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Opinión: Hay que promover los días de la mujer

Por Gabriela Figueroa

Periodista y escritora

Es un poco tedioso andar diciendo hoy “Feliz Día de la Mujer”. A mí no me gusta, y eso que milito los temas de género (género = feminismo, pero con mejor prensa).

Sabemos que es discrimatorio. “Discriminación positiva”, argumentan los sociólogos. “No nos quedó otra para hacernos oír que imponer días y fechas y cupos”, pienso yo.

Y así llegamos a armar los 8 de marzo como día de reflexión. Este año, las más jóvenes van a movilizarse pidiendo por las Johanas, por las Soledades, por todas aquellas niñas vulnerables que desaparecieron y se presume son víctimas de la trata de personas. Otras enarbolarán las banderas del derecho personalísimo de ser dueñas de su cuerpo (gran debate postergado si los hay). Los municipios, las entidades, los sindicatos y el Gobierno harán lo suyo, porque ya funcionan áreas de la mujer en casi todos lados.

El 8 de marzo se llenarán los Facebook, teléfonos celulares, mails con “Feliz Día de la Mujer”, y alguna frase bonita nos masajeará el ego o quizás nos regalen una flor.

La idea de esas pioneras del género dan sus frutos: otro día más para pedir por la no invisibilización de la mujer golpeada, de la mujer dañada psicológicamente. Pedir por los derechos que no se ejercen (denunciar los casos de violencia, tener un abogado, recibir atención médica adecuada y protección del agresor). Pedir por guarderías en los lugares de trabajo, entre tantos sueños.

Este año, la senadora Alejandra Naman pidió que el 30% de las calles mendocinas lleven el nombre de mujeres destacadas. Algo así como el cupo femenino, pero no en las urnas. Otras legisladoras y funcionarias también harán anuncios y presentarán proyectos.

Hoy, 8 de marzo, alguna mujer morirá por aborto clandestino. Alguna sucumbirá por amor. Alguna se prostituirá por un cigarrillo de marihuana. Alguna será madre y cumplirá el sueño de su vida. Alguna tendrá un ascenso laboral porque se lo merece. Otra será discriminada por su físico o su edad.

Entonces, no se puede abolir el 8 de marzo, ni ningún día que conmemoren gestas femeninas, ni el cupo en las elecciones. Porque mientras una sola mujer padezca alguna injusticia por el sólo hecho de ser de sexo femenino, todas, grandes, chicas, altas, bajas, gordas, lindas, con plata, pobres, discapacitadas, universitarias, analfabetas, vamos a seguir llenando espacios donde podamos insistir en lo mismo: una vida digna, con iguales oportunidades, en donde no primen las normas culturales, sino las normas del afecto, y la razón. Ser queridas, valoradas por quienes somos y lo que hacemos. Construir un entorno de amigos y afectos que nos permitan levantarnos cuando tropezamos.

Queremos trabajo. Tener los hijos que podamos criar. O no tener hijos, si es nuestra elección. Que respeten el feminismo como un movimiento que durante mucho tiempo luchó para que la mujer tuviese las mismas oportunidades que el hombre (estudiar, trabajar, votar, comprar y vender bienes).

Que los hombres con poder y los empresarios ayuden a sus empleadas a ser las madres de los hijos que van a gobernar en el futuro, o van a decidir los destinos de muchas instituciones, y no las despidan cuando se ven venir una maternidad próxima.

Queremos que nos eximan del culto a la juventud eterna, a la belleza artificial, de cuatro horas de gimnasio ocho veces por semana para que no se nos caiga nada.

Queremos que estén presos los asesinos de las Noritas Dalmasso, que aparezcan las Maritas Verón y que sean echados los jueces que no sirven para nada.

Mañana será 9 de marzo. Se acabarán los actos, las marchas. Y las mujeres seguiremos pidiendo lo mismo: respeto y afecto. No somos el sexo débil, ni nunca lo fuimos. Somos sexo, alma, espíritu, cuerpo, que busca en otros sexos, en otras almas, en otros espíritus, en otras mentes y en otros cuerpos su completud, pero en el marco de la libertad y la igualdad.