País

El crimen de la mujer más bella, última parte

Por UNO

Por José Luis Verderico

verdericojl@gmail.com

@jlverderico

Miércoles 4 de enero de 1978. Mendoza. Sexta Sección. Once y cuarto de la mañana. 

El teléfono de la familia Magadan suena otra vez, impaciente, con la misma urgencia e insistencia de las últimas veinticuatro horas, a contar desde que Chiqui encontró muerta, asesinada para ser más precisos, a su amiga, la bellísima Adriana Mónica Magadan, de veintidós años, a quien pasó a buscar para ir a la pileta del Club Mendoza Regatas. 

Los ambientes de la vivienda de dos plantas de calle Granaderos 1800 se habían impregnado lentamente de un perfume floral que al comienzo era suave y se tornó  empalagoso con las paso de las horas hasta volverse ese típico olor que uno se lleva metido en la nariz cada vez que recorre un cementerio. Las flores son todas para Adriana y sus restos son velados en la casa. También para ella son todas las lágrimas.

Por fin, alguien levanta el auricular, se lo apoya en la oreja derecha y se tapa la izquierda para escuchar, dejando a un lado los sollozos y los lamentos, saliendo de esa pesadilla. 

–Hola, hola...

–El auto que están buscando está en calle Lavalle cerca de la Costanera. Clic.

La voz masculina no mentía: el Fiat rural 147 gris claro de los Magadan, modelo ’73, robado del garaje instantes después del crimen y que fue chocado, en desesperada fuga, tres veces contra un carolino situado frente al portón, estaba estacionado a metros de la Clínica del Niño, de la Sociedad Española de Socorros Mutuos y de la plaza Sarmiento. Casi en el límite entre Ciudad y Guaymallén. Cerca del Hospital Central, donde la madre de Magadan, Elena Artaza, trabajaba como asistente social y a veces se cruzaba con un médico, que estuvo bajo sospecha (ver aparte).

Susana, la hermana menor de Adriana, salió disparada del velatorio. Quince minutos después reconoció el vehículo y vio  gran cantidad de sangre en el habitáculo del conductor, el volante, el torpedo y el asiento trasero. Llamó su atención el hallazgo de un objeto: las tijeras que Mario Magadan, el padre, usaba para recortarse el bigote y guardaba religiosamente en el baño de la planta alta. Conclusión: Adriana corrió al baño y se defendió a tijeretazos antes de caer al piso, en agonía. Para los pesquisas, el asesino salió herido. La investigación criminal no dispuso la realización de un examen bioquímico para determinar el grupo sanguíneo. Hubiera sido un primer paso importante para una búsqueda tan compleja como estéril, ya que a 37 años del homicidio no se sabe quién o quiénes mataron a Adriana Mónica Magadan. Como el primer día, el caluroso martes 3 de enero de 1978.

El matrimonio de galenos, otra vez en la picota

Magadan padre fumaba en el patio de la casa, cerca del limonero. La tristeza ya había comenzado a tragarlo. “Vamos a tener que contratar a Kojak para enterarnos de algo”, recuerda Susana que ironizó el entonces ejecutivo de Yacimientos Carboníferos Fiscales, frente al nulo resultado de las investigaciones del crimen. Teo Kojak era aquel inolvidable detective calvo, impecablemente trajeado, de voz seca y grave y usuario de delicados sombreros interpretado por el actor Telly Savalas para la televisión norteamericana y cuyas aventuras eran furor también en Mendoza en los canales de aire.

El caso Magadan, como se lo había conocido en todo el país –diarios porteños y revistas de variedades y de casos policiales de circulación nacional le habían dedicado espacios enormes en las primeras semanas– estaba en fojas cero. Planchado. Cayó en ese pozo tras una serie de acciones policiales y judiciales que generaron grandes expectativas, pero que con el correr de las horas se desvanecían.

Diario UNO reconstruyó hace una semana la primera parte de esta historia nunca resuelta, y de inmediato, como en aquel enero de 1978, sonaron fuerte los nombres de dos sospechosos de ser los autores materiales e intelectuales del horrendo asesinato: un matrimonio de médicos. Y se repitieron las diversas motivaciones que habrían tenido para actuar: pasionales, para la mayoría.

Más allá de los mitos urbanos, el diario El Andino anunció en tapa en  su edición del 17 de enero: “Detuvieron a una médica”. Ya en la página 7, daba cuenta de que, según las autoridades policiales, se había arribado al “esclarecimiento” del caso Magadan con “la detención de una joven médica, casada y madre de tres hijos, que junto a su esposo integraban el círculo de amistades de la familia”.

