Trevelin es uno de los terroir más nuevos de la vitivinicultura argentina. Hoy cuenta con tres bodegas consolidadas que comienzan a aparecer en varias cartas de vinos y en los últimos días el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) la reconoció como Indicación Geográfica (IG), la primera de la provincia de Chubut.

“Creemos que Trevelin tiene las bondades necesarias para realizar un buen vino, buscamos encontrar el punto de equilibrio entre el clima, el suelo, la planta y el vino. Nos desafiamos constantemente para lograr vinos honestos con identidad, únicos e inolvidables, donde la amplitud térmica y el control de las heladas son un factor determinante de los grandes vinos de Trevelin”, explica Marcelo Yagüe, de Bodega Casa Yagüe Vinos Australes, y principal impulsor de la iniciativa ante el INV, quien comenzó con este desafío de cero… y bajo cero.

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Geografía de una historia naciente

El paisaje es imponente. Para donde se mire, siempre habrá algo que detenga la vista, ya sean las montañas, el río o sus casas de ascendencia galesa. Durante el invierno, sus temperaturas pueden llegar a descender hasta los 15 grados bajo cero y en verano superar los 35º, aunque sus noches en la misma estación pueden bajar hasta los 0º.

En el año 2010, Sergio Rodríguez decide comprar una chacra en la zona, con el río Nant y Fall de un lado y una lomada del otro. Si bien todavía no tenía en claro qué quería desarrollar en el lugar, sabía que se trataría de un emprendimiento turístico abierto al público. Por la zona existen grandes plantaciones de ajos y tulipanes, pero Sergio recordaba que sus abuelos y bisabuelos tenían viñedos en Italia.

“En ese momento un viñedo parecía una locura. Pero la loma y la condición básica para la vitivinicultura nos abrieron los ojos a esa posibilidad”, afirma el emprendedor y agrega: “La pasión estaba. Si mirás atrás, la historia siempre te marca el camino. Por eso no fuimos por los tulipanes o los ajos”.

A su proyecto se sumaron sus padres y su hijo, y así fue como en 2011 plantaron la primera vid: Pinot Noir. “Pensábamos hacer base para espumantes porque creíamos que era lo máximo a lo que íbamos a llegar. Si hubiésemos sabido que era tan complicado, habríamos comenzado con otro varietal. Le cuesta mucho arrancar, hay que mimarlo mucho, es indisciplinado. Pero después de eso, ya sabés manejar cualquier variedad”, cuenta Emanuel Rodríguez, hijo de Sergio y enólogo de Nant y Fall, nombre que lleva la bodega pionera de Trevelin, donde hoy no sólo elaboran vino, sino también funciona un ecocamping con espacio especial para motorhome, el cual es considerado como el mejor de Sudamérica para este tipo de vehículos turísticos.

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Del jardín a la IG

Tres años después que Sergio –en 2014–, el matrimonio Marcelo Yagüe y Patricia Ferrari decidieron seguir el camino que habían comenzado en Nant y Fall, aunque en aquel momento fue más por curiosidad. Jamás imaginaron que esas primeras vides iban a ser el punto de partida del proyecto que hoy lleva adelante toda la familia: Casa Yagüe, donde además trabajan dos de sus hijas, Juliana y Camila.

“Los viñedos son el jardín de mi casa”, dice Patricia cada vez que le preguntan por el lugar de donde provienen las uvas con los que elaboran sus vinos. Si bien el comienzo no fue fácil, el matrimonio cuenta que hubo diferentes indicios que le iban indicando que el camino era correcto.

“Cuatro años antes de plantar, fuimos a la bodega de Weinert [en El Hoyo, Chubut, a 150 km. al Norte de Trevelin] y dejamos anotado un deseo en el libro de visitas: algún día vamos a plantar algo”, cuenta Marcelo y agrega: “Nos insistieron casi dos años para que lo hiciéramos, pero lo veníamos esquivando porque no nos convencía lo suficiente”.

Dentro de esa insistencia que menciona Marcelo, están los pedidos de sus vecinos de Nant y Fall y otros productores zonales: “Para traer un técnico del INTA (que tenía que ser de Mendoza, porque acá no había nada de viñas), necesitaban formar un grupo de cinco productores para cubrir esos costos. Ahí fue cuando nos invitaron a una reunión y nos contaron sus experiencias. Nos dijeron que todavía estábamos a tiempo de plantar”.

Los dos recuerdan la fecha exacta de aquellas primeras plantas: “Plantamos el 22 de noviembre de 2014, retarde. No hicimos un análisis de suelo ni nada. Fue muy inconsciente todo”, recuerda Marcelo y Patricia agrega: “No sabíamos ni qué bondades tenía la planta. Yo lo comparaba con los rosales, que resisten, trepan. Después fuimos sacando yuyos y sin que uno se dé cuenta te empezás a involucrar mucho. Por eso digo que la planta es el todo. Aprendimos cómo podarlas, cómo cuidarlas... pero antes de eso también hicimos miles de macanas”.

El tercero de los proyectos que se sumó a esta aventura de los vinos australes, es Bodega Contracorriente, el emprendimiento de Rance Rathie: un estadounidense radicado en el país que dedica su vida a la pesca y que así llegó hasta el sur de la Patagonia, donde hoy vive junto con su mujer argentina en el complejo de alta gama que lleva adelante desde hace más de diez años, justamente pensado para los fanáticos de la pesca. Sus primeras plantaciones fueron en 2015 -muy cerca de la ciudad- y su primera vinificación en 2018.

El nombre de la bodega hace referencia a las dificultades de los peces de nadar contra la corriente, algo que se puede asemejar al trabajo de elaborar vinos en una región tan fría y nueva como lo es Trevelin. Hoy la enóloga encargada es Sofía Elena, mendocina de nacimiento que llegó al lugar en busca del desafío de ofrecer vinos diferentes.

