Crónica de una autopsia realizada por un maestro, el Viejo, y su discípulo, el “pibe”. Un cadáver con cuatro balazos. Una ejecución a sangre fría. Un resultado contundente.

Alejandro Sampieri, forense

Por UNO

“¡Anotá, pibe!: orificio de entrada en la región parietal derecha, ubicado a cinco centímetros por arriba del borde superior de la oreja. Orificio de salida en la región parietooccipital izquierda. El proyectil arribó de la derecha, de adelante hacia atrás. Provocó destrucción de masa encefálica y estallido de huesos del cráneo”.

El doctor Alejandro Sampieri –el Viejo, como le decían él y los otros residentes– tenía los guantes y el delantal de goma enchastrados de sangre. En cambio, el guardapolvo con el bordado azul que, debajo del nombre, expresaba “Médico forense” conservaba un blanco inmaculado. “Además de ser médico, hay que parecerlo”, les decía.

Algún día, su bolsillito también tendría bordado el mismo título, debajo de “Dr. Gustavo Portillo”. Y sería él quien dictara y sería otro “pibe” el que tomara apuntes en la libretita para después escribirlos en la computadora, imprimirlos y llevarlos a los tribunales.

Pese a que la morgue no estaba refrigerada, cuando entraron, la temperatura debía estar en 0°C como mínimo. Las heladas de otoño eran muy efectivas para conservar los cuerpos. Aun así, el cadáver se abrió como una sandía cuando Sampieri hizo las incisiones en el tórax y las piernas, además del corte con la sierra que destapó el cráneo.

“¡A ver, pibe, prestá atención!: otro impacto. Orificio de entrada en la región paraesternal izquierda, a la altura del cuarto espacio intercostal. Orificio de salida en la región escapular izquierda. El proyectil arribó en forma perpendicular por el lado izquierdo y perforó el pericardio y el corazón”.

Gustavo recordaba algunas frases de su padre que habían sido una especie de sentencia, principalmente aquella que le repitió una y otra vez, desde su infancia hasta que se fue de casa: “Uno se debe fijar sus propios objetivos y cumplirlos sin excusas. Si no los logra, más que un fracasado, es un cobarde”.

Cuando él tenía 7 años lo empezó a acompañar al trabajo y a quedarse un par de horas en la oficina. Primero era como un juego: le decía “señor comisario”, como lo hacían sus subordinados. Y su padre le respondía con tono frío e imperativo, como a ellos. Ese juego se prolongó después en la casa y terminaron quedando atrapados. Nunca más le dijo “papá” ni se volvieron a tutear. Cuando tenía que nombrarlo le decía “señor”. Y el comisario lo llamaba con un “venga, Gustavo”, cuando estaba de buen humor, o un imperativo “aquí, Portillo”, cuando andaba cabrero.

“¡Fijate, pibe, otro balazo! Orificio de entrada en el hueco supraesternal. Orificio de salida en la región intraescapular derecha. El proyectil arribó de la izquierda, por adelante. Provocó perforación del cayado de la arteria aorta”.

Gustavo se había bancado la carrera universitaria laburando en cualquier cosa: vendió libros y medicina prepaga, tocando timbres; manejó un taxi, fue conserje... Recién ahora, en la recta final, tenía un trabajo que le proporcionaba cierto placer y tiempo libre: atendía la barra de un boliche. Ganaba buena plata y lo que más disfrutaba era que le permitía tener cierto contacto con los placeres del mundo externo: alcohol, mujeres, fiesta...

Pero también ese ambiente le había acarreado algún problemita: le había agarrado gustito al juego. El buen dinero ganado más fácilmente de lo acostumbrado y su incapacidad para retirarse perdiendo lo habían metido en más de un brete. El único que sabía de esta nueva debilidad era Pedro, un amigo a quien había tenido que recurrir para pagar alguna deuda.

“Acá tenemos algo interesante, pibe. Podría ser una sola bala que produjo tres perforaciones distintas. Anotá bien. Primero: orificio de entrada en el tercio superior del muslo derecho, en la cara externa, con salida en la cara anterior interna”.

