Por Enrique Pfaab
Seño, ¿puedo ir al baño? Con los ojos desencajados y la cara roja, su pelo a doble cero salvo un remolino rebelde en donde muere la frente, el pibe sacude con desesperación su mano alzada, mientras junta y aprieta las entrepiernas. “Andá”, dice la mujer fingiendo fastidio, “pero la próxima vez acordate de ir en el recreo”, sentencia.
Tiene unos 30 años. Es morocha y se le nota todavía el acento cordobés. A media mañana todavía no se ha logrado despegar de su mejilla izquierda la pasta de moco, sudor y tierra que, a las 8.30, uno de sus alumnos le dejó estampada, junto con el beso del “buenos días seño Ana María”.
Es la maestra de quinto grado. Salió un día de su casa paterna, allá en Río Tercero y vaya a saber porqué razón terminó acá, en esta escuela rural perdida entre la nada. Es 1974 y el general acaba de entrar en la inmortalidad.
La seño Ana María Villegas se hizo cargo de quinto a mitad de año. No se sabrá nunca por qué razón pasó a vivir en una casita anexa a la escuela, que quince años después sería destinada al jardín de infantes. Los pibes se enamoraron inmediatamente de ella y las pibas trataron de ser sus confidentes desde el primer día.
Al poco tiempo de estar allí un muchacho del lugar logró conquistarla. Sus alumnos lo odiaron intensamente y lo bautizaron con el remoquete de “el Sardina”, por su delgadez y su andar “apretado”. El encargado de ponerle el membrete fue el Pepe, quien se había ganado ese honor por sus anteriores acertados bautizos: Fatiga, Garufa, Satanás, Chicharón de Liebre, Oreja de Chapalele, Pancutra...
Pese a su noviazgo la seño no aminoró el cariño para con sus alumnos. Al contrario, buscó la complicidad de ellos para algunas situaciones un tanto comprometidas.
Un día el Sardina apareció por el fondo de la escuela, aprovechando los frondosos pinares para ocultar su magra humanidad a los ojos de la directora. Así, de agachada en agachada, llegó hasta una de las ventanas del aula de quinto y golpeó suave. La seño lo vio. Fue hasta la puerta del aula, como para salir, pero la vieja directora andaba oteando el patio desde su patíbulo. Entonces, apurada por el amor, la seño abrió la ventana y pidió ayuda a sus discípulos para treparse a ella y saltar hacia fuera. Allí fueron los pibes, sintiéndose salvadores. Y allí tuvieron su momento de gloria: apoyaron sus manos sucias en las redondas y jóvenes nalgas de la seño, aquellas que solo se intuían debajo del guardapolvo, y empujaron... Allá fue la seño, por cinco minutos de arrumacos. Y por allí volvió, algo despeinada. El regreso al aula fue más dificultoso. Una cosa había sido empujar y otra muy distinta era tirar. Mientras uno de los alumnos hacía de campana en la puerta del aula, los otros cinchaban con todas sus fuerzas. Finalmente la maestra estuvo adentro, con las rodillas raspadas y la ausencia de un par de botones del delantal.
La seño Ana María completó quinto grado con estos alumnos. Al siguiente año, por vaya a saber que complicidad insospechada, pasó a sexto junto a ellos,... y después a séptimo. Las escapadas por las ventanas no fueron muchas más, quizá dos o tres, pese a que el Sardina se perpetuó en su puesto.
El último día de clases, cuando sus alumnos imaginaban ya su vida secundaria, el trabajo obrero o la indigencia, la seño Ana María lloró aun más que ellos.
A mitad del año siguiente, cuando ya todos estaban dispersos, llegó la noticia inesperada, como confirmando que la infancia no volvería jamás: “Se murió la seño Ana María”.
Nadie habló abiertamente de los motivos que la hicieron partir, pero los rumores fueron muchos. Desde el corazón desbocado, hasta las acciones más siniestras del Sardina que, para esa época, ya convivía con la seño.
La velaron en la escuela. Los adultos murmuraban cosas ininteligibles y miraban a los pibes como si fueran los hijos de la difunta, mientras les acariciaban las cabezas. Allí estaban los padres de la seño, que no parecían ni tan viejos ni tan sorprendidos por el desenlace. Allí estaba el Sardina, recibiendo los pésames como un viudo formal.
Aquellos, los que supieron empujarla por la ventana, tenían los ojos grandes, vidriosos y trataban de hacerse bromas entre ellos sobre cualquier tema. Las chicas lloraban, pero a los pibes les parecía de flojos largar las lágrimas y se contenían.
Fue el Pepe el que dio la voz de aura y, como en bandada, entraron al saloncito en donde estaba el cajón. Allá lo rodearon, como antes hacían en su escritorio. Roberto, Osvaldo, Eduardo, el Pepe, la Bety, Alicia...todos, salvo el del remolino en la frente, el que se olvidaba de ir al baño en los recreos. El pibe solo había logrado llegar hasta la puerta. Siete años antes, por iguales circunstancias inexplicables, había perdido a su joven madre. Ahora sentía que responder con amor a las mujeres que le prodigaban cariño, era condenarlas a la desgracia.
Por suerte el tiempo y los años fueron generosos con él, y su sentimiento apocalíptico se fue atenuando y terminó por desaparecer. En su lugar quedó solo la ternura de la maestra cordobesa, indeleble marca en su alma de hombre. En ese hombre quedó la convicción de que cultura, placer, diversión, educación, amistad, no son compartimentos estancos. Ese hombre que, todavía hoy, parece escuchar cada tanto: “Andá al baño, Enrique. Pero la próxima vez, acordate de ir en el recreo”.



