Por María Elena Izuel
Don Ignacio Sueta fue un gran comerciante de principios de siglo. Llegó de Buenos Aires con su joven esposa y se instalaron en una casa que estaba al lado del negocio.
Otra anécdota que me contaron sus descendientes sobre el viento cuenta que habiendo ya edificado don Sueta algunos galpones para guardar mercadería, uno de los galpones por el “vientito” fue a parar a la distancia de una cuadra, sin perjudicar a nadie; parece que no le habían construido las anclas suficientes.
En cierto momento recibió de las grandes casas de comercio de Buenos Aires una interesante propuesta, por la que debería viajar a Inglaterra a efectuar compras.
Para poder concretarlo debía ir a Buenos Aires e instalarse allí. Su esposa, que era hija única y tenía su familia en Buenos Aires, ante este ofrecimiento aceptó encantada. Vendieron las propiedades que tenían en San Rafael y tomaron el tren a Buenos Aires, que en esos tiempos tenía camarotes, ya que el viaje duraba más de 24 horas.
Don Rodolfo Iselín, que se había enterado de que Sueta iba a abandonar San Rafael y no quería que lo hiciera, viajó en ese mismo tren, no sabemos si por casualidad o no. Por la tarde don Sueta dejó a su señora y los chicos (tenían solo tres en ese momento) en el camarote y fue al vagón comedor a tomar algo. Allí se encontró con Iselín, que se sentó frente a él y le ofreció en venta una parte de la manzana ubicada entre avenida Yrigoyen, Chile y Comandante Salas para que edificara un nuevo negocio.
Estuvieron charlando largo rato. Cuando llegó la hora de cenar fue a buscar a su señora y a sus hijos al camarote para cenar y cuando terminaron don Iselín le pidió al mozo una botella de champán para festejar. Al llegar los postres hizo el brindis por la compra que había efectuado don Sueta; su esposa lo miraba asombrada, así se enteró de que regresarían a San Rafael, cuando aún no habían llegado a Buenos Aires y que en la capital sólo estarían de visita.
Como reflexión debo decir que don Iselín tenía un gran poder de persuasión y que a don Sueta San Rafael le gustaba mucho. ¿Qué dijo la señora?, no lo sé, no quedó registrado, pero ella llegó a amar mucho a esta tierra. Sabía hablar francés perfectamente y pudo relacionarse con las familias francesas que habitaban San Rafael y participaba en los conciertos que organizaban periódicamente.
En el solar que le compró a Iselín levantó su negocio, una de las más completas casas comerciales de ese momento, que pronto alcanzó gran popularidad. Fue el gran bazar Sueta.
Fue muy buena persona, trataba bien a todos sus empleados; la mayoría de los que trabajaron con él cuando se retiraban quedaban habilitados en el negocio.
En la colectividad inglesa, muy numerosa en cierto momento, vivían los hermanos Mohr- Bell, Leonardo y Alberto, ambos casados, que poseían fincas en Las Paredes y también secaderos. Por esas cosas inexplicables de la vida, fallecieron los dos con una diferencia de 15 días, por lo que sus esposas quedaron sin protección. Una de ellas, doña Valeria, no tenía hijos, pero doña Etelvina tenía 3. Después de la muerte de los esposos, heló y luego cayó una manga de piedra muy grande que las dejó sin cosechas y por consiguiente sin medios de vida.
Todos los miembros de la colectividad inglesa eran clientes de su negocio, don Ignacio, en un gesto magnánimo, le dijo a la señora que mientras ella necesitara algo para mantener su propiedad o para alimentarse lo sacara de su negocio y le pagara cuando pudiera, lo que recién pudo concretarse uno o dos años después, cuando la señora pudo cosechar y le pagó todo lo que debía. Esto nos demuestra qué desinteresado era y el gran corazón que tenía. Amaba mucho a los niños y no pudo tolerar que pasaran necesidades.
En aquel entonces, sobre la calle Chile estaban ubicados los corrales (al lado de los galpones de depósito) donde llegaban las carretas cargadas de cueros y lanas que venían de los puestos para hacer negocios con don Sueta. En los corrales largaban las yeguas madrinas y las mulas quedaban afuera, en la calle.
Mientras los hombres concretaban los negocios, las mujeres que los acompañaban iban al salón de ventas a hacer sus compras para todo el año. Los dependientes ya conocían lo que a ellas les gustaba y también las mañas que tenían; les sacaban las cajas con pañuelos de seda, que en ese entonces contenía doce cada caja. Abrían las cajas y los desplegaban delante de las señoras para que pudieran elegir y a veces pasaba que desaparecían dos o tres, luego elegían algunos y les pedían que se los facturaran, como ya sabía el dependiente que había doce en la caja, les facturaba todos los faltantes.
Cuando abrieron los bancos en San Rafael todos los gerentes le ofrecieron préstamos, pero don Ignacio jamás aceptó porque no le gustaba trabajar con créditos. La colectividad inglesa en lugar de ir a los bancos iba a cambiarle los cheques a él porque le tenían más confianza, lo tomaban a don Ignacio como a un banco.
Adquirió algunas fincas, una estaba en la zona de la entrada este de San Rafael, donde está la copa, lugar que se conocía como el Puente Calicanto y años después la S, detrás de ella y llegando hasta el río, se extendía la propiedad de don Ignacio y ahí construyó una hermosa casa donde vivió con su familia. La calle que está frente a la casa ha recibido el nombre de Ignacio Sueta.
Compró otra finca, siempre en Cuadro Nacional, entre calle Los Dos Álamos y La Intendencia, allí plantó viñas. Sus viñedos llevaron los nombres de San Ignacio, Villa Sarita y La Isabel. Al comenzar a producir las viñas construyó una importante bodega en el año 1927, diseñada por el ingeniero Ivanisevich. Fue tonelero en su bodega don Alejandro Besa. El trabajo era artesanal, embotellaban el vino a mano. Registró la marca Viejo Sueta blanco y tinto. Continuaron sus hijos con la bodega, hasta 1970, luego la vendieron a gente de Neuquén.
Por su forma de ser tan correcta, tan educada y tan cariñosa con la gente, era querido por todo el pueblo. Falleció el 11 de mayo de 1943. Al paso del sepelio todo el comercio de San Rafael cerró sus puertas.
Su legado perdura en sus hijos, que siguieron el camino por el trazado de la honradez, la seriedad y el trabajo.