Pedro era cuatro años mayor que él. Los ligó para siempre algo que ocurrió cuando él estaba en segundo grado y Pedro en séptimo. A la salida de la escuela, un pibe de quinto lo había querido fajar y Pedro salió en su defensa. Nunca supo por qué. Lo cierto es que desde ese momento fue como su hermano mayor.

Con una capacidad innata de buscavidas, Pedro siempre andaba con plata, con buena pilcha y de buen humor. Ya de grandes, mientras él se quemaba las pestañas estudiando y la peleaba para mantenerse, Pedro había pelechado –nunca quiso averiguar bien cómo– y había logrado tener un buen pasar. Ahora, en el ambiente de la noche lo conocían como prestamista, entre otras cosas.

“Atenti, pibe, sigamos el recorrido de esa bala. El segundo orificio externo secundario está en la cara derecha del pene, con salida en cara izquierda”.

A Pedro le gustaba hacer ostentación. Tenía una cupé Mégane amarilla chillona. En su muñeca izquierda llevaba un Rolex. Siempre le decía: “Vas a ver: en dos años, mientras vos revolvés tripas, yo voy a cambiar éste por un Rolex de oro que va a valer tanto como tus sueldos de todo un año”. Pedro era así. Pese a todo, era bueno. Le prestaba la plata que necesitaba para saldar las deudas de juego y nunca le cobraba intereses.

“Mirá, pibe, el proyectil siguió. Hay un orificio de entrada en la línea media de la arcada inguinoclural izquierda. No hay dudas: fue una sola bala. Ingresó por el muslo derecho, lo perforó, perforó el pene e ingresó en el muslo izquierdo”.

Ésta era la primera vez que Pedro lo había dejado en banda. Es cierto que 10.000 pesos era mucha plata, mucha más que la acostumbrada, pero sabía que era lo mínimo que Pedro tenía guardado como “caja chica”. Por eso se quedó helado cuando Pedro le había dicho la noche anterior: “No, Gustavo. Vas a tener que buscar por otro lado”.

Como siempre, lo había ido a ver a la casa. Estaba sentado en su sillón de cuero negro y le había dicho: “Vas a tener que pedirle a tu papito”.

Pedro conocía bien al comisario. No podía creer que le saliera con esa.

“Bueno, pibe. Tenemos cuatro disparos. Uno fue en las piernas y cualquiera de los otros tres puede haber sido el mortal. Tenemos que tratar de determinar cuál fue la secuencia. ¿Qué pensás vos?”.

El Viejo siempre lo tanteaba. El sólo contestaba si estaba seguro, si no, hacía lo que ahora: encogía los hombros y se mantenía en silencio, esperando la lección.

“Podemos suponer que el primero fue el tiro en las piernas, que el tipo estaba sentado y la bala le perforó la pierna derecha y el pene y se alojó en la pierna izquierda. El homicida, después de herirlo, se acercó para matarlo”.

Él asintió.

“Los dos tiros en el pecho fueron seguidos, pero ¿fueron anteriores o posteriores al de la cabeza? ¿Qué te parece a vos?”.

Volvió a encoger los hombros.

“¿Cómo lo podemos determinar?”.

Silencio.

“Sacá de la bolsa las pertenencias que tenía el tipo”, le dijo el Viejo.

Agarró la bolsa negra. Primero sacó la camisa y se la alcanzó a Sampieri.

“Fijate: hay mucha sangre y, por la forma del sangrado, el fulano todavía estaba sentado en posición normal. Si hubiera recibido primero el disparo en la cabeza, muy posiblemente el cuerpo ya se hubiera ladeado hacia un costado y la camisa se hubiera manchado principalmente sobre ese lado. ¿No te parece?”.

Gustavo asintió.

“Entonces, pibe, la cosa sería así: le tiró a las piernas; después, dos veces al pecho y finalmente lo remató con un tiro en la cabeza. ¿No?”.

Gustavo Portillo respondió con un lacónico: “Ajá”.

“A ver, pibe, pasame la bolsa para ver qué más hay”.

El hijo del comisario se la alcanzó.

“Pantalón de jean, con los agujeros del disparo en las piernas... Pulóver, con los dos balazos en el pecho... Medias... Zapatos...Cinturón... ¿Qué decís vos? ¿Será trucho el Rolex éste?”.