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“Nuestro” papa Francisco

Por Monseñor Eduardo María Taussig

Obispo de San Rafael

Cuando comienzan a serenarse la sorpresa y la alegría que nos produjo la elección de nuestro cardenal primado Jorge Mario Bergoglio como nuevo Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, como “nuestro” papa, podemos intentar algunas consideraciones.

Ante todo emoción, gozo, gratitud, alegría profunda y júbilo han sido sentimientos muy fuertes compartidos en el mundo entero. Y en Argentina a doble título: ¡el Papa es un argentino! Ha nacido en nuestra patria, vivió nuestra historia, vibró con nuestros problemas y sufrimientos y con nuestros momentos de felicidad. Nos conoce, nos quiere y lleva en el corazón las mismas cosas que vivimos los argentinos.

Pero ¿qué significa su elección? ¿Qué nos dice Dios con ella? Intento apuntar algunas observaciones, buscando comprender los signos que va mostrando.

Se destaca la rapidez de la elección, que a todas luces manifiesta una orientación clara y decidida de los cardenales electores y una madura coincidencia de lo que la Iglesia necesita.

El nombre elegido por el nuevo papa, Francisco, es muy significativo. Refiere al “poverello de Asís”, el hombre que más se pareció a Jesucristo y que reformó la Iglesia de su tiempo con su sencillez evangélica, su pobreza impactante y su caridad pura y transparente como agua de manantial. Todas estas son virtudes, muy requeridas para la actual situación de la Iglesia.

Se manifestó de inmediato como un hombre de oración que, además, enseña a orar. Nos hizo rezar a todos, en la plaza o ante los televisores, con el Padre Nuestro o en silencio, por su predecesor, el bien amado Benedicto XVI, por Él mismo y por todos los hombres. Impactó su pedido al pueblo de Dios reunido en la Plaza de San Pedro. Me recuerda a su “recen (o rezá) por mí”, palabras con las cuales siempre terminaba una carta, una esquela, una llamada telefónica o una audiencia formal. Mendigo de oraciones fue siempre, y ahora lo es como papa. Y nos ubica en lo que todos los bautizados podemos hacer, en lo más fecundo e importante para la vida de la Iglesia y para el bien de los demás: ¡rezar!

Tuvo una expresión de gran contenido pastoral al decir “¡hacia la nueva Evangelización!”, indicando el futuro. Consigna y meta. Proyección y mirada hacia adelante, a los que están más alejados, en las “periferias” –como le gustaba decir– o en las zonas marginales y de exclusión, sea materiales, educativas o culturales y, sobre todo, espirituales. Es, sin duda, el eje de la reflexión actual de toda la Iglesia, y el tema fundamental, que seguramente me aventuro a decir, podría ser el de su primera encíclica o carta programática.

Pidió para todos, empezando por su mismo ministerio, la protección de María Santísima. Primero con el anuncio desde el balcón y luego la concretada visita, a la mañana siguiente, a la Basílica de Santa María la Mayor, primera iglesia dedicada a la Virgen en Roma. Son gestos que expresan un rasgo distintivo de la piedad y la espiritualidad latinoamericana, un rasgo típico que brindamos desde nuestro continente a la Iglesia universal y que el nuevo papa vive con profunda piedad.

“Seguimos a Cristo crucificado, motivo de nuestra gloria”, palabras señeras que ha dicho al día siguiente de su aceptación del ministerio de Pedro, en su primera homilía, con la claridad y sencillez evangélicas. Nos invitó a caminar, edificar y testimoniar, pero siempre y sólo con Cristo y por Cristo, y no de cualquier manera, sino con “Cristo crucificado”. Este es el anuncio que debe hacer la Iglesia y claramente lo ha propuesto a todos, como único sentido profundo de la vida de quien quiera ser, de verdad, un discípulo de Cristo.

En la fiesta de San José celebrará la primera misa pública de su ministerio. Otro gesto de su devoción y confianza al padre adoptivo del Niño Jesús y protector de la Iglesia. En su querida Buenos Aires solía hacer frecuentes visitas a la basílica de San José de Flores para pedir la intercesión de aquel a quien el Padre Dios puso al frente de la providencia de la Sagrada Familia y que hoy veneramos como celestial Patriarca de la Iglesia.

Estas pinceladas han querido ir delineando un retrato. Cada día tendremos nuevos gestos emblemáticos para decodificar con atención y desde el misterio de fe que es la Iglesia. Damos gracias a Dios por nuestro Santo Padre Francisco y, como obispo de San Rafael junto con toda la Iglesia diocesana del Sur mendocino comprometemos nuestra oración por Él y la obediencia a su supremo ministerio pastoral. 

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