ver más

Ese día un ómnibus y un camión chocaron de frente en La Paz. Después de 37 años, dos protagonistas se juntaron en un bar para hablar por primera vez de la tragedia más grande de la zona Este.

29 de mayo de 1975

Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar

Nunca hablaron de eso hasta ahora. Se han saludado siempre con un gesto, una ligera inclinación de cabeza. Quizá cruzaron alguna vez un buen día, pero nada más. Aun cuando hace 37 años los unió la misma situación.

Danilo Raúl Ronco tiene 56 años y Osvaldo Córica, 77. Están sentados frente a frente en la mesa del bar. El encuentro fue casual, pero ahora hablan, o más bien recuerdan cada uno por su lado, el 29 de mayo de 1975.

Pasado. A las 11 de la noche del 28 Danilo fue hasta el bar de los Resca, en Alem y Las Heras. Lo acompañó su padre. Allí tenía que esperar el ómnibus de la empresa Colta que lo llevaría a Córdoba para ver a su novia, Ana María. Iba a despedirse de ella, porque el 4 de junio debía incorporarse a la Infantería de Marina para cumplir los 14 meses de servicio militar obligatorio. En el sorteo había sacado el 981. El micro llegó puntual. Venía casi lleno desde Mendoza. “Yo siempre viajaba en TAC, pero esa vez no había conseguido lugar”. Danilo tenía el asiento 1, el primero del lado del pasillo, sobre el costado derecho. Cuando se sentó, notó que sólo él e Isolina Rainero, una clienta de la peluquería de su madre, habían subido allí.

Isolina tenía 61 años. Iba a Córdoba para visitar a una de sus hijas. Su hijo Osvaldo hubiera querido despedirla, pero estaba trabajando en la bodega familiar. A la mujer no le gustaba viajar con alhajas a la vista, por eso se había sacado el anillo y se lo había prendido al corpiño. También llevaba un par de cajas “con las cosas que llevan todas las madres: dulces y esas cuestiones”.

Eran años convulsionados: Perón había muerto hacía 11 meses e Isabelita tenía como mano derecha a José López Rega; ese día se cumplía el sexto aniversario del Cordobazo y había inquietud entre los cercanos al Brujo, y para colmo durante ese 28 algunas radios habían dado la noticia de lo ocurrido en cercanías de la localidad tucumana de Famaillá. Allí se había producido un enfrentamiento armado entre miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y del Ejército Argentino, el Combate de Manchalá.

Pese a esto, la mayoría de los pasajeros se sorprendió cuando el ómnibus fue detenido en Santa Rosa por una patrulla de la policía militar. Les pidieron documentos a los que via- jaban en los primeros 10 asientos. Después permitieron que el colectivo continuara su marcha.

Cerca de La Paz, Danilo Ronco iba en el preludio del sueño, pensaba en Ana María: la había conocido cuando él tenía 8 años e iba a Córdoba a visitar a Mario, su hermano mayor que estudiaba Derecho. Con ella habían compartido los juegos de la infancia, con ella se casó unos meses después, tuvo 3 hijos y de ella se separó luego de 20 años de matrimonio. También pensaba en la muchacha que habíadejado en San Martín y cuya existencia le ayudaba a disfrutar la juventud. Pero especialmente trataba de imaginar como sería su futura vida de conscripto. En el asiento 9, Isolina tal vez sólo iba soñando sus sueños de madre.

En la Paz hacía pocos días que se había concluido la construcción de la ruta de circunvalación que evitaría que el transporte de carga atravesara el pueblo, aunque todavía no estaba colocada la señalización vial. El micro de Colta se metió en esa variante y comenzó a rodear La Paz. 

