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El Gobierno local no monitorea los hogares para discapacitados

Enrique Pfaabpfaab.enrique@diariouno.net.ar

Hay personas con discapacidad que reciben una atención de primera calidad y otras que están desnutridas, deshidratadas, llenas de piojos, al borde de la inanición. La suerte que corre cada uno no depende de cuánta plata tenga su familia, sino de la obra social que posean, ya que no hay un organismo de control que supervise el servicio que se les brinda a quienes están internados en los hogares de Mendoza.

“Nunca ha habido políticas para la discapacidad. Las personas con discapacidad estaban ocultas y había muy poca participación de la comunidad y del Estado para tratar el tema. Ahora la cosa cambió, se comenzó a trabajar y aparecieron las enormes falencias todas juntas”. La frase de Alejandra Berlanga, integrante de un grupo de padres autoconvocados por la discapacidad, quizás sea la mejor explicación resumida de por qué hoy todos se sorprenden con la detección de hogares, antes llamados asilos, que tienen mal atendidos a sus internos.

También causa estupor que no exista un organismo de control que se encargue de realizar inspecciones y auditorías periódicas. Y además es increíble que, pese a que existe un nomenclador nacional que fija categorías y tarifas para saber cuánto se debe pagar por cada atención y cada interno, las obras sociales y hasta la Dirección de Discapacidadprovincial negocien por separado su propia tarifa.

“En estas condiciones, por más que el Estado no lo quiera admitir, generamos personas con discapacidad de primera y de cuarta. La falta de empatía es total”, dice Fernando Alín, del Centro Amigo del Discapacitado Motriz (CADIM).

La voz oficial

Curiosamente, nadie niega el problema, tal vez porque ya no hay manera de ocultarlo. Mary Cabutti, titular de la Dirección de Discapacidad de la provincia, acepta que su área no puede pagar lo que dice el Instituto Nacional de Servicios Sociales por cada persona que debe internar en algún hogar. Diario UNO tuvo acceso a una planilla de octubre de 2012 que detalla los valores que deben ser abonados. Hasta esa fecha, por una internación permanente en uno de estos hogares con educación terapéutica el valor era de $11.197 mensuales. Dicen que ahora ronda los $13.000. Cabutti reconoció: “Nosotros en un hogar no categorizado, en febrero pagamos $3.700 y a partir de abril pagaremos $4.300”. Y agregó: “Los hogares atienden a afiliados del PAMI, de OSEP, del PROFE (ahora programa federal Incluir Salud) y de nuestra dirección. Dentro de esta variedad de instituciones se pagan diferentes valores. Cada uno negocia”.

Pero pagar menos redunda en una diferencia muy significativa en la calidad de vida que tendrá el interno de allí en adelante. Los que mejor están son quienes son afiliados de PAMI, ya que este organismopaga según la tarifa  oficial y sus afiliados pueden ser alojados en los mejores hogares.

Pero hay algo más importante aún: los controles. “Los controles de los hogares los hace cada organismo, por sus internados”, dice Cabutti y como PAMI es el que mayor dinero desembolsa, es quien más controlasi su plata  redunda en una buena calidad de atención para su afiliado.

Pero pese a que alumbrar sobre este rincón oscuro genera dolor, muestra falencias y la Dirección que comanda Cabutti no sale indemne, la funcionaria sostiene: “Todos tenemos que colaborar en esto y es bienvenido el ruido que haya con este tema”.

La lucha para que atiendan a su hijo

Roberto tiene hoy 46 años pero su madre, que ahora tiene 78, todavía recuerda su nacimiento. “Fue en el hospital de Rivadavia. El bebé pesaba 4 kilos y medio y estuve todo el día gritando, tratando de dar a luz.En esa época  allí no se hacían cesáreas. Entonces, después de muchas horas, lo hicieron nacer con fórceps. Eso le generó un problema de retraso. No habla bien y nunca aprendió a escribir. Sólo hace rayitas y circulitos”.

La sufrida mujer se hizo cargo de su hijo con el mismo amor que cualquier madre. “Los niños siempre lo rechazaron, entonces él se relacionó con personas adultas”, cuenta.

Pero la vida de madre e hijo se complicó cuando la mujer quedó viuda. “No sabía cómo contenerlo, entonces decidí que lo mejor era internarlo y fui a un hogar de buena reputación. Lo llevé un lunes. Me mostraron el lugar y cómo trabajaban. Estaba todo muy bien. Lo dejé y volví el miércoles para una entrevista con una psicóloga. Mientras yo hablaba con ella, lo escuchaba a Robertito que me llamaba. Pedí verlo, pero me dijeron que no porque debía adaptarse y verme podía entorpecer el proceso. Me fui angustiada. El viernes me llamó el dueño del lugar y me dijo que fuera a retirarlo, que no se había adaptado. Yo le dije que lo ibaa ir a buscar en colectivo y el hombre se ofreció a traérmelo en su vehículo. Cuando se bajó del auto, Roberto estaba dopado, se le caían las babas y no fijaba la vista”, relató la mujer.

Después de esa breve experiencia, Roberto volvió a vivir con su madre. Hace unos años descubrieron CADIM, la asociación sin fines de lucro que trabaja con personas condiscapacidad, está integrada por padres y cuenta con una completa plantilla de profesionales. “Yo voy a CADIM a ayudar no sólo a Roberto sino al resto de los chicos. Incluso, ahora voy tres veces por semana sólo para aportar mi trabajo. Yo me siento muy bien. Y mi hijo también”, dice aliviada.

La mamá de Roberto descubrió que existen otras maneras de trabajar con la discapacidad y que el dinero y la infraestructura no son determinantes. La vocación y el cariño sí.