Diario Uno País

Cientos de niños y niñas que viven en la provincia se ven obligados a realizar duras labores, que están muy lejos de lo que necesitan para su edad. Las consecuencias suelen ser drásticas.

El trabajo infantil deja secuelas en la salud y en la vida social

Por UNO

Cecilia Amadeoamadeo.cecilia@diariouno.net.ar

La mamá de Pablo pensaba que su nene de 7 años tenía piojos y por eso no le dio mayor importancia cuando se quejaba de que le picaba la cabeza. Pero en el control con el pediatra descubrieron que tenía una infección llena de gusanos, producto de rascarse una lastimadura con las manitos llenas de tierra por arrancar la papa. Seis meses estuvo Laurita (6) internada con tutores en las piernas luego de que, en un pestañazo, la rueda de un tractor que arrastraba una máquina de sulfatar la aplastara y le triturara los huesos de la cadera para abajo. Éstas son dos historias de las cientos de chicos mendocinos que sufren en sus cuerpos los estragos del trabajo infantil, ya sea porque ellos mismos realizan tareas o porque acompañan a sus padres en sus labores.

La primera de ellas la vivió en carne propia Nancy Cejas, licenciada en enfermería que se desempeña en el Centro de Salud Nº22 de El Pastal, Las Heras, apenas a 20 minutos del centro mendocino yendo por la ruta 40.

“Era un chico desnutrido, con las manitos muy lastimadas. Tenía una infección por algo en la cabeza y, cuando lo empezamos a curar, le salían gusanos y más gusanos. Después de un tiempo, el niño se recuperó, pero hubo que llamar a la asistente social y hacer la denuncia ante el juzgado”, recuerda la enfermera del caso de Pablo.

Cejas relata que por la zona de influencia de esa posta sanitaria viven muchos extranjeros –especialmente bolivianos– y argentinos venidos del Norte, como salteños, que son contratados para atender las plantaciones de vid de fincas y que de paso aprovechan parte de la tierra para trabajarla con productos de temporada, como choclos, porotos y tomates, “como para hacer una diferencia”.

Por lo general, la familia completa se dedica a las labores culturales y los niños –aunque duela– no son más que mano de obra. “A veces tienen muchos chicos y por uno solo no se movilizan hasta el centro de salud. Sí los vemos cuando llega la época de la entrega de leche. Ahí los traen al control del niño sano, pero casi siempre están enfermos”.

Paridos en la pobreza y la ignorancia –porque seguramente usted, lector, jamás confundiría una herida supurante de gusanos con una simple pediculosis–, los pequeños que trabajan sufren devastadoras consecuencias en el corto y el largo plazo.

“Un niño es frágil. No puede soportar pesos ni acarrear cosas porque sus huesos son elásticos y se deforman. Los brazos les suelen quedar más largos que las piernas, por el esfuerzo que hacen. Ahora que viene el invierno, aparecen los problemas respiratorios por el frío que pasan al estar todo el día al aire libre. Vienen con las manitos llenas de sabañones... Les pica y se lastiman. Lloran. Lloran mucho. Pero siguen

trabajando, arrancando la papa o el ajo de la tierra”, narra y se estremece.

Las consecuencias

Cosechar uva, manzanas, tomates, zanahorias, cebollas, ajo... Colaborar en aserraderos, hornos de ladrillos o en la industria metalúrgica.

Deambular por la vía pública como cuidacoches, limpiavidrios, cartoneros, mendigos... Según la Subsecretaría de Trabajo, éstas son las modalidades de trabajo infantil más comunes en Mendoza, las cuales producen  consecuencias a nivel educativo, como deserción o bajo rendimiento escolar, o dificultades para asistir a la escuela, en el mejor de los casos.

A nivel social, “se les impide a los niños y niñas su derecho a jugar y disfrutar de sus amigos y de su tiempo libre, incidiendo en los procesos propios del desarrollo del aprendizaje humano. A diario, el niño enfrenta un mundo adulto con exigencias que no son acordes a su edad, generando en ellos estrés, angustia y vulnerabilidad, con riesgo de situaciones de violencia, abusos físicos y psíquicos”, explica un informe del Gobierno sobre el tema a poco de conmemorarse, el próximo 12, una nueva edición del Día Mundial contra el Trabajo Infantil.

¿Pero qué pasa a nivel de su salud física y emocional? ¿Cuáles son los principales problemas de salud que sufren los pequeños que trabajan? Ricardo Miatello, director de Centros de Salud y pediatra de turno que atendió a Laurita en aquella oportunidad, advierte que en cada etapa de la vida hay impactos distintos.

“En la primera infancia, hasta los 3 años, el niño suele acompañar a los padres en su trabajo o quedar en lugares que no son los adecuados, al cuidado de hermanos menores”.

Así, hay bebés que duermen en cajones de tomate al pie de la hilera, expuestos al sol –y por ende a la deshidratación– y a picaduras de insectos o mordeduras de animales. O un menor de 9 años que cuida a sus  hermanitos de 6, 3 y 1 años; es decir, un niño que “vela” por otros tres.

En la segunda etapa, entre los 3 años y el inicio de la escolarización, como el chico ya camina bien, sirve de ayuda para llevar y traer herramientas.

Aparecen los accidentes, como las caídas a canales de riego o las lesiones con tijeras de podar y otros instrumentos. “El chico no evalúa la situación de riesgo: le da lo mismo ir por el callejón que por al lado del canal”, advierte Miatello.

En la etapa escolar, Miatello asegura que “te das cuenta cuál es el chico que trabaja: es retraído, no es sociable, tiene sueño. No tiene el mismo ritmo social del que viene de una infancia tranquila y de juego.

Suele incorporarse tardíamente al ciclo escolar por estar trabajando en la cosecha. Sufre deshidrataciones y quemaduras por el sol en el verano y bronquitis, bronquiolitis, adenoiditis y resfríos en el invierno. Entre sus tareas se incluye el acarreo de cosas, ya sean herramientas o el producto de la cosecha, y apilar adobes o maderas”.

Por último, el médico analiza el trabajo adolescente, “donde el papá lo lleva a trabajar con él para que no ande en la calle. De esa manera lo aleja de las drogas, de la delincuencia y de otros problemas típicos de la edad, pero lo acerca a otros. El más grave es la deserción definitiva de la escuela, la falta de metas hacia el futuro”.

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Muchos niños mendocinos trabajan en talleres, hornos de ladrillos, la cosecha o la calle, limpiando vidrios o mendigando.
Muchos niños mendocinos trabajan en talleres, hornos de ladrillos, la cosecha o la calle, limpiando vidrios o mendigando.
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