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Amonestados por incumplidores

En diciembre pasado las autoridades de la Dirección General de Escuelas anunciaron que cuando comenzara el ciclo escolar 2013 empezaría también la implementación de un nuevo régimen de sanciones para los alumnos de la secundaria.

El gran “salto” consiste en mandar las amonestaciones al arcón de los recuerdos, para dar paso a un sistema moderno si los hay: el scoring.

Traducido al castellano, implica que el estudiante dispone por año de una cantidad de puntos –se ha dispuesto que sean 25– que va perdiendo cada vez que comete un acto de indisciplina.

Si con el correr de los días mejora su actitud, podrá avanzar algunos casilleros recuperando tantos.

Más allá de que nadie explica qué ocurrirá si el chico se gasta el 100% del crédito y que uno pueda estar más o menos de acuerdo con el golpe de timón, es cierto que en los colegios las amonestaciones no provocan ya en el estudiantado aquel cosquilleo interno que a la mayoría nos quemaba cada vez que preceptores o profesores mencionaban la palabra/amenaza. Ni qué hablar de la reacción que sobrevenía cuando los padres tenían que firmar el parte.

Es en este contexto se puede tildar de muy inteligente la idea del oficialismo de diagramar otro esquema de convivencia escolar.

Lo que me parece poco riguroso y una clara muestra de debilidad es no haber comenzado con las modificaciones junto con el dictado de clases, como ellos mismos prometieron.

Estamos cursando la tercera semana del regreso a las aulas y estiman que recién para este viernes o ya más cerca del 20, podrían conocerse detalles de la implementación.

Esto porque aún falta el OK definitivo del Consejo Provincial de Educación, del que participan diferentes actores del ámbito político, educativo y social, y que los asesores letrados concluyan que el borrador no transgrede normativas generales.

Es lógico que para avanzar en una reforma de fondo se hagan consultas, interconsultas, análisis detallados y hasta períodos de prueba y error. Lo desatinado es hacer un anuncio de semejante envergadura, ponerle fecha y luego no cumplir con su puesta en vigencia.

Porque si las amonestaciones no les hacían ruido a los adolescentes, imagínese cómo actuarán por estas horas frente a la promesa de un “futuro método”.

Tratar con chicos de entre 12 y 18 años no es sencillo (si no me cree pregúntele a su profesor o preceptor amigo). Pero menos lo es si cuando vuelven a la escuela los “límites claros” se los han pateado para dentro de “algunos días”.