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En el Día de la Libertad de Expresión, creer o reventarse

Por UNO

Escoliosis, la columna torcida de Ariel Robert

Ante la preocupación de la industria informativa por la escasa avidez del público en adquirir sólidos argumentos y solventes opiniones, la única respuesta posible para quitarle dramatismo es: Dios proveerá.

Es irrelevante averiguar el posible parentesco con el famoso Baltazar. Este Garzón no es juez pero sí fiscal. Raúl Garzón es quien tiene la causa. En Córdoba capital.

El caso. Un muchacho de 20 años –aproximadamente– desnudo, se arrojó al vacío. Se lanzó desprovisto siquiera de ropa, desde un sexto piso, mientras pronunciaba con su máxima potencia vocal: “soy Dios”. Increíble. 

Increíble. Aunque suene obvio (o pedante la explicación), increíble significa que no es posible considerarlo cierto (al hecho, al sujeto o al relato), que no merece crédito.

Lo que otorga legitimidad y verosimilitud es tan increíble como el hecho. Le asignamos carácter certero porque el tema está descrito en un expediente, ya ingresó en la burocracia judicial y de ahí, los medios obtuvieron la primera información. Versión que será ampliada y completada con los testimonios de quienes dicen haber estado ahí, y con la voz de autoridades del hospital adonde aún está internado ese joven, que se precipitó intencionalmente desde seis pisos de altura y está prácticamente ileso. Eso dicen los medios, suficiente para considerar que es verdad.

Aún no cuenta con carátula firme. Según trascendió, este muchacho cuando tomó la temeraria decisión, no atravesaba por un estado depresivo, y sugieren que estaba estimulado por alcohol y quizás por el coro de amigos que compartía la fiesta. 

La elección de ponerle título a la crónica es decisión editorial de cada medio. 

Con total libertad y arbitrio. Alguno optó por colocar el término “milagro”. 

Suena ampuloso, aunque es correcto e irrefutable. Milagro refiere a los acontecimientos admirables, infrecuentes y a esos hechos que rompen la serie estadística. Este suceso cumple todas las condiciones, sólo inquieta la relación del título con el pronunciamiento del joven (“soy Dios”).

Siempre cabe una explicación. Desde la física, indican que fue el tendido de gruesos cables lo que amortiguó la caída directa. Esta vez la energía eléctrica se antepuso entre los 14 metros y el asfalto del barrio Cofico. De otro modo, la proporción de los daños hubiese sido de tal magnitud que haría imposible que el muchacho siguiera respirando, con todos sus huesos en los lugares correspondientes y los sesos dentro del cráneo

Con los datos recabados estamos en condición de sostener que se trató de un brote psicótico. De acuerdo. Aún no se ha expedido el forense que actuó para saber si había consumido, además de alcohol, alguna substancia química. Correcto. Según el relato del portero, cuando se acercó para asistirlo, nuevamente repitió que era Dios y le pidió que se alejara. 

Se constató que apenas sufrió algunos rasguños. Los amigos manifestaron que no pudieron sujetarlo cuando con inusual rapidez se quitó la ropa, se aproximó al balcón y dijo: “Voy a volar porque soy Dios”. 

Cada cual podrá especular, deducir el porqué, conjeturar el cómo, suponer adónde y también contamos con la facultad de sospechar sobre la veracidad de esta información. Caer desde la altura adonde se sujetan los cables con destino piso es una distancia considerable, raro que no exista siquiera un severo traumatismo. Por caso, ya estaríamos hablando no de un milagro, sino de dos. Arrojarse desde esa altura y en vez de pasar directo al suelo, hacer una escala en los cables, el primero. El segundo, caer desde los cables al duro hormigón y apenas magullarse. 

Una conjunción de acontecimientos provoca una noticia. Un extraño trance de un estudiante universitario. Un autoempujón voluntario desde un sexto piso. La suerte de que existan cables suspendidos. La vitalidad que proporciona la juventud. La fe –o la insanía mental–, que hace más piadosa a la ley de gravedad. 

Ninguna de las crónicas, ni siquiera en esos sitios digitales de escasas visitas, abordaron el asunto desde otra perspectiva. Nadie se arriesga en darle crédito al joven. Y guarda lógica. Si en verdad fuera Dios, no tiene ninguna relevancia andar desnudo ni juntarse con amigos a tomar algo. Y evitar el ascensor no alcanza la categoría de milagro.

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