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La desnutrición, una enfermedad invalidante

Por Rubén Bergaglio

Pediatra y titular de ANIM

Podemos hablar científicamente de la desnutrición, podemos definirla, podemos tomar todas las medidas necesarias para solucionarla en cada caso, enseñarles a los jóvenes a reconocerla para atacarla como a cualquier otra enfermedad. Aun así los resultados serán malos, no llegaremos a buen puerto, hay que formar un equipo.

Aprendí a trabajar con desnutridos desde el inicio de mi formación y en una charla académica a residentes en Casa Cuna, Hospital Escuela Pediátrico de Buenos Aires, logré definir la diferencia entre un desnutrido de ciudad y uno de un lugar recóndito y lejano de la Argentina por mi vinculación al Tren Pediátrico Alma, del que fui coordinador, viviendo en la Capital Federal.

La pregunta del médico en formación fue: “¿Cuál es la diferencia entre un desnutrido de Buenos Aires y uno de Chaco?”. Creí que no había diferencia, me pareció tonta la pregunta, un desnutrido es un desnutrido, pero sí la había. Me pasaron las imágenes rápidamente de ambos en mi memoria, recordé la gente viviendo en una estación, en los vagones del ferrocarril en el norte de Santa Fe, y aquellas figuras que venían todos los días al hospital del conurbano bonaerense.

Logré mostrar las imágenes que tenía en el proyector que daban soporte a mi charla y comprendieron todos la diferencia: eran las madres, las que acompañaban a sus hijos, las diferentes en cada caso; regordetas las de las ciudades y delgadas extremas las del interior, también desnutridas como sus hijos.

Agradecí muchísimo esa pregunta que me hizo comprender que había dos desnutridos, uno pobre o debajo de esa línea, y el otro cultural, mal alimentado; me enriquecí entonces en este camino y seguí adelante en la lucha personal como uno más de mis colegas.

Seguí adelante muchos años tratando de que los padres entendieran que un niño nace y su cabecita es lo que más crece en los tres primeros años, la computadora personal, el disco rígido, el cerebro que le mejorará su vida o la invalidará para siempre. Aquel que seleccionará sus amistades, lo guiará en su camino, lo hará crecer o empobrecerse, lo hará trabajar, estudiar, caerse y levantarse o matar. ¿Qué le podemos enseñar a un cerebro que no se desarrolló y que además no estuvo motivado? ¿Cómo podemos enriquecer su vocabulario de escasas 100 palabras a mil? ¿Cómo podemos cambiarle la inclinación de quedarse con lo que quiere, sin luchar, sin perder, sin sufrir, sin crecer?

Entonces usted está entendiendo que nuestra lucha también es hacia la violencia

Hubo resultados, mejoraban, salíamos adelante, pero los próximos hermanitos pasaban por la misma experiencia y eso era desolador.

Hace unos cinco años conocí la lucha del doctor Abel Albino, con su novedoso tratamiento que abarcaba a toda la familia, que estaba integrado por todo un conjunto de personas, trabajadores sociales, nutricionistas, psicopedagogas, voluntarios y también médicos. Me pareció tan novedoso, tan complejo, tan innovador, que inicié rápidamente el camino hasta ponernos en contacto con CONIN.

Poco tiempo después nos agrupamos los que teníamos las mismas expectativas e iniciamos ANIM (Agrupación para la Nutrición Infantil y Materna), crecimos, trabajamos voluntariamente contra ese flagelo y hoy casi cuatro años después somos CONIN San Rafael, nuestro orgullo.

Pensamos que todos los frustrados intentos ya no serán, la lucha está en marcha, los colegas nos ayudan, la sociedad nos comprende y Dios nos protege; nos faltan muchas cosas desde lo estructural porque tenemos un centro de prevención recién inaugurado para armar; pero allá vamos.

Nuestro trabajo se destaca en hacer contacto con el pequeño y llevarlo a nuestro centro de prevención, diagnosticarlo, evaluarlo, concretar un tratamiento y de allí que pase por cada una de las áreas: psicopedagogía, nutrición y trabajo social; si hace falta más complejidad se logra. Se visita su hogar y se invita a sus padres a los talleres de capacitación donde los integrantes de ANIM-CONIN San Rafael, sábado por medio, damos charlas y cada grupo enseña lo que sabe, luego entregamos a cada familia un bolsón alimentario, producto de las donaciones. También tenemos colaboradores que forman parte de estos grupos, o que acomodan nuestro roperito, o que sólo se acercan y aportan algo. Todos tenemos esa obligación con la sociedad en la cual vivimos.

Gracias a todos los que nos dan una mano. Necesitamos muchas.

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