Diario Uno País

Gracias a que tienen el título de propiedad comunitaria de las tierras, obtuvieron subsidios para mejorar sus viviendas. Ahora proyectan la recuperación del bosque nativo de algarrobos.

Un viaje a la comunidad huarpe y a sus logros tras obtener la propiedad de sus tierras

Por UNO

Laura Zuliánzulian.laura@diariouno.net.ar

El suelo es de arena. Los pies se hunden y se resbalan al pisar. Hay que andar con cuidado. El camino está marcado hasta cierto punto, después ya no. No es una ciudad, con sus límites estrictos y orden delimitado.

Esta es una comunidad, no sigue las reglas de las metrópolis, tiene las suyas propias. La comunidad huarpe de las Lagunas del Rosario, a unos 180 kilómetros de la Ciudad de Mendoza, comienza a vislumbrar los cambios de haber obtenido la propiedad de sus tierras.

En ese paraje, la radio todavía se escucha, pero con dificultades, y los celulares no tienen señal. “Sólo llamadas de emergencia”, dice el aparatito propio de la modernidad. A lo largo del camino, algunos animales se asustan y corren hacia el campo con el paso del auto que deja atrás, como rastro, una enorme nube de polvo. Hay algunas señales viales que indican la llegada y esa mejora en el camino también es uno de los avances.

Parece no haber nada, lo único que se ve son esas plantas secas, desérticas, que crecen en medio de la arena, porque no es tierra ni piedras. Pero sólo hay que seguir un poco y empiezan a aparecer las primeras casas, de adobe y caña. El frío del invierno es ahí más intenso. Y el silencio es el dueño del lugar, no hay bocinazos, ni alarmas, ni gritos. Allí verdaderamente hay paz.

Una de las estructuras más grandes es la de la capilla del Rosario, que colinda con el cementerio. Y al ser blanca rompe con el color uniforme del resto de las construcciones que, hechas con la misma tierra, son marrones. Y ese tono es el que pinta prácticamente toda la zona. Esta comunidad recibió en 2010, de la mano del ex gobernador Celso Jaque la propiedad de sus tierras tras una histórica lucha.

Isaac Molina (63) peina algunas canas. “Toque timbre y espere que será atendido”, dice el cartel que está fuera de su quiosco. Hay una pequeña mesita de madera y un par de sillas. Al rato abre la puerta y atiende. Dice que no entiende mucho, que le dieron una carpeta en la que está la escritura por sus tierras.

“Vengan, entren y les muestro”, hace un ademán con la mano para que periodista y fotógrafo avancen y otra vez, al rato, vuelve con los papeles. “Esto es lo que nos dieron” y muestra la carpeta. Adentro tiene más mesas, es un pequeño restorán, todas con manteles plásticos, unos sifones arriba de una y letreros hechos en cartulina con el mensaje de prohibido fumar. De una de las paredes todavía cuelgan las luces de Navidad y cada tanto, en los postes, hay tachos de basura.

Para él, luego de que el Gobierno les reconoció su derecho como propietarios de las tierras, algo cambió y lo que pasa es que ahora “nadie va a poder quitarte tus cosas” y resume: “Yo vivo tranquilo”. Ofrece café, se lleva la carpeta y vuelve con el termo y dos vasitos de plástico. Está tan caliente que no se puede sostener en las manos porque quema los dedos. Ya había advertido: “Lo tengo listo y calentito”. Sigue la charla e insiste en que él no entiende mucho, pero sabe que las tierras son comunitarias, se agarra del respaldo de la silla al hablar y trata de explicar. Vivió toda su vida allí, excepto por los diez años en los que se fue a trabajar a “Mendoza” –como le dice– y después volvió a su origen.

Del adobe al ladrillo

Pese a la lejanía con la ciudad, las antenas de televisión satelital y las casas de ladrillos dan clara cuenta de un avance hacia la modernidad. Sí, viviendas de material. Sí, con revoque y pintura de colores. Sí, ya no es más marrón. Eligieron un verde como si dieran un mensaje, verde esperanza, verde de vida.

