Diario Uno País

Lucas Taylor, casado y con un hijo, llegó desde Mar del Plata al Este de nuestra provincia. Con la camiseta de Alvarado realiza sus destrezas en San Martín. Conoce casi toda la Argentina.

De Mar del Plata a Mendoza: el malabarista que recorrió el país con su arte

Por UNO

Enrique Pfaabpfaab.enrique@diariouno.net.ar

SAN MARTÍN– El flaco anda a contrapelo, fuera de época y de lugar. Está en una esquina de la ciudad mendocina de San Martín y lleva puesta la camiseta azul de Alvarado, el Torito de Mar del Plata. Se para en medio de la calle e imagina que los automovilistas que debieron detenerse en el semáforo le darán alguna moneda por sus malabares. Su plan es ingenuo y su esperanza también. ¿Quién dará sus chirolas por tres clavas volando en el aire en este mundo materialista, cibernético y calculador?

“Me fui de casa cuando tenía 17. Quería conocer”, cuenta Lucas Taylor cuando el semáforo se pone en verde y debe subirse a la vereda para que no lo atropellen. Han pasado nueve años. Ahora es un muchacho que conoce casi todo el país, tiene una mujer y un hijo, y alquila un departamentito en Rivadavia.

“Llegué hasta Ushuaia. Anduve por todos lados. Casi siempre he vivido de esto, pero también hice algunas changuitas, vendí café y esas cosas”.

El mote de “Ciudad Feliz” es un invento. Mar del Plata podrá ser un sitio feliz para los que escapan todos los años de su infelicidad, pero para los que viven allí es una ciudad como todas, donde la felicidad plena aparece, con suerte, cinco minutos cada cuatro años. El resto del tiempo es un lugar donde hay que buscar ese momento por todos los rincones y tratar de realizar esa pesquisa de la manera más optimista posible.

Allí, en el almacén Puente Alvarado de Damián Álvarez, nació el Club Atlético Alvarado en el invierno de 1928. Y allí nació Lucas, ese del apellido inglés.

“Cuando les dije a mis padres que me iba a dar vueltas por el mundo me miraron preocupados, pero no me lo impidieron”, dice. Había terminado la secundaria y era momento de vagar y después, si pintaba, elegir una vida. Total, recién tenía 17 y no había compromisos que atender.

“No sabía hacer nada. Los malabares los aprendí después. Nadie me enseñó. Todo fue cuestión de práctica”.

El semáforo vuelve al rojo y Lucas vuelve a la calle. Por algún motivo inexplicable la cámara fotográfica que le apunta al malabarista desata la generosidad de los automovilistas. Las tres clavas van al aire y vuelven a las manos del flaco, para volver al aire casi sin detenerse. No hay figuras estrambóticas. Es una rutina simple y prolija. La función duró 20 segundos y la colecta, 8. Fueron tres pesos de recaudación. Un buen número.

“La gente pone. No es mucho, pero en general me da algo. No vivimos holgados, pero nos alcanza”, cuenta. “Vivimos” significa una muchacha que conoció viajando y un niñito de cuatro años. “Lo que gane hoy es para llevarlo al circo esta noche”, dice Lucas, con entusiasmo.

Durante estos nueve años de trashumante el muchacho ha regresado a la casa paterna, pero su quietud duró solo lo suficiente para reafirmar los afectos. Después, vuelta a partir.

“Lo haré mientras pueda y tenga ganas”, supone, y asegura que ese momento todavía está muy lejano.

El semáforo vuelve al rojo y las clavas al aire. Por un instante parecen quedarse suspendidas allá arriba. Livianas y libres.