Diario Uno País

Tras permanecer cerrado los últimos 30 años, el espacio fue reabierto con un festejo popular que colmó las 600 butacas. Acompañaron históricos personajes, como el primer acomodador.

Con la alegría de los vecinos de Maipú, reabrió el cine Imperial

Por UNO

Por Ignacio Zavalazavala.ignacio@diariouno.net.ar

Sentado en su butaca, a metros del escenario que ahora luce un telón violeta donde antes se imponía uno de pana rojo, Sebastián Grasso parece estar viviendo un déjà vu. A sus 83 años, ha vuelto al cine teatro Imperial, de Maipú, el mismo lugar en donde trabajó durante su adolescencia como acomodador y caramelero.

Historias como la de don Grasso quedaron expuestas durante la fría noche de ayer en la reapertura de la mítica sala, que permaneció cerrada en los últimos 30 años y ayer volvió a invadir la vida de los maipucinos con historias, música e imágenes.

El acto se vivió con un gran entusiasmo entre los vecinos, acomodados en las 600 restauradas butacas. Muchos de éstos de avanzadas edades, revivieron sus experiencias cuando de chicos corrían a la boletería para ver películas o los radioteatros que meses antes habían oído.

“Entré de acomodador y después tuve la canasta de caramelero. Estuve por lo menos cinco años, desde los 13 hasta los 18”, recuerda don Grasso, el célebre personaje que trabajó en el Imperial en la década del ’40, tras la inauguración en 1934.

“Los viernes eran días populares, con una entrada única, y se llenaba la sala”, cuenta, remarcando las palabras para dar dimensión a la cuantiosa concurrencia. Anécdotas como la vez en que se incendió la sala de proyección y “la gente comenzó a correr espantada”, y “hasta el operador saltó desde el pullman y se quebró los tobillos”, se enlazan con otras que invaden al anciano.

Ni el frío de la noche impidió que el pueblo disfrutara de los fuegos artificiales, los artistas que tomaron la calle, un lujoso auto antiguo y un ocurrente scketch que arrancó sonrisas también en los funcionarios y en el rostro del reconocido actor Víctor Laplace, cuya película Puerta de hierro fue proyectada tras las pompas inaugurales.

“Desde el ’43 al ’71, el cine fue de mi familia. Veníamos a ver cine gratis con mis primos. Tengo hermosos recuerdos de recorrer camarines, encontrar afiches de películas, entrar la sala de proyección... Me acuerdo de los proyectores y ese olor a yeso quemado de cuando se quemaba la película y sobrevenían las silbatinas del público”, cuenta emocionado José Ianardi, hijo de uno de los dueños del Imperial.

“En esa época no existía la televisión, entonces escuchábamos las radionovelas y después veníamos a ver las obras. Nos decepcionábamos porque los personajes no eran como los imaginábamos”, recuerda, risueño. Será porque –como lo rememora Adela Schiavonne, nieta del primer dueño del espacio– “el Imperial era la atracción de todos los maipucinos”, que el entusiasmo de la comunidad volvió a llenar la histórica sala con el anhelo de que una nueva historia la colme de vida otra vez.