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De la plantación a la vinificación

El paso de uva a vino lleva tiempo y paciencia. Según suelen explicar los agrónomos y enólogos, en condiciones normales, una planta para dar sus primeras uvas para vinificación debe pasar los “primeros tres verdes”, o sea, tres años.

“El técnico venía una vez por mes, una hora como mucho. Y en el medio le mandábamos fotos preguntándoles tal cosa o la otra. Pero como todo era nuevo también para ellos, no nos daban una respuesta inmediata. Y acá no tenías a quién preguntarle nada”, cuenta Patricia recordando esos primeros años. “Cuando estábamos con las plantitas chiquitas, que no habíamos hecho vino todavía, íbamos todos a los viñedos del otro a ver qué pasaba ahí. Después hacíamos una comida. Era un lindo ambiente porque estábamos todos en lo misma”, comenta Marcelo y Patricia agrega: “Era ver los problemas de la planta en el viñedo de uno y del otro. Eso generó la fraternidad que aún hoy existe cuando hay un problema”.

Si bien Sergio Rodríguez plantó por primera vez el Pinot en 2011, fue recién en 2016 cuando elaboró su primer vino. A Sergio y familia le llevó más tiempo del esperado: “¿Qué pasó? Es el costo de ser pioneros. Nosotros plantamos las primeras plantitas sin antihelada, con un tutor y traídas de Mendoza. Cuando le dio el primer sol, se achicharraron todas las hojas, se cayeron. Después empezaron a salir brotes nuevos ya adaptados a este sol y cuidadas por el sistema de antihelada”, explica y habla sobre ese derecho de piso que tuvieron que pagar y que no quieren que les vuelva a ocurrir a otros.

“Hoy el camino está marcado y nosotros somos generosos. Vos hoy venís a plantar como nuevo vecino de Trevelin y te damos de corazón todo lo mejor que tenemos de experiencia para que ni loco cometas los mismos errores que nosotros. Apostamos a que te vaya bárbaro”.

En Casa Yagüe, la primera vinificación fue a los tres años exactos y en 2017 lanzaron su primer vino: un Chardonnay, de la cual elaboraron apenas 1000 botellas. En 2019, ya produjeron más de 3000 entre el -ya casi clásico- Chardonnay, un Sauvignon Blanc y un Chardonnay con paso por barrica. El nuevo desafío de Marcelo es el año que viene elaborar un Cabernet Franc, algo por lo que apuesta bien fuerte.

En busca de la identidad

En la región son en total siete emprendimientos: tres con marca y bodega propia, viñedos consolidados y en pleno crecimiento; más cuatro productores chicos e incipientes, que recién comienzan a transitar el camino del vino. “Un dato no menor es que los tres emprendimientos que ya vinifican están dedicados al turismo, todos con sus diferentes aristas”, remarca Sergio Rodríguez. A esos tres hay que sumar a Sendero Lodge, un petit hotel entre el río y los viñedos, que próximamente estarán elaborando su vino propio.

En esta búsqueda por la identidad, así fue llegó la tan ansiada IG Trevelin. “Tenemos que ser responsables en consolidarnos en cuanto a calidad, trabajar sobre nuestra identidad, fortalecerla desde la región geográfica hasta el vino en sí, y ser muy prolijos con lo que vamos haciendo”, afirma Sergio, quien registró la marca Trevelin apenas plantó las primeras vides: “Jamás se nos cruzó por la cabeza usarla para beneficio propio. Mi miedo era que viniera un tercero y se apoderara de eso. Nuestro espíritu es colectivo, el desarrollo propio no sirve; no sirve que nos vaya bien a nosotros y a los demás no. La clave es estar unidos”.

Esa unión fue la que transformó ese miedo de que llegue un tercero en una posible virtud: “Puede pasar que venga alguien de fuera de Trevelin; son las reglas del juego. Cuando sos el primero en algo, lo importante es mantenerse y mejorar, innovar. Cuando sos pionero y estás probando, tenés más chances de sorprender con algo distinto”, responde Patricia Ferrari.

Marcelo Yagüe agrega: “No me preocupa porque nos consolidaría geográficamente. Pero como esto es algo que empezamos desde cero, algo chiquito, todavía hay mucho para crecer y mejorar, seguir aprendiendo. Como hacemos todo a escala pequeña, queremos ofrecerte lo mejor con lo que tenemos a nuestro alcance”.

Una de sus grandes ventajas de esta IG es que todos los vinos tienen un patrón común: la marcada acidez, que los hace únicos en el mercado local. Esa acidez que no acepta medias tintas (la amás o la odiás), le da a los vinos de la región la personalidad que suele apreciar quien busca consumir vinos de diferentes terroir, donde el productor pasa a segundo plano. Algo que ocurre con los grandes terruños del mundo, como son los casos de Bordeaux, Champagne, La Provence, Rioja, Ribeiro y muchos otros donde el origen es lo más importante porque el consumidor sabe lo que quiere.

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Así son los vinos de Trevelin, con personalidad propia, ya sea un Chardonnay, un Pinot Noir, un Riesling o un Gewürztraminer: todos hablan del lugar. Marcelo Yagüe recuerda que, a pocas semanas de su plantación, un ingeniero agrónomo le dijo tajante: “Elaborar vino acá es inviable”, pero –por suerte– ninguno de los productores lo escuchó y demostraron que sí era posible.

Sólo hacía falta comprender que el frío tenía que dejar de ser un contrincante para transformarse en un gran aliado, al que hay que saber acompañar, pero que al domarlo regalará botellas dignas de ser descorchadas.

Por Gisela Carpineta y Pancho Barreiro

Especial para UNO - Di•Vino

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