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Las propaladoras de pueblo y su resistencia

Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar

“¡Treinta huevos por una batería viejaaaaaa!”, retumba la voz saliendo de un altoparlante oxidado, montado sobre el techo de una F 100 modelo ’65. Entre grito y grito se siente un ruido parecido a “...gggg… jjjjjjjjjjj…” que vienen de ese equipo de sonido, demasiado viejo y maltratado.

En un rato pasará una camionetita y un parlante más modernos, que anunciarán: “¡Señooora, llegó el pescaderoooo!. Luego vendrá el 3 CV con la propaganda: “¡Últimas funciones del gran circo de los hermanos Vergaraaaa!”.

Y así seguirán pasando. El desfile comenzó a la mañana temprano con la corneta del canillita, que recorre el barrio en bicicleta. A la siesta sonará el silbato del heladero.

En esta época en donde uno cree que todo es tecnología y que la vida está en internet, todavía en la calle quedan resabios de otros tiempos, y todo es mucho más humano y real que los 300 “amigos” de Facebook.

La propaladora sigue siendo la forma más directa de promocionar, vender y canjear.

La efectividad de lo viejo

En la mayoría de los pueblos y ciudades chicas (y no tanto) de Mendoza y gran parte del país, todavía se ofrece y negocia así. Casa por casa.

Aún en las ciudades grandes algunos emprendedores se dieron cuenta de la efectividad del viejo sistema y, con bicicletas arrastrando un carrito con grandes carteles, se publicita la inauguración de aquel boliche y se muestra lo tentador que es el nuevo alfajor.

Por las calles del pueblo el mismo 3 CV, rojo y desarmado, hoy anuncia las funciones del circo y mañana promocionará las ofertas de un negocio “vende tutti”.

También pasará un verdulero andante. En una mano llevará las riendas del caballo y con la otra sostendrá el micrófono del megáfono, que va conectado a una batería de 12 voltios. En el carro llevará las frutas y verduras de estación. “A cinco pesos la sandíaaaa. Aproveche doña: los cinco kilos de papas por 8 pesoooos”, gritará.

Hasta hace poco solía verse en alguna de estas “ciudades-pueblo” el paso de lo que fuera alguna vez un “trencito de la alegría”, armado para pasear niños.

Su dueño le había sacado todos los asientitos y lo había convertido en un extraño camioncito con cabina de locomotora. Compraba chatarra, botellas y cartones.

Parece que los padres de hoy ya no pagan paseos infantiles y en cambio están dispuestos a recibir unas monedas por la mugre que juntan en el desván. Hace unos meses que ese trencito ya no pasa. Hay dos posibilidades: se rompió o su dueño pasó a mejor vida.

Propalar desde el aire

Pero la propaladora no es necesariamente un auto viejo. También puede ser un avioncito salido del aeroclub más cercano.

En él van un instructor y un muchacho que está sumando horas de vuelo para obtener su matrícula de piloto. De paso, le hacen publicidad a la municipalidad, que ha pagado para la vecindad se entere del próximo festival. Con esa plata cubren algo del costo del combustible.

Hay de todo. En estos lugares uno puede sobrevivir perfectamente sin salir de la casa y también enterarse de todos los eventos importantes que ocurran en la zona.

Las ofertas son de lo más variadas. A veces insólitas. Hace poco quien esto escribe se cruzó con un hombre en bicicleta que en el canastito de adelante había colocado un cartelito que decía: “Peluquero a domicilio”, y cada 20 metros gritaba su pregón: “¡Diez pesos el corte de peloooo!” y hacía sonar una cornetita para subrayar la oferta.

Desde una motoneta Siambretta del año ’60, conducida por el mismo hombre que la compró cero kilómetro, se ofrecen plumeros, lampazos y escobas. Y hay que aprovechar porque en los supermercados ya no se venden plumeros. En realidad ya no se venden en ningún lado. Sólo este hombre los tiene. Vaya uno a saber de dónde los saca.

Relaciones humanas

Sin saberlo ni buscarlo, estos personajes mantienen viva una forma de relación comercial mucho más humana que la que se usa actualmente.

Pero así como tienen mucho de pintoresco y de agradable, así también generan algunas incomodidades. Seguramente el grito de “treintahuevos…” sonará justo en el momento en que el bebé está a punto de dormirse después de berrear durante tres horas. O la oferta de sandía interrumpirá la siesta recién lograda.

Quizás el pescadero pasará en el mismo instante en que Piazzolla deleite con Adiós Nonino. Pero, aún así, la misión de estos personajes es encomiable.

Después de todo el silencio absoluto se parece mucho a la muerte. Es preferible que un pregón destemplado rompa la paz.

Quizás algún día necesitemos esa oferta de hierros para la construcción, bolsas de cemento y alambre liso para cerco de la ferretería del pueblo.

Posiblemente sea bueno que nos recuerden que el club de fútbol local recibe este fin de semana en su estadio al poderoso rival, que va puntero en la tabla. Tal vez nos convenga comprar la bolsa de harina de 50 kilos y la grasa para las empanadas que necesitamos hacer con los otros padres de la cooperadora de la escuela.

Seguramente usted, lector, verá pasar a alguno de ellos por el frente de su casa. Quizás el grito de alguno le haya obligado a interrumpir esta lectura.

Un consejo: no tire este diario. Júntelo con los otros. Un día de estos pasará alguien con un carrito que, junto con el motor ya inútil de la heladera, se los llevará y le dará unas monedas.

Este escriba ha descubierto que aquí está el futuro. Sólo será necesario una bicicleta rodado 28 con freno a varilla, un cornetín en la mano y gritar fuerte: “¡A cinco pesos la historiaaaaa!”.