Y las casas de material, los baños nuevos y la mejor calidad de vida que eso les da es el avance palpable en todos los sentidos. Gracias a contar con las escrituras de las tierras, pudieron conseguir financiamiento para ampliar y hasta construir sus viviendas. Todo el proceso, como los caracteriza, lo hicieron en comunidad.

Frente al quiosco de Isaac trabajan en una de las viviendas que se diferencia bastante de las otras. Afuera está su dueño, Martín Videla que, amable y simpático, llega a la charla con una sonrisa. Isaac lo presenta y también se queda.

Martín cuenta que están mucho mejor que hace dos años, porque pudieron ejecutar los proyectos de hábitat con la ayuda de la Nación más el esfuerzo de ellos mismos. “Lo que logramos para nosotros fue un sueño, si tuviésemos que fraccionar estamos fritos”, opina sobre la propiedad comunitaria de las tierras.

Los subsidios que les otorgó el Gobierno fueron, para él, el puntapié que les permitió empezar. El dinero para los materiales llegó desde el Estado, pero fueron ellos quienes pusieron manos a la obra. “Él, por ejemplo, se construyó un baño”, dice y lo señala a Isaac. Cuenta que tener la escritura les facilitó poder llegar a esos financiamientos. “Tuvimos un reconocimiento y ahora tenemos un poquito más de derechos. Tenemos el agua y el mejor camino también”, agrega.

El símbolo de la unión

A unos diez minutos en auto de donde viven Isaac y Martín, hay otro pequeño conjunto de casas en lo que los pobladores llaman “la pista”. Un descampado que se hizo para un posible descenso de aviones. Allí los lugareños salen cuando escuchan el vehículo y la postal es similar, pero en este sector se hace más notable la llegada del ladrillo en remplazo del adobe.

En una de las casas de la familia Quiroga están todos reunidos al umbral de una galería que se extiende desde el techo de la vivienda. Abajo, todos juntos, comparten a media mañana, antes del almuerzo, unos mates. Sentados en un semicírculo, alrededor de la pava, están los niños, adultos y abuelos, todos juntos. Es quizás el símbolo de la unión bajo el brazo del progreso.

Más de 100 familias de la comunidad huarpe de Lagunas del Rosario fueron beneficiadas con los aportes de la Nación para el mejoramiento de su hábitat. Rubén Quiroga, miembro del Consejo, contó que recibieron unos $200.000 para las viviendas y que entre todos coordinaron las acciones para aprovechar al máximo los recursos. El municipio de Lavalle colaboró con el traslado.

“Antes vivíamos intranquilos por los ataques que teníamos. Pero ahora pudimos mejorar el camino y las casas y eso ya es un comienzo importante”, dice Rubén Quiroga, de hablar pausado, suave y tranquilo, que se para y deja su lugar en la ronda del mate por un momento.

Bajo el amparo de la galería reflexiona y agrega que, aunque todavía les falta mucho, este es el comienzo de una vida con mucha más comodidad y, sobre todo, tranquilidad.

Lo que todavía les falta

Los avances tras la recuperación de los títulos de propiedad de las tierras son muchos, cada vez más y de mayor envergadura. Pero para que la población huarpe de Lagunas del Rosario tenga la calidad de vida que merece todavía falta. La sequía es notable y no hace falta mucho esfuerzo ni mucho conocimiento para notar esa situación. Aunque el nombre del paraje incluye la palabra “laguna”, agua no hay por ningún lado.

Las más de 100 familias del paraje reciben agua mediante una red potable que distribuye el municipio. Pero los animales padecen la falta de este líquido vital. Y la crianza de caprinos es su principal sustento económico. Entonces, en este punto hay un problema.

“Las lagunas están secas, los animales no tienen qué comer y el agua para ellos todavía es poca”, señala con preocupación Martín Videla y mira hacia el sector donde debería estar el agua, pero donde sólo hay arena.

