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Una fiesta animada por la poesía

Por Fernando G. Toledofgtoledo@diariouno.net.ar

Está tan instalada en nuestra cultura la frase “la tercera es la vencida” que a veces se piensa en ella como si confiáramos en una ley física (la gravedad, la conservación del momento angular). Sea en un acontecimiento deportivo, en una instancia personal o en un hecho artístico, se suele creer que allí quien intente algo dos veces no podrá fallar en la tercera. Cuando los gladiadores romanos salían a la arena sabían que para ellos la cuestión sí tenía fuerza de ley: sólo podían apoyar su rodilla en dos ocasiones, pues si lo hacían una tercera, eran vencidos.

Quizás alguien pudo pensar que la ley regiría para un puestista de Vendimia que reincidiera en la responsabilidad de dirigir el espectáculo escénico más importante del país. No habría tenido ninguna razón, claro está, para tomarlo como cuestión ineluctable, pero, vamos: al menos pensaría que la experiencia acumulada en dos puestas fallidas acabaría, como por una evolución extraída de la dialéctica, en la síntesis acabada de una tercera puesta que sacara lo mejor de las anteriores.

Esa imaginaria posibilidad, una pura ilusión basada en una falsa ley, pudo considerarse cumplida cuando Walter Neira dirigió su tercera fiesta en 2011, después de dos otras puestas (en 2006 y 2009) en las que aparecieron desajustes y errores. Pero la tercera fue la vencida y –fuera de que por cuestiones sindicales y un paro escandaloso e histórico el espectáculo tuvo una sola “función”– la suya fue la mejor fiesta de los últimos 20 años.

Con la puestista Vilma Rúpolo (la directora más reincidente en lo que va del siglo XXI) la ley, en cambio, no funcionó. A cargo de muy fallidas fiestas en 2001 y 2003, volvió a la carga en 2010 con resultados que parecieron repetir con llamativa insistencia los anteriores. Sin embargo, ya desde aquella vez, una pequeña hendija pareció dejar colar un poco de luz. La lámpara que emitía tal luminosidad estaba en un lugar inesperado por lo obvio: el guión argumental.

Llegamos a 2013 y, visto lo visto, desplegada frente a nosotros la historia reciente de las fiestas y con la fresca puesta de la Vendimia de este año, podemos decir que para Rúpolo la cuarta ha sido la vencida.

Digámoslo rápidamente: Teatro mágico de piedra y vino es lo mejor que ha dado esta experimentada directora, coreógrafa y bailarina sobre el escenario del Frank Romero Day. Digámoslo también de manera clara: no es que el suyo haya sido el mejor de todos los espectáculos puestos sobre esas “piedras mágicas” sobre las que se alza el teatro griego. No es eso, claro, pero sí es probablemente un producto de esos que aparecen sólo cuando el ensayo y el error han catalizado en una puesta digna y, en suma, sobria, sin una ambición que apunte a lo que no se puede alcanzar, porque las virtudes de cada uno tienen un límite y es difícil, a menos que el azar esté demasiado de nuestro lado, romper esa barrera.

Teatro mágico de piedra y vino es uno de los espectáculos vendimiales más claramente evocadores que han pasado por nuestro (verdadero) teatro mayor. Y esto es porque el guión de Arístides Vargas, nuestro (verdadero) dramaturgo mayor, tiene un nivel lírico y dramático tal que bien puede pensarse que con él está redefiniendo la poética vendimial, creando un nuevo canon que espante viejos y rancios versos usados por décadas y cuya sola mención parece una invitación a la parodia.

Vargas propuso algo de una simpleza básica: la historia de un hombre que rememora su infancia entre las viñas y, por la vía de los recuerdos de una persona particular, nos permite asistir a la historia de un pueblo en general. Este hombre, encarnado por uno de nuestros mejores actores (Guillermo Troncoso), convoca a pasar por las tablas, las gradas y los cerros del lugar la historia del vino, de la lucha por producirlo, de los que trajeron esa tradición a esta provincia americana, mirando su infancia con nostalgia y ternura.

El esquema remite a historias como la de la emblemática película italiana Cinema Paradiso, puesto que en la memoria de lo conseguido y lo perdido se recorre también la historia de un pueblo que vive avatares similares. El efecto, aquí, es subrayado por la aparición en escena de un niño (Gaspar Vargas, sobrino del guionista), de bella voz, quien formulará las preguntas a su madre o a su abuela que nos permitirá ir respondiendo que todo lo que un hombre o un pueblo es se construye con firmeza sobre los cimientos de lo que ha sido en un principio.

