existió como cosa frecuente en todas las épocas. Tal vez los guerreros al introducirse en las cruzadas eran suicidas, suicidas que buscaban la muerte por un medio indirecto ya que por religión no podían ejecutarlo por la propia mano. Lo notable es que resulta raro que el suicidio se produzca por hambre. El hambriento más bien se mutila para pedir limosna. Lo que origina el suicidio son las grandes vergüenzas, el sentido de la pérdida de la dignidad, el idealismo.
–La edad, el cansancio, ¿alimentan el suicidio?
–Lo único que no se pierde y se conserva con la edad es la necesidad de amar y ser amado. A lo mejor una gran idea ayuda a vivir a los demás, pero no a uno... uno se queda en el territorio del amor y de los sueños. Por eso creo que el gran gesto es el de borrar de una vez los sueños borrando la causa, que es uno mismo. De ahí que uno reverencie a un tipo como Albert Camus que, aunque no se suicidó, estaba minado por la muerte y dispuesto a recibirla sin esperar el paliativo de la enfermedad. Tuvo la suerte que la carretera era deslizante... Es la misma suerte que tuvieron de algún modo Romeo y Julieta, que murieron antes de que el amor se les gastara.
Años después, en 1977, encarcelado en La Plata, a través de Adelma Petroni Di Benedetto desesperado me pedirá que le consiga cianuro. Le mandaré a decir que él no se suicidará nunca, porque tiene que velar por el destino de sus libros. Con enojo Antonio me contestará que no sea impiadoso, que no le quite la esperanza del suicidio…
Los animalitos, África
Una hora después la conversación toma un recodo inesperado. Di Benedetto no sabe manejar autos. Tampoco aviones, claro. Pero de repente se entusiasma con algo inesperado...
–Lo voy a sorprender: aunque usted no lo crea yo jugué al fútbol. (En la cara se me debe notar el efecto del impacto, la incredulidad.) ¿Vio cómo lo sorprendí? Pero sí, es cierto. Jugué en Boca, de Bermejo, luego me retiré, en la quinta o en la sexta. Otra cosa que hice, porque me lo enseñó mi padre que era enólogo, es ejercitarme en los cultivos. Me gustan los oficios manuales: he tratado de ser carpintero, tengo martillo y serrucho; y le voy a decir más, lo que realmente me hubiera gustado ser es veterinario, pero en el campo. Los animalitos si se enferman mueren, si los atropella un auto no los salva nadie. Pero ya no puedo ser veterinario. Es tarde.
–Los animales, se ve, le explicitan la ternura. ¿Me contará algo de su viaje al África?
–África realmente me atraía, porque en ella iba a encontrar, encontré, el animal, lo que el animal almacena en estado natural. El animal nos acerca al mundo de la fantasía y también al del amor. Recuerdo especialmente un amanecer de dos leopardos. Los veíamos a la distancia. Ellos estaban detrás de un matorral. El sol salía. Sólo asomaban las dos colas de ellos, erectas, que dialogaban entre sí. Eran un leopardo y una leopardo, o dos leopardos muy amigos. De pronto, a lo lejos, apareció un impala. El viento en contra le permite acercarse, los leopardos no lo ven. Pero empiezan a caminar en dirección al impala, hasta que éste ve el peligro y sale disparando. Los leopardos ahora lo ven, pero siguen caminando lenta, modosamente, despacio, como dos amigos. Sí, hace bien mirar a los animales. Usted lo recordará, yo tuve un pumita que aprendió a convivir con las gallinas. Los animales tienen virtudes que nosotros no poseemos. Por ejemplo, no matan si no por necesidad.
La madre, la confesión
Otro momento. Otro lugar. Ahora una vereda cercana al canal Guaymallén. Saco un tema que para Di Benedetto es mucho más que un tema: su madre. La perdió hace menos de un año. Se va metiendo en el asunto casi en puntas de pie. Ahora está en una posición muy de él: no se cruza los brazos con el clásico ocho. No. Es como si se abrazara a sí mismo. ¿Significa algo este modo de abarcarse con los brazos? Vaya a saber. Pero lo que estoy viendo es a un hombre que se abraza con algo más que frío.
