Diario Uno Sociedad

Eran los tiempos en que el auto era como el caballo: marcaba el carácter, la ocupación y el linaje de su dueño. Épocas amables donde la plata no era todo

Delicias de aquellos autos, chatitas y camiones nobles, y de sus dueños

Por UNO

Por Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar

Seguir leyendo

Hubo un tiempo en que todos los autos que circulaban por las rutas argentinas eran importados. Después vino una época mejor, en donde comenzaron a aparecer algunos de industria nacional. Finalmente quedaron éstos, de multinacionales hechos en el país. Ahora, algunos prometen que los autóctonos regresarán. ¡Vaya uno a saber!

Rubén Azor, el Memorioso, tiene años y recuerdos suficientes como para relatar aquellas épocas. “La industria automotriz argentina comienza en 1952 con la producción del famoso Rastrojero, fabricado porIndustrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (IAME).

Las primeras partidas de la noble chatita llegaron al mercado equipadas con un motor naftero de la marca Willys-Overland, que originalmente estaba pensado para tractores. Ya casi nadie recuerda eseRastrojero a nafta y la mayoría supone que siempre la camioneta, a la que en algunas regiones llaman “Rastrojera”, fue gasolera. En realidad, según don Azor, esto ocurrió recién a partir de 1954, “cuando comienza la producción masiva, esta vez utilizando el motor Borgward diésel de cuatro cilindros, inyección ndirecta y con calentamiento de bujías”.

Quien escribe recuerda los dos primeros vehículos que tuvo su padre. Un viejo camión Canadiense, primero, y un noble Rastrojero coloradito con motor Borgward de 48 caballos, modelo ’58.

Ese año, también Industrias Kaiser Argentina (IKA), en asociación con IAME, comenzó a fabricar el famoso Kaiser Carabela y después los jeeps nacionales, la Estanciera y el Bergantín.

Ésos eran años peronistas. El General tenía en marcha un plan de nacionalización que incluía la producción automotriz. Hasta ese momento, en la década entre la Segunda Guerr a Mundial y la primera mitadde los ’50, los autos eran un sueño imposible para los argentinos. Pero también es un hecho que, a raíz del impulso de Perón para que fabricaran vehículos, las industrias locales descuidaron la maquinaria agrícola y esto produjo un remezón en el sector.

De esos años, Azor recuerda que “cualquier vehículo que pudiera arrancar y moverse era considerado una joya inapreciable para su propietario y digno del mayor de los mimos, ya que su remplazo era inexistente”.

Este juninense también cuenta una anécdota relacionada con los vehículos de esos años, sucedida una mañana fría –aunque soleada– de invierno en la vieja ruta 7, hoy Ruta Provincial 50, a la altura del departamento de Santa Rosa.

Allí, posiblemente apenas pasando El Mirador, un camión Chevrolet modelo ’39 estaba estacionado en una de las banquinas. Recién había despuntado el día y los tres ocupantes del transporte –un hombre y sus dos hijos varones– habían descendido y tomaban un café humeante que la “patrona” había preparado en la madrugada para darle a su familia un desayuno agradable, con algunas tortitas con chicharrones.

“En ese momento se oyó el ruido de un auto. Era un magnífico Plymounth modelo ’46, con la marca en el capot, negro, imponente, con sus tradicionales estribos y brillantes niquelados en su parte frontal”, rememora Azor.

El rodado se detuvo delante del camión y el motor quedó ronroneando suavemente. En él transitaban dos hombres bien vestidos, prolijitos, que parecían ser miembros de una familia de buen pasar.

Cuenta Azor:

“El mayor de ellos se dirigió al padre de familia y lo interpeló:

“-¿Cuánto pide por el camión? “

-¿Camión? –contestó con extrañeza el hombre.

“-Sí. ¿Acaso no está en venta?

“Mientras decía esto, el desconocido señalaba a la baranda lateral del camión que daba a la calzada, donde había un cartel pintado con gruesos trazos de una brocha encalada en los que se leía ‘Se vende’. La primera letra era grande y, a medida que avanzaba el texto, las restantes se apretaban y achicaban hasta llegar al extremo.

“Entonces, el camionero, con una sonrisa bonachona a flor de labios le dijo:

“-Venga, acompáñeme."

“Y, tomándolo de un brazo, lo llevó rodeando la culata del camión hasta que lo enfrentó a la baranda lateral opuesta. “Allí se leía: ‘…un caballo’”.