Presente. Danilo Ronco no puede contener sus recuerdos. En cambio, a Osvaldo Córica le cuesta hablar. Dice uno: “Yo iba entredormido en el asiento 1, pero lo vi todo. Calculo que el colectivo iba a unos 80 o 90 kilómetros por hora, el camión venía como a 70. El colectivo salía de la variante para retomar la ruta, el camión se quería meter hacia la villa. El impacto fue terrible, casi de frente, pero especialmente sobre el costado izquierdo del micro. Yo salí volando por el parabrisas, caí como a 20 metros, inconsciente”.

Dice el otro: “Yo me enteré por radio. No daban mucha información, sólo que era un colectivo que había salido de Mendoza. Entonces me fui al bar de los Resca y pregunté si sabían algo. Me dijeron que no, pero me confirmaron que mi mamá había subido al micro de Colta”.

El camión, que cargaba aceite comestible de la marca Sinatra, se había incrustado dentro del micro y había derramado su carga. Todo era sangre, aceite, barro y gritos desesperados.

Los policías de La Paz y un micro de la empresa TAC, que iba rumbo a Mendoza, llegaron al lugar del accidente casi en el mismo momento. Mientras los uniformados improvisaban el rescate, los choferes de la TAC decidieron hacer bajar a todos los pasajeros, pese a que la temperatura ambiente rondaba los cero grados, y subieron al colectivo los cuerpos de los heridos y también de los muertos.

Después, haciendo señas de luces y sacando pañuelos por las ventanillas, se dirigieron hacia San Martín. “Dicen que ese trayecto lo hicieron en 45 minutos y que la empresa no sabía después si condecorar a los choferes o echarlos, porque el colectivo quedó totalmente bañado en sangre”, dice Danilo.

El micro de TAC dejó su trágica carga en el viejo hospital de San Martín. En la calle, la policía detenía a los peatones y en forma compulsiva los llevaba al nosocomio para que donaran sangre. Todos los médicos de la zona fueron llamados de urgencia.

Los heridos más graves pasaron a los quirófanos en forma directa; los más leves, a las camas de las salas comunes; en tanto, los muertos, envueltos en una mezcla de sangre y aceite, fueron colocados en fila en el piso de un pasillo. 

Presente. Dice Osvaldo Córica: “Primero hablé con mi hermana de Córdoba y después me fui al hospital para ver si la encontraba. No me dieron información. Todo era un bochinche. Después me fui a la morgue de Mendoza. Allí no habían llevado a nadie. Después volví al hospital de San Martín y me encontré con la señora de Resca, que me vio muy mal y me dijo: ‘Espere, yo voy a mirar’. Y se metió al pasillo donde estaban los cuerpos. Allí la encontró. Ya eran como las 11 de la mañana. Tres días después fui a La Paz y el comisario me comentó que él había sacado a mi madre del colectivo y que había fallecidoen sus brazos, y me entregó el anillo que llevaba en el corpiño”. Isolina había muerto desnucada.

Dice Danilo Ronco: “Alguien le avisó a mi padre que había ocurrido un accidente. Mi viejo corrió al hospital, con mi madre y mi hermana María Elena. Fueron directamente al pasillo donde estaban los cuerpos de los fallecidos en fila. Mi hermana me llamaba a los gritos. Pasaron frente a mí pero no me reconocieron porque estaba cubierto de sangre, aceite y barro. Entonces yo, pese a que estuveinconsciente durante tres días, levanté un brazo, según cuentan. Después el médico Julio Labrador me cosió allí, tirado en el suelo”.

El padre de Danilo fue hasta La Paz al día siguiente y allí le entregaron las pertenencias de su hijo, “salvo un gamulán que yo llevaba en la falta yque debe haber estado roto y manchado”. El hijo de Isolina también fue. A él le dieron el anillo, el bolso y las dos cajas con dulces. “Le dije al comisario que se quedaran con las cajas y las repartieran entre el personal”.

Lo dos dicen que ese día marcó el resto de sus vidas. Que después nada fue igual. Que no han podido olvidar ese día donde hubo 18 muertos. Se dan la mano y se van por separado.

Han hablado por primera vez en 37 años. Y no volverán a hacerlo.

MÁS LEÍDAS