Diario Uno País

La concientización es más importante que la sanción, aunque yo apostaría también al control estricto.

Un Tacchi para ordenar el tránsito

Por UNO

Por Paola Piquerppiquer@diariouno.net.ar

En la década del '90, un grupo de inteligencia fiscal de la DGI (Dirección General Impositiva) se ganó el mote de Los Intocables. Encabezaba la cruzada contra la evasión Luis María Peña, quien llegó a denunciar unos 800 casos que involucraron a grandes empresas y a contribuyentes ricos y famosos.

Para esa época también se destacaba Carlos Tacchi, el recordado secretario de Ingresos Públicos, que pese a sus métodos polémicos se vanagloriaba de haber cuadruplicado lo recaudado. “Voy a hacer mierda a los evasores” fue una de sus frases emblemáticas.

Otro recaudador grabado en la memoria popular fue Santiago Montoya, que perseguía a los deudores de Buenos Aires por todo el país.

No pretendo hacer juicios de valor sobre ninguno de los tres, porque sus medidas fueron cuestionadas en diversas oportunidades. Lo que nadie puede poner en duda es que ellos se erigieron como los funcionarios que te caían encima para ver si tenías los papeles al día.

Un líder así, que rompa esquemas, que se salga de las casillas, que patee los tableros, que imponga un estilo es el que me vengo imaginando desde hace años al frente de la seguridad vial de la provincia.

No porque lo que se viene haciendo esté mal. De hecho el director del área, Erwin Cersósimo, puede ufanarse de que existe una tendencia a la baja en la cantidad de muertes por accidentes de tránsito. Pero no alcanza.

Los que salimos a las calles, sea en auto, moto, como peatón o ciclista, manejando un taxi, un colectivo o un camión, jugamos a cometer infracciones hasta donde podemos, al borde.

Si no vemos policías cerca, hacemos la “U”, aceleramos y cruzamos en amarillo, ignoramos la senda peatonal, transitamos por el medio de la calzada aunque nuestra movilidad nos obligue a hacerlo por la derecha, circulamos a la velocidad que nos gusta y no a la que indican las señales viales, tomamos alcohol y después manejamos, total la muerte es siempre de otro, “a mí es difícil que me pase”; nos adelantamos en la ruta aunque la línea amarilla nos advierta de que hay que esperar unos tramos.

Si creemos que “por un ratito” no van a pasar los inspectores municipales nos estacionamos en doble fila, o tapando el portón de un vecino, o usando el espacio destinado a discapacitados o embarazadas.

Comparto lo que sostienen los expertos, para quienes la concientización es mucho más importante que la sanción. Cersósimo, incluso, considera que educación vial debería ser una materia obligatoria en la primaria, como matemática, lengua o historia. Si la idea es buena y viable me pregunto por qué no se puede llevar adelante en el corto plazo. ¿Tan complicado resulta coordinar entre las áreas del Estado involucradas? Este es uno de los problemas: la imposibilidad de concretar los proyectos, de avanzar.

El otro escollo, a mi entender, es el “mientras tanto”. Hasta que las campañas surtan efecto y hasta que los niños educados hoy sean los buenos conductores del mañana ¿nos sentamos a esperar?

Acá es donde me imagino al Tacchi del tránsito en acción. Un sabueso persiguiendo infractores. Día y noche. En el microcentro y en los alrededores. En las rutas y accesos. En los callejones y a la salida de los boliches.

“Estamos permanentemente en las calles con operativos”, me contesta Cersósimo. Le creo.

Un detalle: manejo desde hace 20 años. Por mi rutina hago entre 40 y 50 kilómetros por día y jamás me han hecho un control de alcoholemia. ¿Pura casualidad? Es factible. Levanto la vista. Le pregunto a mi colega Sara González, que también conduce varias horas por semana, y ella ha tenido la misma “suerte”. No digo que para muestra alcance un botón. Pero sí que somos hijos del rigor y que mientras se nos ocurre tomar conciencia algo hay que hacer. Para eso hace falta fuerte decisión política y, de ser posible, que además se note.