Más allá de las necesidades urgentes para la subsistencia, la preocupación de los adultos también está puesta en los jóvenes. A pesar de que el Gobierno de Mendoza inauguró la escuela primaria Nº 1748 en la zona, no cuentan con una secundaria. Rubén Quiroga advirtió que los adolescentes de la comunidad no tienen dónde continuar sus estudios.

Construirán vivero para poder reforestar

La comunidad huarpe de Lagunas del Rosario ya mejoró –y aún lo hace– sus viviendas. Ahora va por más y tiene en marcha el proyecto de recuperación del bosque nativo. Poblar sus campos de chañares y algarrobos será una realidad, así como lo fueron las casas de ladrillo y los caminos transitables.

La Secretaría de Agricultura Familiar de Mendoza, que depende del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, destinó en abril de este año $109.000 para rescatar el bosque nativo mediante la restauración ambiental. Erica Nievas, del Consejo de Participación de Políticas Indígenas del municipio de Lavalle, contó que la omunidad del Rosario está dividida en cuatro zonas y que cada una de estas tiene proyectos diferentes de acuerdo a sus realidades.

“Una proyecta hacer un vivero en el cual pueda realizar la replantación y la reforestación y repartirlas a toda la comunidad, a diferentes zonas, viendo el tema de riego por goteo. En otros sectores los proyectos incluyen artesanías, un cierre perimetral para mantener las especies de algarrobos más grandes y protegerlas de que se las coman los animales”, explicó Nievas sobre los emprendimientos.

La legalización de las tierras es, según la especialista, un paso fundamental para la concreción de todas estas iniciativas porque sin la titularización de las que corresponden a la comunidad no podrían ejecutarse. En el futuro de la población, Nievas imagina que el sistema económico que sostienen va a mejorar.

Frente a la desertificación que avanza, la reforestación abre la posibilidad de extender la producción.

Otro proyecto es el de realizar un galpón de almacenamiento para la comida de los animales –que funcionará como un fondo rotatorio dentro y mantendrá la economía de las familias que es la crianza de caprinos–, que va a ampliar su sustento y ese es el punto al que quieren llegar. “Además podrán elaborar productos como es la algarroba o la harina de algarroba y venderla o también fabricar el arrope que se hace del chañar”, agregó Nievas.

El espacio geográfico en el que está ubicada esta comunidad es parte de la zona de secano, con clima árido y lluvias anuales que no superan los 120 milímetros. El deterioro de los bosques nativos que hoy padecen las lagunas es producto de los cambios en las condiciones del caudal de los cursos de agua, en este caso, del río Mendoza.

Para poder poner en marcha el plan, la Secretaría de Agricultura Familiar junto con el municipio y los propios pobladores buscarán formar sistemas silvopastoriles que permitan el manejo y aprovechamiento múltiple del bosque, aprovechar productos no madereros –como semillas, frutos, raíces– y cultivar especies nativas mediante la recolección e instalación de viveros, recuperar sitios degradados con la implantación de plantines de especies nativas locales y sistema de clausura, y disminuir el impacto causado por el ganado en los árboles. 

 Embed      
Símbolo del avance. Al amparo de una galería hecha con los subsidios para la mejora del hábitat, la familia Quiroga se reúne a tomar mate a la mañana.
Símbolo del avance. Al amparo de una galería hecha con los subsidios para la mejora del hábitat, la familia Quiroga se reúne a tomar mate a la mañana.
 Embed      
Antes y después. Los pobladores dejan atrás el adobe y lo reemplazan por las construcciones hechas de ladrillo.
Antes y después. Los pobladores dejan atrás el adobe y lo reemplazan por las construcciones hechas de ladrillo.
 Embed      
En conjunto. Entre todos compraron materiales y economizaron recursos.
En conjunto. Entre todos compraron materiales y economizaron recursos.
 Embed      
Emilia Erbetta
Emilia Erbetta