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Mauricio Loyola tiene 25 años. Es humilde pero la “pelea” todos los días, con trabajo y estudio. Se toma varios colectivos para cumplir con las tareas que eligió llevar adelante. Trabaja por su cuenta, no está dentro del sistema de la co

Un cuidacoches que busca superarse trabaja en el microcentro de Mendoza

Por UNO

Por Leonardo Otamendiotamendi.leonardo@diariouno.net.ar

Trabaja, estudia, vive solo o más bien con sus hermanos, tiene aspiraciones, está todo el día fuera de su casa cumpliendo con obligaciones que eligió; para ello, toma varios micros y es feliz. No es un joven al que sus padres le pusieron un negocio y le dieron un departamento mientras cursa la universidad. Es un cuidacoches, al que una mujer miró con desconfianza porque vio que un periodista le estaba haciendo una nota. Es más, no le gustó a la señora esa situación.

Sin perjuicio de que a un chico puede ser muy responsable más allá de que sus padres le brinden algunas facilidades, Mauricio Loyola, de 25 años, es un joven que la rema y la rema bien. Cualquiera lo puede encontrar en calle Espejo entre 9 de Julio y España. Esa es su cuadra, como le llama él a su espacio de trabajo.

Mauricio es un cuidacoche que no está formalizado por la Municipalidad de Capital. Trabaja por su cuenta y su tarifa por cuidar un auto es “la voluntad de la gente” asegura y con convicción dice: “Yo con 50 centavos soy feliz”.

Y esa felicidad se le ve en la cara. Trabajar en la calle, que de por sí es hostil para cualquiera, va curtiendo a las personas, las vuelve más serias y en algunos casos más violentas.

Mauricio parece escapar a esos conceptos. Sonríe mucho, siempre está contento, saluda con un beso y su personalidad tiene una cuota de inocencia, aunque claro, esto es subjetivo.

Pero su vida no es fácil pero parece linda y él la cuenta con alegría. Sus días son rutinarios pero productivos. Vive en el barrio Vicente Martino de Las Heras. Se levanta y viaja a un curso de capacitación laboral hasta Godoy Cruz. Sale al mediodía y va al centro a cuidar autos y a veces lavarlos. Allí está tres horas y vuelve a Godoy Cruz, para asistir al colegio, hasta las 20. Esto no le pesa y por el contrario, lo entusiasma.

“Me levanto a las 6 y me apuro para poder hacer el trasbordo de colectivos para llegar hasta el barrio Pablo VI (Godoy Cruz) donde hago un curso de cocina”, comenzó contando Mauricio.

Hace un año y medio comenzó a aprender cocina en un centro de capacitación laboral. Le gusta hacer de comer y habitualmente cocina para sus hermanos, de 23 y 22 años. Los tres viven en una casa solos, sus padres están separados. “Nosotros nos pagamos todo y tenemos excelente relación con mis padres y las parejas de ellos”.

En este centro laboral Mauricio aprendió su especialidad: hacer espaguetis. Pero son las salsas las que les gusta hacer, aunque también está pensando en conocer más sobre cortes de carne.

A las 13 sale del curso, que dura tres años, y “en el primer micro que agarro me vengo al centro a cuidar coches”, relató. En calle Espejo trabaja hasta las 16 y “en un buen día, con lavado de autos, llego a hacer $120 pero en un mal día, unos $30”, detalló Mauricio para quien su día no termina ahí.

“A las 16 entro al colegio. Estoy cursando primero y segundo año. Me queda un año y medio para terminar el secundario”, dijo y explicó que para hacer el curso cocina tiene obligación también de asistir a clases y pasar de año, porque recibe por ello una beca de $450 mensuales.

Es decir, en 18 meses Mauricio tendría un certificado de ayudante de cocina y su título secundario. Apenas hace dos años su vida no era así.

“Por un problema familiar me peleé con mis hermanos y me fui a la casa de una familia amiga. Fueron muy buenos, me re bancaron dos años, aunque yo trabajaba acá en la cuadra y con otros trabajos que me salen de vez en cuando. Pero el dueño de casa, el padre de mi amigo, me dijo que yo tenía que estudiar. Sólo había hecho hasta sexto grado. Pero me motivó y terminé la primaria y comencé el secundario”, recordó.

Mauricio estudia porque quiere más. “Con el secundario puedo trabajar en un supermercado”, consideró pero no descarta ir a la universidad al consultarle por esa posibilidad.

Este cuidacoches se gana todo a base de esfuerzos y simpatía. Los encargados de un restaurante de esa cuadra lo invitan a almorzar de vez en cuando y los de la tienda de al lado le han regalado ropa.

Quizá hacen esto por él porque con el tiempo han advertido de su perseverancia. Otras personas le dejan sacar agua del edificio en el que viven para que pueda lavar los autos de sus clientes y los comerciantes de la zona le piden que les dé una miradita a los locales.

Esto hace que Mauricio no se sienta discriminado, aunque no siempre fue así. “Antes, hasta hace dos años, me vestía con gorrita y notaba que la gente me tenía desconfianza. Pero ahora no, no siento eso”, afirmó. De todos modos, él no consume drogas y cuando algunos cuidacoches o trapitos se acercan a su cuadra y se drogan, les pide que se retiren.

Posiblemente para muchos Mauricio no hace nada de extraño o sobresaliente en su vida y quizá tengan razón. De seguro hay muchos Mauricios en Mendoza, pero quien suscribe no los conoce y este joven de calle Espejo despertó su admiración.