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Paco Pérez es de lágrima fácil. Nos gustó que le dieran bronca las demoras y los plantones en los hospitales públicos. Hay que ver ahora cómo los soluciona.

Bienaventurado el conmovido

Manuel de Paz

mdepaz@diariouno.net.ar

Lo dijo el gobernador Francisco Pérez. Fue antes de quebrarse y llorar ante la Asamblea Legislativa.

Las cámaras de TV desparramaron ese momento de emoción por todas las casas que tenían prendida la tele en los canales locales.

El llanto de Pérez iba transcurriendo junto con la mañana del 1 de mayo, uno de esos escasos días al año en que no salen los diarios impresos, ausencia que este columnista y otros fanas de la gráfica consideramos un día perdido.

La facilidad del gatillo

Con la voz hecha un hilo, el mandatario aseguró que estaba conmovido por las víctimas de la delincuencia, por los jóvenes que andan blandiendo armas de fuego en lugar de llevar una guitarra o una pelota y por los mendocinos que deben soportar plantones y desplantes a fin de conseguir un turno para una consulta o una operación en los hospitales públicos.

Cuatro días después del discurso, el accionar poco profesional de algunos efectivos de la Policía provincial ha obligado al gobernador a meter en ese listado de hechos conmocionantes al retorno del gatillo fácil policial.

Pérez y su gobierno han quedado atrapados en un fenomenal brete al matar la policía a un joven de 19 años, Franco Díaz, cuando algunos efectivos llegaron a aplacar los ánimos ruidosos en una fiesta juvenil que había sido convocada por Facebook.

Che, ¿y lo otro?

Volvamos al 1 de mayo. Me gustó, decía, cuando el mandatario dijo ante todos los legisladores que estaba muy conmovido por ciertas deficiencias de los hospitales y de la salud pública.

Ya sé que el jefe del Ejecutivo habló en ese discurso de cosas mucho más importantes, sobre todo en este momento en el que la reestatización de YPF ha inflamado la verba y los pectorales no sólo del oficialismo, sino también de casi toda la oposición.

Los partidos opositores –debe remarcarse– no se han preocupado demasiado por pedir garantías de que esta vez va a haber un manejo profesional y no clientelístico de la principal empresa argentina.

Pero permítame el lector demorarme en esto de los problemas no resueltos en los hospitales del Estado.

Y, de manera particular, en lo referente a la atención que reciben los ciudadanos que sostienen con sus impuestos la salud estatal.

Veamos, dijo un ciego

Paco Pérez se apresta a cumplir en estos días cinco meses de mandato.

En un período de cuatro años de gestión que le espera a este gobierno, lo transcurrido parece poco tiempo. Pero un asunto como el de las esperas y demoras en los hospitales no es algo que se haya desatado en esta administración.

Es algo que ya pasaba cuando Paco era ministro de Celso Jaque y que lo debe haber escuchado en más de una reunión de gabinete.

Y que también ocurría cuando estaban Cobos e Iglesias. E incluso cuando nos gobernaron don Felipe Llaver y los tres jinetes del “Equipo de los Mendocinos”: Bordón, Gabrielli y Lafalla

Además, la etapa Pérez-Ciurca es –en más de un sentido– continuidad de la de Celso Jaque. Es el mismo Partido Justicialista el que ha ganado la gobernación en las dos últimas elecciones.

¿Nunca se debatió en el Partido Justicialista cómo resolver los problemas de los hospitales?

Apasionado, se busca

En esta columna hemos dicho más de una vez que soñamos con que alguna vez aparezca un gobernador que tenga un metejón político inusual por los hospitales públicos.

Hablamos de una pasión especial que, como decíamos, por lo general no han exhibido –con éxito, al menos– los números uno que antecedieron a Pérez.

Y también más de una vez hemos comentado que una de las claves de ese accionar poco apasionado es que los funcionarios no suelen utilizar los nosocomios que ellos mismos gestionan.

Ellos, sus esposas y sus hijos se hacen atender, por lo general, en centros sanitarios privados.

La ausencia de la patrona

Vamos a un ejemplo bien gráfico: la esposa del ministro Fulano, de Salud, no tiene hoy la oportunidad de advertirle a su marido que la hicieron ir 14 días antes de la fecha de la operación para que fuera “calentando” la cama en el Central o en el Lagomaggiore con el fin de no “perder” el colchón en la fecha prevista para el bisturí.

¿Y esos 14 días de hotelería hospitalaria quién los paga? El Estado bobo. Es decir, usted de su bolsillo.

El mudo que espera

“Paciente” es un término jodido con el que se designa al enfermo.

Remite a pensar que éste, el humano enclenque, es una cosa que debe guardar silencio y no preguntar ni quejarse.

Entonces, ¿quién les paga a estos enfermos los nervios de estar “guardando cama” y que, por ejemplo, justo para la fecha prevista para ir al quirófano, los gremios de salud estatal le hagan una de las reiteradas huelgas?

Mi mujer tiene razón

Usted sabe que suele ser muy efectivo lo que puede lograr la esposa de alguien con poder si ella le comenta a éste algo que esté en las manos de él resolver.

En caso de que ella sea la funcionaria con poder, no hay nada más efectivo que su marido sea el que pase por el quirófano estatal.

Esa esposa o ese hijo o esa suegra o ese sobrino del gobernador o del ministro de Salud o del subsecretario Equis o de tantos asesores que están al reverendo cuete podrían dedicarse a tener al tanto a nuestras autoridades (si ellos también se atendiesen en los hospitales y centros de salud de la Provincia) acerca de todos los ascensores que no funcionan y que obligan a parientes y enfermos a subir seis pisos por las escaleras.

O de la clásica falta de sábanas y colchas para las camas. O de la no menos clásica escasez de insumos. O de los turnos y horarios que no se respetan en los consultorios externos de nuestros hospitales.

¿Y si suben?

Lo cierto es que los plantones, las demoras y otras faltas de respeto que sufren los “pacientes” del Estado –es decir, la gente que pone la “mosca” para sustentarlo– podrían disolverse si el afectado ostentase la categoría de “cliente”.

A ese pedestal tendrían que empezar a subir los enfermos que tanto “conmueven” al Gobierno de la provincia.

Si el pobre paciente ascendiera el peldaño citado, si conociera más sus derechos, entonces podría exigir.

“No me quejo en público porque sé que aquí hay muy buenos médicos”, suelen decir cuando llaman a la prensa al Central para quejarse.

Fin y telón

Quisiéramos hacer constar que –para no echar más leña al fuego– hemos tratado de no usar en este escrito las palabras nosocomio ni “efectores”.

Ya bastante castigados están los hospitales públicos para cargar encima con esos motes horribles.

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