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Los artistas no suelen ser muy buenos administradores de la cosa pública. Pero tampoco muchos de los que obtienen títulos en Ciencias Políticas.

El Zoo, un laboratorio político

Por Manuel de Paz

El gobernador Pérez puso esta semana al “artista de altura” Norberto Filippo a dirigir el Zoológico de Mendoza, organismo al que se quiere cambiar de raíz.

En los últimos tiempos, Filippo ha adquirido una módica fama porque buena parte de lo que crea como artista hay que mirarlo desde el cielo.

Ya sea la figura de un huarpe, o de Néstor Kirchner o las Islas Malvinas, para poder observarlas hay que subirse a un vuelo de Aerolíneas, de LAN, a un globo de Fernet Branca, a un helicóptero, a un parapente o a uno de esos elevadores para cambiar las luminarias del alumbrado público.

En realidad, su rimbombante designación hay que buscarla más por el feeling que tiene con funcionarios oficialistas.

Para más datos y con el fin de dejar sentadas sus simpatías políticas, Filippo dice que en el Zoo no hay gorilas porque estos están afuera.

Fuego artificial

Así, Filippo no sólo ha mutado en estrella de la cultura kirchnerista de cabotaje, sino también en aspirante a lo nac y pop latinoamericano.

No falta la mala gente que asegura que este señor sólo es un fogonazo y que en una de esas se destaque más como veterinario amateur que como plástico.

Fue él también quien pintó con vino tinto diversos cuadros que recreaban los rostros de los presidentes que nos visitaron en la cumbre del Mercosur.

(Dicho sea de paso: desde aquel encuentro presidencial no se ha hecho una limpieza integral del Gran Mendoza).

Una pinturita

Muchos deben recordar aquellas fotos en las que Cristina y Dilma mostraban desde el hotel Intercontinental de Guaymallén los rostros de Néstor y de Lula trazados con Malbec.

Vistos los cuadros que Filippo dedicó a los prohombres de estirpe chavista, podríamos decir que estamos ante una especie recia y cuyana de Andy Warhol.

Hacete una performance

Ahora que este personaje ha pasado a comandar un ejército de animales, habrá que rogar para que no le hagan una rebelión en la granja.

Tal vez el cuidado del bicherío le deje algún tiempo para pintar. Por ejemplo, le podríamos sugerir que en la base del cerro de la Gloria burile los rostros de Paco y de Alejandro Abraham, a fin de que los mendocinos y los turistas los puedan mirar desde arriba cuando visiten el monumento al Ejército Libertador.

Esa obra –sugerimos– podría plantearse como una “instalación” o “performance” hasta que pasen las elecciones.

La figura del candidato Abraham podría hacerse con saxofones en desuso y restos de Harley Davidson.

La del gobernador, con boletos de los ckeck-in que ha acumulado en su paso por aeropuertos nacionales e internacionales. El de Nueva York, donde está ahora, debería servir como una especie de moño.

Liquidación por cierre

Todos esos bichos encerrados que deberá controlar Filippo tienen un futuro muy incierto como inquilinos del Zoo.

El Gobierno está lleno de dudas porque ahora la tendencia mundial –según dicen los más avisados– es cerrar los zoológicos, salvo, aclaran, que se trate de reservas con praderas y mucho presupuesto donde los animalitos puedan estar como en esos hoteles all inclusive de los humanos.

Elefante, remato

Si aquí Filippo tiene que salir a vender los monos y los leones para reconvertir el paseo en un “bioparque”, quedará por lo menos la posibilidad de que pinte animales sobre las laderas del cerro de la Gloria.

Así las podremos ver dentro de muuuuuchos años, cuando se inaugure el siempre anunciado y nunca concretado funicular que sobrevolará el Parque y el cerro de la Gloria.

Para sombra, el árbol

Por estos días se ha dicho de todo sobre la designación de Filippo. Las redes sociales han hervido y en ese hervor han pretendido cocinar al artista.

Pero muy pocos de los críticos de Filippo han avanzado sobre un asunto que preocupa.

Hablo, me refiero (como dicen los vendedores ambulantes que suben a los micros y abusan de los sinónimos), de la creciente mediocridad en parte de los planteles que suelen acompañar a los mandatarios.

Desde hace años, la tendencia del gobernante es: “A mí nadie me puede hacer sombra”.

Hubo épocas en que había mandatarios que se jactaban de tener los ministros y subsecretarios más prestigiosos.

¡Qué boquita!

Los miembros de los gabinetes tienen ahora, por caso, tan menguada relación con la prensa que, cuando se da la ocasión de hablar con los periodistas, por lo general se enojan y sugieren campañas en contra del gobierno.

Salvo excepciones, que las hay, los equipos de prensa de los funcionarios parece que están para dificultar la tarea de los periodistas, para tapar información y para esconder a sus jefes.

Hace unos años, un conocido funcionario surgido de una facultad donde se enseña la ciencia política definió a los periodistas mendocinos como “esos soretes de la prensa”.

Lo que se dice un lúcido precursor de toda la onda “6, 7, 8”.

¿Para eso hay tantas facultades de comunicación y tantos licenciados salidos de ellas?

Cada hombre, un rey

Después de que pase el kirchnerismo, habrá que esperar seguramente un tiempo no corto para que los funcionarios elegidos en ese entonces por el pueblo vuelvan a poder privilegiar las instituciones por sobre los nombres propios. Y para que no volvamos a tener gobiernos que crean que el Estado son ellos.

Hace 200 años que el mundo se revolucionó para que nunca más ningún rey pudiera decir: “El Estado soy yo”.

La fiebre por el personalismo y la concentración de poder va a dejar marcas por bastante tiempo. Casi tanto como la que van a dejar las mediciones falsas del INDEC.

Releo lo escrito y no puedo menos que decir, como los españoles: “¡Joder, hombre, qué puñetera cosa me habrá llevado a iniciar con Filippo y a concluir con los soretes de la prensa!”.

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