–Yo creo que el hombre no es naturalmente bueno, por el contrario, las necesidades, el afán de descollar hacen que el hombre use muchas armas innobles. Si se porta bien es por obligación de la sociedad. Adentro suyo sufre, se tortura. Por eso necesitamos la confesión. Por lo común nos rodean oídos sordos. La confesión busca sacar el veneno que tenemos adentro, busca el perdón. ¿Y quién es el ser que en forma directa nos otorga el perdón? La madre. Yo la perdí. Lo que siento en este momento es una soledad individual muy profunda, gran pudor en los sentimientos. Se me ha vuelto un tremendo problema exteriorizarlos. Si me juzgo –como todos los que fuimos inventados por Pirandello o Dostoievski– me siento absolutamente culpable y sin redención. Porque ¿quién me perdonará?
–¿Quién, Antonio?
–Tal vez éstas son cosas impropias para decir en una revista. Yo las digo. La otra alternativa de confesión la da el amor en pareja, que quizá sea la única salvación del hombre en sociedad.
Di Benedetto está hablando casi en voz baja, como en una confesión. La confesión empieza a sonar a testamento:
–Yo era mi madre. Mi madre era yo. Ya no está mi madre, Rodolfo. Estoy en la edad de morir. Ahora busco mi destino para mi hija, y para mis libros que hice con una fe creadora absoluta, inventándolos... Ahora que mi madre se fue soy un ser aislado y solitario. Para vivir no encuentro nada más razonable que esto. Para morir quisiera un lugar en el que nadie me reconozca. Vivir es un desafío. Morir es un acto de soledad, íntimo, del que ojalá nadie –en mi caso– se sienta partícipe. Cuando eso ocurra, si algo provoco, que no sea llanto sino reflexión...
“Lo único que no se pierde…”
Los largos ratos de los tres días concluyen. Quedaron muchas frases sin escribir. Por ejemplo: “Yo entiendo la existencia como un trecho entre el vacío y el vacío”... “No soy indulgente conmigo, nunca”...“Mi ideal sería ser otra cosa”... “¡Tenemos una vida más chiquita que el diablo!”... “Queremos ser todos los héroes, pero a menudo sólo somos Otelo”…
Frases de Di Benedetto que llenarían otro reportaje quedaron. Y también se quedan pendientes mis ganas de analizar y valorar sus libros, uno por uno. Pero algo más diré. Y es que Di Benedetto, Antonio Di Benedetto, por la gracia de la madre y del padre que lo parieron, escribe en castellano, pero en castellano, es decir en castellano, es decir, en este idioma tan maltratado, deshilachado, cada día más estreñido, cada día más anémico. Así es: él escribe como pocos quieren, como pocos pueden; escribe como se debe, sin urgencias. Escribe con una sintaxis que le hace bien a este pobre, a este indefenso idioma nuestro de cada día y de cada noche.
La despedida es con un apretón de manos. Él añade dos golpecitos en mi hombro. Y al rato una llamada telefónica. No es que yo quiera recurrir a la miel para endulzar el final al contar lo que sigue: Ya retornábamos a Buenos Aires. El teléfono y la voz de Di Benedetto que me dice: “Volver, ayer domingo, al lugar de la niñez, a Bermejo, fue vivificante para mí. Caminando con su compañero fotógrafo y usted por los mismos lugares de hace tanto tiempo, volví a ver a mi madre, la sentí, la percibí claramente. Si hubiera estado solo esa visión me hubiera doblado, pero ayer no. Fue bueno eso. Me refrescó la mente; la sangre, la sangre me refrescó. Gracias por todo. Reciban mi abrazo de gratitud”.
Eso dijo, antes de colgar el teléfono, el hombre que ayer pronunció con voz de confesión: “Lo único que no se pierde y se conserva con la edad es la necesidad de ser amado”.
*Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco. Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas. Para el cine escribió y dirigió “Nicolino Intocable Locche”. Dicta el seminario “Del periodismo a la literatura”. Sus libros más recientes: Escritores descalzos y Ciento un años de soledad / La entrevista como ficción.Para conocer más: www.rodolfobraceli.com.ar // rbraceli@arnet.com.ar