Vilma Rúpolo acertó, en este sentido, al dejar que ese núcleo narrativo (que aparecería como una aguja que va dando las puntadas que hilan rítmicamente la historia general) tuviera un protagonismo importante. No fue, sin embargo, una apuesta completa o dada a pie firme: de hecho, la puestista hizo que la carne del espectáculo la conformara la enorme seguidilla de bailes y números musicales, a punto tal que empezó con números como la Cueca de la viña nueva, que usualmente se dejan para el final.

Hubo, ciertamente, un abuso de los mismos, cuestión abusiva exagerada por el hecho de que, plásticamente, no todos los cuadros eran de gran nivel visual ni coreográfico. Ello, sumado a cierta dispersión en los climas (ciertamente, una constante en Rúpolo), aplastó por momentos la continuidad y relativizó algunos logros. Sin contar que otros instantes (el malambo de Ginastera con coreografías salidas de Star Wars, con gauchos blandiendo unas extrañas espadas lumínicas; o una evocación hollywoodense de películas y canciones de los ‘60 y ‘70, donde apareció la figura de Favio) más bien merecen ser olvidados.

Sin embargo, sí hubo bellos momentos: por ejemplo, y sobre todo, el que introduce la celebérrima Tonada de otoño, con actrices pintadas de ocre y dorado, y los momentos en que hizo su irrupción una tecnología que –como lo fue el láser en los ‘90– parece invadirá la fiesta en los próximos años: el mapping. El hecho de que algunas pantallas de LED no funcionaran y que el diseño de las cajas lumínicas –a cargo de Eduardo González– fuera lindo pero para nada impactante, permitió al mapping darle a Teatro mágico de vino y piedra momentos de imponente belleza.

Pero hay que decir que hubo algo que voló más alto incluso que esos cuadros logrados, que ese prodigio de imágenes tiñendo las piedras del teatro griego o que momentos de belleza poética del guión. Y eso que voló más alto fue la música.

El ensamble dirigido por Mario Galván se lució de un modo que, si uno lo piensa, resulta increíble que alcanzara tan notable nivel de excelencia si se tiene en cuenta que desde que suena música en vivo en la fiesta ese ítem ha sido siempre impecable. Aquí, sin apostar a logros en la música original, el grupo llevó las riendas de la fiesta con prestancia sin par, con voces de nivel superlativo (Sandra Amaya, Sebastián Garay, Fenicia Cangemi y hasta Goy Ogalde) y versiones que superaron cualquier expectativa, como la de Latinoamérica, de Calle 13.

“La tercera es la vencida, pero la cuarta es la victoriosa” podría decir, ahora, Vilma Rúpolo, con el resultado de su nueva fiesta sacudida por el aplauso de los espectadores. Puede ser. Apostando más a la vía de lo clásico (al modo de otro que dio una gran fiesta en 2007: Héctor Moreno), a caballo de un guión tan simple como inspirado, de una música magnífica y de una intención de frescura que deseche vicios anteriores, la Vendimia 2013 tuvo una fiesta digna. Era hora.

Seis curiosidades sobre el espectáculo►El cuadro en que el guión relata que su protagonista se dedicaba a vender pájaros recordó vívidamente la ópera La flauta mágica, de Mozart, y su personaje Papageno.

►Uno de los momentos de concesión popular (y peores para el espectáculo) fue aquel en el que en una pantalla se mostraron fragmentos de viejos filmes. También otro en el que se evocó la música de los ‘60 y ‘70. La aparición (sonora y musical) de Leonardo Favio al menos justificó el desatino desde el punto de vista del homenaje.

►Hubo varios problemas técnicos en el Acto Central. No sólo no funcionaron las pantallas LED de los costados del escenario y se deslucieron algunos momentos en los cerros. También hubo problemas con los micrófonos y, en algún número, sólo se escuchó la voz de algunos cantantes solistas y no de otros.

►Sorpresivamente, la música de Goy Ogalde y del grupo que supo liderar, Karamelo Santo, tuvo un lugar destacado en la fiesta. Se oyó un popurrí de viejas canciones de la banda, como Soy cuyano, Tomate un vino y La kulebra del amor. Un merecido homenaje.

►Unos gigantescos perros interpretados por actores, que sirvieron como contrapunto para la narración del actor principal, no lograron su cometido. No generaron la gracia necesaria, fueron prescindibles y, para peor, desentonaban con la estética general. Sin embargo, entretuvieron a parte de la platea más joven y cercana al escenario.

►Muchos esperaban que sonase el Himno de Mendoza, para el que la Provincia llamó a concurso y se pagaron, en total, 60 mil pesos por una criticada letra y una música que finalmente se encargó a Mario Mátar. ¿Quedará para el año próximo?