Esta información encajaba perfectamente con algunos aspectos criminalísticos analizados en la escena, como que Adriana Magadan recibió las tres cuchilladas mortales en partes del cuerpo que una vez afectadas desencadenarían la muerte, como la región lumbar y el pecho del lado del corazón. Y el hallazgo, junto al cadáver, de un mechón de cabellos que no pertenecían a la víctima.

El matutino Mendoza fue más amplio al considerar que la autoría del crimen había sido atribuida a “una pareja de profesionales. Ella está detenida en el Palacio Policial. La declaración de una amiga íntima de Magadan”, señalaba la crónica, fue clave. También aportaba datos adicionales acerca del rodado recuperado: “Anduvo cuarenta kilómetros por terrenos terrosos y con barro antes de ser abandonado en Lavalle casi Costanera de Ciudad”.

La orden de que no se publicara “nada más” 

La contundencia con que la prensa mendocina anunciaba el esclarecimiento del caso Magadan por la detención de la médica se estrelló, en las ediciones periodísticas de los días posteriores, contra una “desmentida oficial” contundente. El entonces jefe de la Policía de Mendoza, comisario general Raúl Alberto Ruiz Soppe, desmintió rotundamente los anuncios. Así, entre el 18 y el 19 de enero de 1978, los matutinos y el vespertino que circulaban en Mendoza terminaron otorgando gran espacio al comunicado oficial, que fue reproducido frase por frase y palabra por palabra. Lo llamativo vino después: la prensa no volvió a publicar más información acerca del crimen de Adriana Mónica Magadan, la mujer más bella de Mendoza.

Un ex periodista del desaparecido diario Mendoza evocó, días atrás, en una animada charla con colegas acerca de casos criminales intrigantes, que una tarde de 1978, cuando el caso Magadan estaba en la apoteosis informativa y captaba un alto interés social, una autoridad ingresó a la redacción y sin esperar comentario o repercusión alguna se retiró con paso apretado después de ordenar: “Del caso Magadan que no se publique nada más”.

¿Qué sucedió con el matrimonio de médicos bajo sospecha? ¿Por qué ella estuvo detenida? ¿Por qué emigraron a Europa poco después de las versiones tan enfáticamente desmentidas? ¿Por qué les atribuyeron el crimen? ¿Por qué aun hoy, 37 años después, se los sigue mencionando como responsables?

Otras dudas atormentaron al entorno de la víctima y a la sociedad, que revisita el caso y opina. ¿Por qué la Policía de Mendoza disponía el cambio de destino operativo de los investigadores que alguna vez avanzaron hacia la resolución? ¿Taparon a alguien? ¿A instancias de quién?

El terror también se palpitaba en la Sexta Sección

Un estudiante de Medicina, un rugbier que ejercía la ingeniería y una amiga de Magadan pasaron momentos de terror a poco de descubierto el asesinato. Lo mismo le sucedió a Susana Magadan, por entonces de dieciocho años y madre de una preciosa beba que era el desvelo de la bellísima tía Adriana.

Por separado, ellos y muchos otros testigos y allegados fueron interrogados en repetidas oportunidades por autoridades policiales en la Comisaría Sexta, por entonces situada en calle Aristóbulo del Valle 429, a la vuelta de la casa de la tragedia. 

Mendoza y el resto del país sangraban por las heridas que abría la dictadura militar y eran horas en las cuales muchos no confiaban ni en su propia sombra, y mucho menos si había que presentarse o ingresar a una dependencia policial –seccional  o el Palacio– o del Ejército. 

Por todo esto, el futuro galeno (no era el sospechado), el deportista,  la joven amiga de la víctima y la hermana menor nunca acudieron solos a ninguna de las convocatorias. Siempre lo hicieron acompañados por los padres y hasta con el asesoramiento de abogados. 

Sentían ellos que ingresar a ese edificio policial, que cada noche era epicentro de gritos desgarradores, torturas y cautiverio y sometimiento y vejaciones, podía ser el último acto en vida.

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En la Costa Atlántica. Adriana Magadan, en un retrato familiar tomado casi tres años antes del escalofriante final.
En la Costa Atlántica. Adriana Magadan, en un retrato familiar tomado casi tres años antes del escalofriante final.
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Escultural. En otra postal de vacaciones.
Escultural. En otra postal de vacaciones.
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El Fiat rural. Una voz anónima avisó por teléfono que estaba abandonado cerca del límite entre Ciudad y Guaymallén.
El Fiat rural. Una voz anónima avisó por teléfono que estaba abandonado cerca del límite entre Ciudad y Guaymallén.
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La escena. Fue hallada muerta en la planta alta de la casa.
La escena. Fue hallada muerta en la planta alta de la casa.

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